Actualizado: 21/05/2018 9:09
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Irene Ramblas

De la novela en proceso editorial La sangre del tequila

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La colonia Guadalupe Inn, en el sur cercano, tiene trazos que me recordaban la Narvarte y por consiguiente mi estadía en la casa del armónico culo de Ruth Tagle, adonde me asomé luego, cuando ella no estaba, para pagarle mi deuda a la doméstica, aquella Gorda buena que me prestara el importe de mi llamada telefónica para el escape. Mas, la Guadalupe Inn, que abarca un tramo del lado sur de la avenida Río Mixcoac y del oeste de la Insurgentes, posee más empaque, sus árboles son más frondosos, sus edificaciones más sólidas, sus calles más anchas y polivalentes —algún cantero, algún camellón ajardinado—, y luce más húmeda la Guadalupe Inn, y más humana por tanto.

La casa de Irene en la Guadalupe Inn tenía dos pisos, con una escalera interior que trazaba una curva y por el lado contrario a la pared carecía de pasamanos, lo cual me pareció peligroso; pero ella me replicó que era algo común y que asimismo daba Movimiento al conjunto.

Bebía Irene Ramblas. Whisky. Coñac. Las cubalibres. Me invitaba. “Una cubita... un uisquicito”. Poco después de llegar a México dejé de beber, me concentré en la contienda —algo así más o menos incluí en mi respuesta en esas cuatro o cinco ocasiones en que insistió.

Dañada por la inconsistencia, la deslealtad, el propósito hegemónico en fin de los hombres, Irene Ramblas se refugió en el amor fraternal, sexo mediante, con las mujeres desencantadas, como ella. ¿Qué pensaría yo de esto que ella me confiaba precisamente porque confiaba en mi “juicio”?, me preguntó de nuevo esa noche de viernes cuando ultimábamos el plan: a la mañana siguiente me recogería para irme a vivir a su casa.

Las mujeres son todas, por naturaleza, bisexuales. Se aman a sí mismas como género. Se envidian entre sí la belleza porque saben, aun inconscientemente, que resultan lo más hermoso, lo más concluyente del reino vegetal y del animal, incluido el humano. Se besan en la mejilla al encontrarse o despedirse. Se abrazan hasta el aprieto. Se toman de las manos desde niñas, se celebran. Cuando dos mujeres se entregan mutuamente hay solo un intercambio de placeres o de fe; una no tiene raigalmente a la otra; se poseen, se disfrutan de parte y parte como par geranios. No existe lo que podría establecer la diferencia: la penetración, y de este modo la posesora, la poseída.

Esto era lo que yo creía, y esto fue lo que le respondí de nuevo a Irene Ramblas ese viernes en la noche.

El segundo inconveniente es la manera de hablar de Irene, como las Fresas.

Las Fresas se expresan mediante un perceptible toque gutural y como si tiraran la lengua contra el paladar. No pocas, al pronunciar suelen poner los ojos en blanco a intervalos y brevemente, menear los labios hacia un lado, realizar en fin un movimiento de cara como si alguna canica ardiente les estuviera torturando la garganta. En unas sílabas, de modo más ligero que en otras, sus voces resultan relativamente enronquecidas. Y muchas de ellas se distinguen por no hablar quedo. El público raso, y asimismo algunos sociólogos y otros especialistas, vinculan este modo de locución de las Fresas con el denominado origen socio-económico. Es decir, que las Fresas constituyen una raza que se mueve de la clase media hacia arriba (o no pocas de ellas se lo hacen creer a sí mismas). Así, hay mujeres Fresas y hombres Fresas (escuchar y ver hablar a estos, a los hombres, digo, sí me resulta trágico), si bien ellas, como en tantos otros casos, porque son mujeres, acentúan el rasgo.

No negaré que al principio esta manera de expresarse y gesticular de las Fresas me pareció sensual. Pero luego, sobre todo mis oídos, casi tanto como mis ojos, se agotaron.

Irene Ramblas habla como las Fresas. Su cerebro, su alma, y lo demás humano que la significan, no son Fresa. Pero habla como Ellas. Entre las Fresas se crio desde pequeña en una escuela de internación para niñas pudientes. De púber en una escuela de internación para púberes pudientes. De joven en una preparatoria privada de internación para jóvenes pudientes y en una universidad privada de internación para jóvenes pudientes.

Pero Irene Ramblas no es Fresa. Porque ser Fresa en una actitud ante la vida. Sobre todo, la actitud de aquel pavo real que muestra su hermoso plumaje, policromo, fulgente por el frente, pero gris cementerio por el revés, parloteando acerca del auto del último año, del más reciente teléfono celular, chachareando tantas y tantos en los Sanborns, los Vips, los Wings, exclamando, exclamando, exclamando por celulares en los Sanborns, los Vips, los Wings como si contaran con decenas de úvulas, cientos de faringes. Resultan tenaces en su afán de advertir que son el súmmum, y más allá, más allá. Ellas y ellos, pero sobre todo ellas —según se dice— gustan de llamar en trombón ofensivo nacas y nacos (personas marginadas o marginales o malvivientes o de burdas costumbres o basto aspecto, etcétera, según se dice) a quienes no son como ellas y como ellos; seres todos superiores. Cualquier extranjero que visitara esta ciudad y solamente se encontrara con las Fresas y los Fresas, estaría seguro de que se halla en una urbe de millonarios donde sus habitantes, para predicar humildad, han dejado los helicópteros en casa y andan en automóviles, o a pie, o en algún taxi o microbús, blancas, blancos, morenas y morenos de matices dispares que disimulan su alcurnia con vestimentas y caireles de clase media. Las Fresas y los Fresas conocen de ropas de marca y de gran marca, de cremas, de cosméticos, corbatas, pañuelos, botas y botines de marca y de gran marca (sus tarjetas de crédito —porque todo y toda Fresa que se respete las tienen— casi siempre se encuentran estalladas). En restaurantes, cafeterías, parques, oficinas, etcétera, es posible escucharlas filosofando acerca de cuál es el sitio donde tiene su hamaca la ladilla. Hay Fresas hembras y varones hermosas y hermosos, pero cuando hablan, como aquel, el pavorreal, la cagan.

A Irene Ramblas, de su largo recorrido por el mundo Fresa, solo le quedó, es lo cierto, esa manera de pronunciar, esos gestos al hablar.

Lo del sexo siguió en crisis.

Solamente mostré algunos levantes cuando Irene tomó el sol en sus visitas a regiones indígenas. Entonces su piel, jugosa —o ella toda jugosa, porque así lo era cuando no padecía el tono ángel—, conseguía un matiz trigo brillante que estimulaba in crescendo mi apetito cuando se hallaba ya desnuda y, como catalizador, reverberaba su cabellera platinada.

Pero solo en esos casos. Fuera de estos me seguía bloqueando esa muralla del color, sabor de su piel.

Mi amiga farmacéutica habanera Mercedes Giménez me había instruido, como contaré más adelante, en cuanto al efecto en una mujer al recibir el sexo oral, lo que con todo fervor practiqué a partir de sus enseñanzas y que tantos beneficios, por decirlo de alguna manera, me reportara. Sin embargo, las veces que lo apliqué a Irene Ramblas no pude llevar a cabo las variantes indicadas por Mercedes, de modo que ni siquiera debí acercarme a la calidad promedio.


CUBAENCUENTRO publicará varias partes de esta novela en diversas entregas.


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