Actualizado: 25/05/2018 18:46
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Ruth Tagle

De la novela en proceso editorial La sangre del tequila

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La colonia Narvarte, por lapsos, resulta no más que una imagen. Deriva en un tramo humano solo cuando, precisamente, se ve a algún humano andando o se escuchan los sonidos que estos producen. Y cuando hace viento, o llueve, o algo así. Uno va por sus calles y exaspera esa percepción de que nos hemos metido en una pintura. La transparencia, en los días de sol, acrece, no sin cierta dulzura. Quien no esté acostumbrado a tanta soledad habitada, podría sentir una crispación, como si Dios, o cualquier lejanía, le enviaran un aviso.

En las madrugadas, las patrullas de la Policía hacen sus rondines y se tiene la impresión de que se hallan en la puerta de al lado: el sonido, casi íntegro, viaja a la velocidad de una exhalación.

Ruth Tagle como que se asirena cuando la trepidan los espasmos orgásmicos. En la cuadra de la colonia Narvarte donde ella vive solo hay una casa sin, al menos, un jardincillo en el umbral: la suya (donde habité tres meses y fracción). Será por eso que, de súbito, me ha anunciado que allí en la entrada —solo una plancha de cemento—, sembrará una higuera.

Según los especialistas, hay mujeres que tienen jugo, otras que no. Esto no es cuestión física, tangible, dicen; es algo que, cuando existe, rebota en la vista del varón que sabe mirar.

Ruth Tagle fue bailarina de folclore. Luego maestra de baile. Antes de estos dos devaneos estudió Letras. Hoy es investigadora en la Secretaría de Educación Pública. Sus faltas de ortografía por cuartilla superan el follaje de cualquier árbol que presuma de rey. Gana veintiún mil pesos mensuales; tres veces y un tercio lo que un policía.

Briosa, Ruth luce como un yóquey en una carrera inacabable; su silla de montar es el miembro viril. No se detiene, no detiene al miembro aun cuando ya cruzó la meta. La miro, con el culo vuelto hacia mí y en franco movimiento, y me resulta muy parecida a una estatua movible; una cremosa, eurítmica estatua de mujer, movible. (Debemos aclarar: cremosa, pero no jugosa: su piel es mate y esto según los expertos elimina la sensación de jugo.) Ella hasta ahora se me da como una excepción de las mujeres mexicanas que he conocido: su voz es chirriante. Y suele anunciar a volumen excesivo: “¡Me estoy viniendo!”.

La conocí en un convite por el XV aniversario del periódico de Izquierda donde Trejo me conectó para colaborar; cuando yo todavía no comprendía cómo sería posible que un periódico de Izquierda pagara menos por colaboración que uno de Derecha. “Contigo todo será posible”, me dijo ella cuando terminó la fiesta vespertina y luego de que le relaté mi Biblia. Hasta hoy no sé qué me quiso decir con aquella frase. Nos fuimos a un parque cercano y conversamos unas tres horas, hasta avanzada la noche; dedicó tal vez la mitad de este tiempo a hablarme ácidamente de la Gorda.

Coincido con las másteres mexicanas de la culinaria: para que la cena quede como para chuparse las entretelas, ahí tenemos las “yerbas de olor”; mixtura no solo olorosa: cuaja además en un sabor en donde no se sabe cuál el punto de lo exótico, cuál el nativo. Algo semejante —calculo— a la mezcla de los bosques más lejanos y esa tenue acidez de la flor de los agaves. Los interiores de la vagina de Ruth Tagle huelen, saben a yerbas de olor.

En la madrugada, las patrullas de la policía van recorriendo las calles lentamente mientras ejercen un silbato, tal un acordeón lánguido, que se oye a más de doscientos metros; debemos suponer que para avisarles a los ladrones que “ahí viene la policía”.

Ruth Tagle se especializó en el tango. Afirman los conocedores que el tango es un baile incomparablemente erótico. Sin embargo, a mí me deprime ver a las personas bailando tango; me parece que están paralíticas. Anoche ella bailó tres o cuatro piezas de tango “para consentirte”, dijo. Anteayer, luego de insultarme por el asunto del cuadro, seguramente vio en mis ojos eso que en la patria llamamos “repunte a venao” (es decir, que uno quiere irse de donde está).

Cuando Ruth, anteayer, expresó mientras yo le indicaba para que cubicara el cuadro en el punto justo que —ella— había marcado, “no tengo a nadie que me ayude en estas cosas”, entre lengua y dientes, masticando las palabras como con inquina, la Gorda me miró como quien mira a un ave destrozada. Yo miré el culo de Ruth Tagle —estaba subida en una silla—, al alcance de mi nariz. Y luego, creo que más tiempo de la cuenta, a la Gorda (este país clasifica a nivel mundial entre los que tienen más habitantes con sobrepeso y obesidad, dicen que esto se debe a que tiene el primer lugar en consumo de gaseosas); “como pensativo”, creo que diría la Gorda si le preguntaran.

Los policías, a distancia y por sorpresa, no tienen por qué entender la expresión “¡Me estoy viniendo!”. Ellos solo escuchan un grito aterrador en la noche.

Luego de bailar unos tangos —con todas las luces encendidas, como ella ha establecido— Ruth Tagle notó que yo me andaba con esa erección propia de los Débiles. Como en otras ocasiones, sobró una sonrisa suya para que subiéramos a la recámara (o sea, el dormitorio, el cuarto).

Exclamó que quien debía enfrentar a los policías era yo, el Hombre de la Casa. De nuevo pensé que lo ideal sería que los policías, al escuchar mi acento, me pidieran los documentos que yo no tenía y entonces me pichearan para la Estación Migratoria de Iztapalapa, renombrada sobre todo por las chinches que la congestionan, no solo en los sitios de dormir, y por el sadismo de los guardianes.

La yóquey Ruth ya había pasado la meta, pero continuaba, al parecer, como otras veces, en busca de la Meta Inexistente. No diré que aulló más alto que en otras ocasiones “¡Me estoy viniendo!”. Solo fue cuestión de coincidencia —como casi todo en la vida—. A media luz yo la observaba a todo galope dándole sin piedad a la silla de montar; oscilante, trepidante, envolvente. Miraba el brillo —el brillo por ungimiento— de mi pene en cada caída y levante y giro del armónico culo de Ruth Tagle. El silbato de la patrulla. El parpadeo de las luces tricolor en las cortinas de la ventana que da a la calle.


CUBAENCUENTRO publicará varias partes de esta novela en diversas entregas.


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