Actualizado: 29/06/2022 10:50
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Los planes del General

Militarización de la economía: ¿Más lealtad hacia el poder, o más individualismo y codicia?

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Como vicepresidente del Consejo de Ministros y ministro de Economía y Planificación fue designado Marino Alberto Murillo Jorge, un ex coronel de las FAR que dirigía el Ministerio de Comercio Interior desde 2006. Asimismo, designó a tres figuras de alto rango político como vicepresidentes de ese órgano: el comandante de la revolución Ramiro Valdés (Informática y Comunicaciones), el general Ulises Rosales del Toro (Agricultura) y Jorge Luis Sierra Cruz (Transporte).

Como resultado, las políticas que se diseñan y las recomendaciones procedentes de las FAR, tienen un papel mucho más influyente y decisivo que las emanadas de otras instancias del Partido o del gobierno.

Igualmente, los ministerios del Azúcar, Turismo, Construcción; los institutos de Reserva Estatal, Aeronáutica Civil, Radio y Televisión; la empresa Habanos S.A. y Grupo Nueva Banca, entre otros, son también dirigidos por militares en activo o retirados. Dos dirigentes que pasaron por el Secretariado del Partido Comunista, María del Carmen Concepción González y Lina Pedraza, han quedado al frente de los ministerios de Alimentación —que absorbe al de Industria Pesquera— y Finanzas y Precios, respectivamente.

Recientemente, también entró en el gobierno, para dirigir la Industria Sideromecánica, otro general, Salvador Pardo Cruz, proveniente de la Unión de la Industria Militar, estructura que administra doce empresas del MINFAR. Y el último nombramiento atañe al coronel Armando Emilio Pérez, uno de los "arquitectos del sistema de gestión aplicado en las empresas militares", designado viceministro de Economía y Planificación.

Ambiciones satisfechas

De todos estos movimientos, se desprende el empeño por consolidar la alianza conservadora, establecida entre la cúpula militar de Raúl Castro y los burócratas partidistas comandados por José Ramón Machado Ventura.

Por fin, el estamento castrense, después de exportar la guerrilla a América Latina en los sesenta y combatir en los setenta y los ochenta en la sabana africana, ve satisfechas sus ambiciones de poder. Su fidelidad a los Castro se recompensa con las prebendas que supone el poder económico, las cuales se multiplican cuando ese poder va vestido con uniforme verde olivo.

Estos generales-gerentes participan en la administración de las empresas del GAESA, en el marco de un proceso de privatización que no excluye como uno de sus fines mantener la férrea unidad corporativa entre esa casta de empresarios-segurosos y la inquebrantable fidelidad a su general de cuatro estrellas. Entre los nuevos capitalistas, muchos de los mejores son precisamente aquellos que cuentan con experiencia anterior en puestos de gestión de empresas, apparatchiks del gobierno, agentes de la contrainteligencia militar o negociantes del mercado negro.

Los principios de esta cultura mafiosa del poder reposan en un régimen patrimonial, mediante el cual se privatizan las posesiones del sistema político. El nuevo padrino —Raúl— ahora es el único facultado para "premiar" o tronar, como lo demostró recientemente; aunque la fuerza y la amplitud relativa de los nuevos empresarios-generales y su estrecha relación con el otrora ministro, les proporciona un paraguas mínimo del que carecen los dirigentes civiles del gobierno y del Partido.

Si Fidel apadrinaba a los "talibanes" y articulaba estructuras redundantes, como el "Grupo de Apoyo", Raúl patrocina a sus tecnócratas verde-olivo y amenaza con la formación de un clan Castro, que persigue crear un tipo funcional y compacto de institucionalidad, basándose en sus colegas de armas y de negocios y, en menor grado, en algunos cuadros partidistas.

Considerando la enorme concentración de poder que monopoliza Raúl, cuesta creer que el general tenga algún incentivo para auspiciar una apertura liberalizadora en el terreno económico, lo cual se evidencia en las limitaciones con que ha acometido los cambios en el sector agrícola.

