Actualizado: 24/02/2018 12:28
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Literatura, Literatura cubana, Novela, Narrativa

Lucero Araiza

De la novela en proceso editorial La sangre del tequila

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Ese día de la primera cita, junto al templo de San Judas Tadeo a las cinco de la tarde, Lucero me llevó a un Sanborns: una mezcla relativamente suntuosa de todo, incluido un restaurante-cafetería. Es como un aire de primer mundo en medio de esta mugrienta bocanada del tercero. En los restaurantes de los Sanborns tanta gente parece posar para el prójimo, encapsulada en ese sitio que no se asemeja a otra cosa que a eso: una cápsula aséptica en medio de las cagazones exteriores en sucesión. Los locales suelen ser herméticos y se escuchan los dramas, anécdotas, estupideces de los que están en las mesas más cercanas (los mexicanos si están en grupo hablan muy alto, tanto quizás como los cubanos, y si lo dicho merece risa se carcajean al unísono, con el consiguiente estrépito —cuando digo “mexicanos” o “mexicanas” digo los de la Ciudad de México, son los únicos y las únicas que conozco; cuando digo México, esta ciudad). Ella “me llevó” porque de ella era el carro en que fuimos, porque ella me invitó y porque estaría segura, sin que nadie se lo dijera, que yo no tenía para invitarla. Me paseó por todos los milagros del Sanborns: librería, joyería, pastelería, equipos eléctricos, electrónicos... A mí esto me importaba tres cojones. Comencé a impacientarme. Lucero Araiza estaba revisando una revista farandulera cuando me dijo “vamos”. Sentí que me había dado una orden. Recapitulé sobre el hecho de que era agente de una compañía de seguros. Por el camino había reparado en que tenía los ojos medio rasgados, y castaños como el cabello ligeramente ondulado. Mientras yo saboreaba el café, el que le llaman exprés, el más fuerte, anunció alegrarse de que yo no fumara. Solo eso pedí, café, y ella una ensalada de pastas y una gaseosa. Pensé que más tarde, en su casa, podría yo comer algo. En cada movimiento de ella hacia delante para encontrarse con la cuchara, parecía que sus tetas aplastarían la mesa. Su boca resultaba demasiado grande para cada cucharadita de pasta y aun quizá para toda la ración servida en el platillo. Sus dientes, marfileños, tenían la rotundidad de las pirámides.

Ya de camino a su casa, anochecido, la colonia Roma —al menos para mí— se veía sombría en exceso; me daba espanto cuando el carro, por la roja del semáforo o por una de esas entidades que llaman tope (un promontorio cementado que obliga al conductor a detenerse o por lo menos aminorar suficientemente la marcha —cáncer tan necesario como los microbuses) miraba de reojo a Lucero Araiza y advertía que dudaba, como había dudado en el Sanborns cuando le propuse que fuéramos a su casa. Quítate los espejuelos, por favor, que te voy a besar, le pedí cuando detenía el carro ante un tope. Lo hizo y se volvió hacia mí, encimó su boca de valle mientras cruzaba su brazo derecho sobre mi nuca, y metió la lengua como si la estacara a toda profundidad contra la mía.

No me había hablado de estos detalles: tiene dos gatos (los animales más desagradecidos que puedan existir y que además lo llenan de pelos a uno y hasta son capaces de engendrar el asma en quienes los rodean), César y Micha; los odié a primera vista; y un canario, Emiliano, que al día siguiente escucharía anunciándose en la mañana desde su jaula en el comedor. Recapitulé: agente de seguros, dos gatos, un canario.

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Aproximadamente a los veinte días de vivir en la casona, siempre un poco deprimido cuando constataba la tenebrosidad de la cuadra donde se hallaba, comprendí que a Lucero Araiza le importaban tanto los poemas en que yo trabajaba y los artículos que redactaba para ese periódico de Izquierda con que me había conectado Trejo, como creo que a un esquimal le puede gustar el helado. Nunca entendió el susurro de mis escritos, de las metáforas que yo creía más certeras y llegaba a comentar con ella, de mi conversación acerca de las tantas lunas existentes o sobre mis vagos presentimientos. Solo decía “fascinante” y seguía hablando de otro tema o haciendo otra cosa. Si le celebraba el color de su piel, sobre todo el de la piel del pecho, levemente morena, beige resplandeciente se podría decir, solo respondía “muy amable, gracias”. Estaba claro: sus sueños en estos años de soledad se habían restringido a tener otro plato, masculino, en la mesa, y tres calzoncillos en la tendedera, digamos.

