Actualizado: 24/05/2019 17:31
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De la novela en proceso editorial La sangre del tequila

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Patricia le ha dicho a Sandra que lo ha comprobado: ahora una de las acciones que más excita a Jeffrey Mendoza resulta de cuando ella lo roza con sus cabellos; aún más que cuando ella, sonriendo o reflexionando o lo que fuere, según por donde vaya la conversación, se recarga en el escritorio de él y retrepa su sexo, y entonces Jeffrey, por más que trate de hilvanar el diálogo y mirar al rostro de ella, traga en seco y pone la vista de hito en hito en la pelota de Patricia, agazapada bajo la tela. Pero últimamente la verdadera situación de urgencia se le presenta al moreno de voz cálida cuando Patricia, al acercársele, él sentado a su escritorio, para confrontar alguna duda, inventada o real, según, hace que su cabellera roce la cara, un brazo o simplemente abanique el olfato de Jeffrey. Luego de que ella descubriera este efecto, repite la acción con el propósito de tenerlo bajo su mandato. Cuando ella lo pergeña con su cabellera, no deben de pasar mucho más de treinta minutos para que Jeffrey se dirija al baño y regrese con cierta palidez en su rostro. Lo cual en la actualidad puede ocurrir hasta cinco veces al día, según ella lo decida. Será por esto, piensa Patricia, que Jeffrey ha adelgazado últimamente a la par que sus orejas le han crecido o simplemente son más visibles que antes al contrastar con la flacura de su cara.

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Ayer hacía mucho frío y resultó agobiante coger en la colina. Ya allí, pensé no hacerlo; sin embargo, me estimuló que Sandra trajese dos suéteres —uno sobre otro, digo— de colores tan distintos: rojo de rayas, gris de conejitos azules. Más bien iba con el propósito de terminar unas anotaciones sobre lo que ella me estaba contando antes, al mediodía, en el vergel de Telemaster. También anoté un poco cuando salíamos, junto a la puerta principal, quiero decir, pero no tenía la idea completa. De modo que cuando ella me miró preguntándome con los ojos, asentí y tomé mi camino colina arriba; y ella el suyo. Agarramos caminos distintos predeterminados (hay varios para subir); yo finjo que voy hacia la esquina más próxima en dirección Este, como para esperar el microbús; ella atraviesa en recto con la salida de Telemaster. En ocasiones, cuando disimuladamente he mirado hacia atrás a ver si ella ya va saliendo, he visto cómo alguno de los guardias de la entrada la mira como con la saliva. En líneas anteriores he intentado demostrar que Sandra es retraída, de modo que cruza las puertas de metal con la cabeza baja; como siempre en su vida, tal vez.

No suelo ir con ella colina arriba si hace el turno de 10 de la mañana a 6 de la tarde; a menos que haya tenido mucha necesidad, digamos, de verla; mucha pasión, o abstinencia sexual, que suelen ser lo mismo. A las 6 de la tarde la colina está casi a oscuras, únicamente le entran retales del sol desde lejos llegando del oeste (cuando no hay sol, aun antes se hace de nieblas, de un golpe diría). Luego, de regreso, debo bajar, oscurecido, tanteando mi caminito (ninguno es realmente despejado y todos hacen zigzag, unos más que otros).

En definitiva pude anotar muy poco, anocheció totalmente quizás a los treinta minutos de estar allí; o tal vez invertí mucho tiempo observando los suéteres de Sandra. Y luego ella protestó: rechazaba que yo delante de los demás me pusiese a jugar de palabras con ella, como si ella fuera “nadita” o “una mensa”. Esto yo lo hacía para desorientar o no orientar a quienes se acercaban cuando ella y yo, en los pasillos, junto a los baños, dondequiera, estábamos conversando. Se quejó además de que le resultaba muy difícil, cada día más, soportar a Patricia Pensamiento, quien en el menor chance se le acercaba a “platicar” de todo. Era necesario, debía hacerlo por mí, seguirle “sacando” lo que decía y lo que no decía Patricia. A esta le gusta conversar con “la gente humilde” porque es un ser insustancial, anodino, que no puede ejercer poder sobre sus iguales, de manera que solo con alguien como tú ella puede explayarse; ya te he dicho: es una pequeña burguesa, una fresa, despréciala sin decírselo. Sandra ahora, como otras veces, dice que no entendió mis palabras, pero comprendió lo que dije.