El campo, igual

A pesar de que se han entregado cerca de un millón de hectáreas de tierras a los campesinos, la agricultura sigue postrada. El plan de Raúl no dista en esencia del de las Unidades Básicas de Producción Agropecuaria de Fidel, pues, aunque la tierra se da en usufructo por 10 ó 25 años, el dueño continúa siendo el Estado.

Por otra parte, los adjudicatarios de las tierras siguen sujetos a que las autoridades definan los planes de producción. Entretanto, el 90% de lo cosechado tienen que venderlo al Estado, al precio que imponga el gobierno. Con esta coyunda no puede haber apertura de ningún tipo, mucho menos en el campo, donde el trabajador agrícola tiene que disponer de claros incentivos mercantiles para echar a producir la tierra con todo el esfuerzo que ello supone.

Tampoco cabe atribuirle al General la voluntad reformadora del modelo chino. En China, las reformas fueron controladas por los cuadros civiles del partido, aunque fueron puestas en práctica por el ejército. Sin embargo, los militares chinos no disfrutaron simultáneamente de un papel político predominante, como en Cuba.

Al principio, la implicación militar en la economía se concibió para lograr la autosuficiencia. Su papel comenzó a cambiar en 1979, cuando los militares apoyaron el proceso de reformas liderado por Deng Xiaoping.

Esto quiere decir que en ese país los máximos dirigentes del partido, y no los militares —que en Cuba son la misma cosa—, fueron los que impulsaron la reforma, procediendo a liberalizar los mercados y los precios, permitiendo la actividad y el auge de la pequeña y mediana empresa privada. Gracias a esto, China superó el ancestral atraso de su estructura agraria y logró además el desarrollo de su base industrial.

Raúl, sin urgencias

Los Castro se hallan a gusto jugando al "poli-bueno" y al "poli-malo". Fidel encarna al segundo, como insumiso mastín del antiguo régimen, mientras Raúl ensaya con la máscara de reformista, de lo cual está extrayendo réditos, tanto a nivel doméstico como internacionalmente.

Los expertos en las relaciones Cuba-EE UU dicen que la presión de los países latinoamericanos y europeos por acabar con el aislamiento de La Habana, sumado a los esfuerzos del Congreso por relajar las sanciones a la Isla, así como el historial de resistencia de La Habana frente a Washington, han llevado al gobierno de Raúl Castro a verse a sí mismo en una posición muy desahogada.

En intramuros, las FAR se han convertido en el modelo empresarial a seguir. Los propagandistas del régimen ven en ellas la salvación del socialismo: "Hay otras fórmulas socialistas que sí han funcionado y que se han aplicado con éxito en las empresas gestionadas actualmente por el MINFAR. Fórmulas y métodos de gestión que implican más socialismo, no menos".

Es evidente que esto supone el blindaje del régimen, al creer firmemente que aún cuenta con una alternativa, que a pesar de los riesgos que comporta su aplicación, podría salvarlo de la quema. De tal modo, no siente la urgencia de dar ningún paso hacia la liberalización, lo cual resulta además un formidable obstáculo para el avance hacia un Estado de derecho. Las FAR, más allá de constituir el principal cuerpo armado que preserva la seguridad del país, se han convertido en la principal fuerza política y económica, sobre todo, porque al fin Raúl Castro concentra todos estos poderes de manera unívoca.

En esta coyuntura, cabría preguntarse entonces: ¿los nuevos métodos empresariales, trasvasados el resto de la economía, aumentarán la lealtad y la cohesión de los militares en torno al poder y a Raúl, o por el contrario fomentarán el individualismo, la codicia capitalista y la infidelidad hacia el nuevo padrino, convirtiéndose en elementos disolventes del antiguo régimen?

¿Son, entonces, los militares agentes de una reestructuración económica, admitida a trámite por el propio Raúl el 26 de julio de 2007? ¿O, acaso, el ejército participa en la creación de una nueva economía que debe preceder a la creación de una clase dirigente, también nueva y más capaz, de cara a una hipotética y aún hoy lejana transición?


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El general Julio Casas Regueiro, ministro de las Fuerzas Armadas. (REUTERS)Foto

El general Julio Casas Regueiro, ministro de las Fuerzas Armadas. (REUTERS)