Y darme órdenes. Creo que ni siquiera un recluta en su primer mes haya recibido tantas órdenes como yo en los últimos diez o doce días que estuvimos bajo la misma techumbre. Yo solo me había comprometido a costear la electricidad, barata, y el teléfono. Poco, pero no puedo más, Lucero, le había advertido cuando llegamos, en su Chevrolet Cruze de 1992, a la colonia Roma con mi mudada: la ropa y mis papeles. Con que pagues eso basta por el momento, amor, respondió con una sonrisa planetaria mientras me ayudaba a bajar mi patrimonio. Las colaboraciones en ese periódico de Izquierda solo me daban 250 pesos semanales.

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Ella había llegado más temprano que de costumbre y en lugar de darme un beso de saludo me aplicó uno de cuchillo, de esos que resultan fulminantes para avisar al bálano. Tiró los espejuelos en el sofá y, zigzagueando levemente como siempre que andaba con sus ojos castaños, medio rasgados en limpio, me llevó casi corriendo hasta la cama y se desnudó a una velocidad que hasta entonces no le conocía. Estaba tibia del vapor del verano, olía a esmog, a hembra, a polvo, al fragor de las calles, a vagina insurrecta. Aplicó la felación de las divas. Su cabellera castaña y tenuemente enrizada cubría mi falo y un halo de sol se expandía más acá de los cristales y el velo de la cortina del cuarto, hasta irradiar en su cabeza, su cara, mi pene; se me ocurrió que esta imagen podría ser foto de gran premio. Ocurrencia de solo un instante: cuando alcancé con los dedos de una mano su vagina empozada y con los de la otra comencé a titilar en sus pezones y sus senos exorbitantes, el fustazo me subió por ambos brazos hasta ese punto en que no se sabe dónde está la vida y dónde la muerte o si alguna de las dos existe. La penetré ella de espaldas a todo lo largo y su boca obraba por tragarse la almohada mientras se escuchaban como en sordina sus baladros cortados por ayes más propios de un lamento multitudinario. Yo sabía que sería el último acople y sentí cierta pena porque ella seguramente no lo creía así. Ya drenados ambos, sonrió y sus dientes metieron cualquier otra lucecita en la habitación.

Cuarenta y ocho horas de reconciliación, de mi parte solo sensual. Cerca de las ocho yo me hallaba rumiando unas cuartillas y Lucero Araiza se acercó al escritorio. Le alcancé un par de cuartillas diciéndole a ver qué te parecen. Respondió que ya no le quedaba tiempo: tenía que ver a Alejandrito. Este era el conductor de un noticiero de cagajón que pasan por el canal de televisión público más demandado; un noticiero desbordado de anuncios publicitarios, de crónica roja, de farandulerismo, de verdades a medias y por tanto mentiras a medias sobre el ambiente político. Recordé aquel mandamiento bíblico: “No deis perlas a los cerdos” y salí tras ella hacia la sala. Iba enrabiado porque se refirió a Alejandrito —un señor que más bien gritaba cuando daba entrada a las noticias y que tenía esa pronunciación de cierto sector de por acá que más bien parece masticar las palabras con la boca llena de babas— como a un tipo que conociera. Pero lo que más me enfureció: al negarse a atender el par de cuartillas hizo un gesto de desdén con una mano, que rozó los papeles.

“¡Ni Freud te endereza el coco, Lucero!, ¡ni Freud!”.

“¡Perro maldecido!”.

“¡Y todo el picante que me has hecho comer en dos meses aquí encerrado!..., ¡burra azteca!”.

“¡Cubano culero!”.


CUBAENCUENTRO publicará varias partes de esta novela en diversas entregas.


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