Actualizado: 28/03/2017 16:51
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Disidencia, Oposición, Plebiscito

Manicomio anticastrista

El Gobierno cubano se agarra cada dos años y medio del número de votos a su favor y puntualmente de la concentración, el desfile o la turba

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Locura es repetir los mismos errores a la espera de resultados diferentes
Narcóticos Anónimos (NA), Step Two, 1981

El castrismo debe estar bailando en una pata al son de pegajoso estribillo[1], luego de presentarse a la Asamblea Nacional (AN) otra petición de un plebiscito sobre el futuro de Cuba y noticiarse en Madrid otro pedido más a la misma asamblea para reformar la Ley Electoral (1992). El Movimiento Cristiano Liberación (MCL) y el Proyecto Cuba Decide, de Rosa María Payá, piden el plebiscito, mientras Manuel Cuesta Morúa et al piden la reforma electoral desde la Plataforma #Otro18.

Ambos casos encajan en la noción de locura de NA. Repiten el mismo error de Oswaldo Payá —pedir peras democráticas al olmo totalitario— como si pudieran esperar resultados diferentes de la respuesta que el parlamento castrista dio al Proyecto Varela hace más de una década: “Ni la Constitución de la República ni el Reglamento de la AN establecen la recolección de firmas, cualquiera que fuese su número, para promover la iniciativa legislativa”.

Vida loca

Los intentos de cambiar las leyes del Estado totalitario sin cambiar su parlamento no tienen sentido, pero ni siquiera se comprende bien que parlamento y gobierno son frutos de la misma siguaraya electoral plantada para ejercer la dictadura de partido único[2], ergo: el juego político está cerrado desde que la Comisión Nacional de Candidaturas prepara, conforme a la Ley Electoral (1992), la lista de precandidatos a diputados a la AN (Artículo 73).

A semejante orden político solo puede entrársele desde abajo, con el pueblo, pero los líderes opositores sin masa crítica andan por ahí con proyectos tan alocados como ese de recoger ahora 10.009 firmas al bulto y arrastrarse hasta las oficinas de la AN para pedir un plebiscito. Así y todo, como escribió Erasmo de Rotterdam, “lo que perpetúa la especie humana es esa parte tan loca y ridícula que no se la puede nombrar sin echarse a reír” (Elogio de la locura, XI).

En el plebiscito, lo mejor de esta parte reza: “Con las últimas adhesiones suman en total 35.000 los ciudadanos que apoyan el Proyecto Varela”, como si ninguno de los firmantes en 2002 y en 2004 se hubiera muerto o arrepentido, abandonado el país o vuelto a firmar, pero la locura y el ridículo no estriban ya solo en embarajar datos históricos como políticamente válidos aquí y ahora. Quienes incurren hoy en el mismo error de ayer embarajan también la respuesta oficial tajante al Proyecto Varela y se tornan inconsecuentes ante la posición estratégica del Gobierno, que Fidel Castro definió así:

“Nosotros no estamos obligados; tendrían que expulsarnos, declararnos unos imbéciles y unos incapaces, si nos dedicamos a atender o a hacer aquí un debate parlamentario porque diez mil personas lo deseen, o pueden ser cien mil”[3].

En la reforma electoral, lo mejor de aquella parte reza: “Al menos 25 ciudadanos tienen previsto presentarse como candidatos independientes en 2018”. A la locura de que ningún elector podrá votar por ellos, pues nadie aparece en ninguna boleta si no fue propuesto por una comisión de candidatura, se suma la ridiculez de que ahora unos cuantos opositores quieren ir a las elecciones parlamentarias de 2018, luego de que apenas dos fueran a las elecciones de 2015, que empezaron con la votación popular directa en los barrios —sin boleta ni candidatura de arriba—para nominar los candidatos a delegados de las asambleas municipales.

Umbral político

Así como Obama confirmó que “el futuro de Cuba debe estar en manos del pueblo cubano”, el futuro de la oposición pertenece por entero a ese pueblo. Y como el orden dominante solo puede deslegitimarse por quienes están sometidos a él, no habrá crisis de legitimación del Estado totalitario si la oposición sigue invocando al pueblo sin conseguir la fuerza del número ni en las urnas ni en las calles[4].

Para mostrar lealtad de masas, el Gobierno se agarra cada dos años y medio del número de votos a su favor y puntualmente de la concentración, el desfile o la turba. De nada vale argumentar que ese consenso popular es ficticio o forzado si la oposición no sobrepuja a la bandería castrista en las calles ni tiene proyecto alguno con que pueda atribuirse los votos en contra del Gobierno.

La oposición tiene hoy un solo movimiento políticamente correcto: la campaña Todos Marchamos, que se lanzó a buscar la fuerza del número en las calles, pero fracasó porque marchan nada más que unos cuantos por motivos que no interesan a los amplios sectores del pueblo. Incapaz de sumar partidarios, Todos Marchamos se estancó cual noria disidente y apenas genera, como números propios, domingos y más domingos de marcha con más o menos la misma gente.

Para compensar esta infertilidad política, Todos Marchamos insemina números ajenos: los detenidos por obra y gracia del Gobierno, pero tampoco esos números tienen fuerza para concitar el respaldo popular dentro ni el apoyo afuera más allá de meras declaraciones, como esta de Obama: “Muchas veces requiere tener un gran coraje ser activo en la vida civil aquí en Cuba”.

Entretanto cientos de miles de cubanos sin coraje —ni salen a marchar dentro ni viajan afuera en misión política— cuestionan la legitimidad del orden dominante anulando o dejando en blanco las boletas electorales cada dos años y medio. En 2013 fueron unos 460 mil; en 2015, más de 715 mil. Los líderes opositores ni aprovechan ni estimulan esta tendencia creciente, sino que enloquecen con cositas como que la visita de Obama marcó “la legitimación de la oposición”.

Ninguna visita de ni reunión con nadie legitima nada[5], pero los 105 minutos de fama de 13 disidentes con Obama dieron pie incluso a que Fariñas se apeara con que la reunión en La Habana fue “muy sincera [y] hubo un compromiso con la democracia por parte del presidente de EE. UU.” Fariñas olvidó que a fines de 2013 —tras hablar con Obama en Miami— dijo que “este encuentro es un respaldo de la Casa Blanca a la oposición”, pero al año siguiente tuvo que rezongar contra el pacto Obama-Castro como “traición a los demócratas cubanos”. Ninguna traición se torna compromiso sincero por cambiar el lugar de reunión.

Coda

Obama largó en discurso “que EEUU no tiene ni la capacidad ni la intención de imponer cambios en Cuba”. Al ser entrevistado por David Muir (ABC) admitió que el régimen tiene legitimidad de entrada y sus gobernantes podrían acrecentarla e incluso mejorar la gobernabilidad si expandieran los límites del disenso[6]. Para remachar soltó: “I do not believe that President Castro wants to upend the ruling party or the system”.

Así que Obama se resignó ya a la legitimidad del castrismo tardío con su partido único y al parecer no está loco, pues no espera que repitiendo el error de invertir en banderías opositoras infructuosas se obtengan resultados diferentes a la nada cotidiana. Ahora la prioridad de inversión de la Casa Blanca apunta más bien al sector privado emergente.



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