Cuando buscaba, al tacto, el condón en mi portafolios, para ya tenerlo preparado, pensé en dejarlo todo ahí, despedirnos (seguramente ella habría estado de acuerdo, se había quejado del suelo, ya “tantito frío”), si bien algún hervor ya me tenía trabado, pues le había acariciado los senos, arropados. Pero al fin no pude retraerme porque la presencia y el olor de sus suéteres me empujó a meterme más y más dentro de ella; hasta el fin.

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Primero fueron como unos quejidos en voz alta, luego distinguí el llanto a gritos de una mujer. Era Patricia Pensamiento. Caminaba hacia acá, desde el pasillo de los ascensores, dando tumbos, aterrada la expresión. Hace unos minutos terminé de releer uno de los capítulos del ensayo de Carl Granderson El encerramiento como factor catalizador de la libido. Granderson casualmente pone un ejemplo parecido a lo vivido hoy, solo que ocurre entre dos desconocidos —una mujer y un hombre, se entiende— en un ascensor y con la diferencia además de que esos dos, solitarios en el ascensor, que se detiene brevemente en tres ocasiones por una falla eléctrica, están bajando durante setenta y seis pisos en un rascacielos de Nueva York, y la diferencia más contable: esa pareja que cita Granderson —que posteriormente se convertirían en grandes amigos— se hallaba cada uno en el instante justo de pasión sobrante, o abstinencia sexual suma, para que en el trayecto— no especifica el psicólogo británico cuánto duraría en tiempo ese trayecto de setenta y seis pisos ni cuántos minutos esas tres paradas “breves”— eclosionara la libido irracional, así subrayado por el autor, lo cual los envió a un descarnado encuentro sexual que, según la confesión de ambos, estuvo precedido de lo que vulgarmente se llama una mojadura, “intensa, enorme”, refrendarían en una de sus entrevistas con Granderson. Solo que ahora, hoy, en México, en Telemaster, hay coincidencia únicamente en lo que respecta al ascensor, según expresa Patricia Pensamiento, entre sollozos, relatando con palabras espasmódicas lo ocurrido, delante de un grupo que seguramente escucha sin creer de golpe lo que escucha, como me ocurre a mí. “El penecito”, repite Patricia entre una y otra frase del relato, “el penecito”. Supongo que unos más que otros, se van traduciendo con claridad relativa, como yo, la narración entre lagrimeos y en público de Patricia Pensamiento. Es decir: habían ido a la cafetería de la azotea a tomar una merienda. Todo estaba bien hasta que, cuando bajaban en el ascensor, Jeffrey Mendoza se le lanzó a un seno (viene a mi mente que el seno, ya sea el izquierdo o el derecho de Patricia, estaría aproximadamente a la altura de la nariz de Jeffrey —el olfato lúbrico—, y sumo con mi vista que la blusa que viste Patricia, donde ahora están cayendo sus lágrimas, tiene un escote tal vez excesivamente solidario; más el calor de la tarde, que suele duplicarse en el ascensor, sumado a la libido del encerramiento entre macho y hembra expuesta por Granderson…), pero no se le lanzó con las manos sino con la boca, como quien intenta mordisquear y Patricia se toca los dos pechos a la vez y acto seguido Jeffrey Mendoza “se extrajo el penecito” (si ella dice el “penecito” es porque lo vio, voy pensando, aunque no aclara si este se hallaba erecto).


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