Actualizado: 18/10/2018 9:35
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De la novela en proceso editorial La sangre del tequila

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Hace más de cincuenta días que el vencido, el Candidato Eterno a la presidencia de la República, ha cerrado varias avenidas centrales de la ciudad. Él y su piara han situado quioscos, tarimas, carpas, casas de campaña inmensas en medio de estas calles. Los poetas comunistas recitan en uno y otro podio, los cantores comunistas cantan en uno y otro podio.

El Candidato Eterno, diariamente espeta arengas en la Plaza de la Constitución, repleta; lo cual demuestra que las masas o buena parte de las masas suelen estar equivocadas. Buena parte de estas masas que siguen al Eterno son gritonas, amenazantes, agresivas —como suelen serlo en Latinoamérica las masas comunistoides—, vestidas al descuido, o de modo estrafalario. Hay algunos hombres barbudos en uno y otro sitio; de los que cantan o recitan o de los que conferencian acerca de las bondades de la Izquierda sin dejar de enviar amores a dos de sus dioses: Fidel Castro, Hugo Chávez. El Eterno, al pronunciar parece escupir las sílabas finales de algunas palabras, declara día tras día que le hurtaron las elecciones, y acusa al presidente elegido de ratero, y más. Con esto, el Eterno pone más tinta a lo que ya encontramos en todo el hilo de la Historia: cuando los comunistas no ganan, tampoco pierden: se declaran moralmente vencedores. Se quejan los comerciantes que han perdido sus negocios por el cierre de las avenidas tomadas por el Candidato Eterno. No pocos de ellos se han preguntado en entrevistas por la radio, la televisión, los periódicos: ¿por qué el Eterno no cerró las calles de las zonas de ricos?, ¿por qué se traga a los más terrosos?, ¿qué leyes lo amparan para triturar el centro de la ciudad? Un taxista que, al hablar frente a la cámara lo ha hecho como quien arriba a un descubrimiento, ha dicho: “Nada más pasa que el gobierno de la ciudad es carnal del Señor, son del mismo bando y por eso al Señor le pasan el dinero para que haga estos desmadres y a él ni le pasa nada”. El taxista no tiene por qué saberlo: los comunistas son los marajás del truco, se encueran y se visten unos por los otros. No hay una letra de la Historia que demuestre lo contrario.

A lo largo de las avenidas bloqueadas, entre los olores a meado y excremento que llegan desde los excusados portátiles, entre los ruidos de músicas antagónicas donde no faltan himnos guerreros, voces que braman consignas, tramos de canciones combativas; entre las niñas y niños que ríen o cantan o juegan quizá creyendo que están en una feria... busqué a Verónica. Había quedado en estar, este miércoles, como siempre, en el apartamento al mediodía. Me llamó al celular, demoraría una hora más, dijo con la entonación de los emocionados. Pasaron dos y no llegó. Salí a buscarla, podría ocurrir que un compañero se le pegara demasiado, o sacara algún billete de cincuenta pesos o hasta de más alta denominación y...

La hallé al final de la avenida Juárez, sentada en un podio desde el que recitaba un hombre moreno flameantes versos dedicados a Moctezuma, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Vladimir Ilich Lenin, Che Guevara, sin ocultar cierta entonación lacrimosa al pronunciar algunos versos. Verónica se hallaba, decía, sentada sobre algunas mochilas, junto a otras personas machos y hembras, muy parecido a como se postran los séquitos junto a los mandamases. En otros tiempos, cuando yo era de verdad un hombre, cuando no me aterraba que una mujer pudiese desaparecer de mi vida, le hubiese gritado:

—¡Ven acá, cojones!

Pero ahora solamente, acercándome a la tarima, me hice notar y le mandé una señal, delicada, para que bajara, por favor.

Vino corriendo, zigzagueando hacia mí entre la mole de cuerpos. Llegó machacada, estrujada, sonriendo. Tomó su andar de largas pisadas —el cual, para igualarlo, ya en ocasiones me exigía acelerar demasiado, y en otras le pedía que amainara su velocidad— cuando alcanzamos a entrar por un callejón que nacía (o sería lo mismo decir moría) en la avenida Juárez. Estaban construyendo un hotel, avisaba un anuncio.

Bajo el aguacero, en medio de un pasillo a medio levantar al fondo de la edificación, se desnudó casi: el pantalón y el blúmer en una sola pierna, la chamarra y la blusa abiertas, el sostén zafado. Habíamos pedido permiso al guardián, entonces bajo la llovizna, para guarecernos. Se acariciaba los senos y el vientre mientras exhalaba los murmullos de siempre con los ojos cerrados, se contorsionaba y repetía “qué bueno que viniste”. Estaba recostada a un muro que soportaba un resguardo de madera a medio hacer por el que se colaba la lluvia. Recordé al Fusilado: Sus muslos se me escapaban/ como peces sorprendidos. Puse la palma de mi mano contra su pubis y el dedo del medio en su clítoris. Comencé. Había decidido solo masturbarla para que se aliviara. Pero enseguida comprendí que sus aullidos, por encima de la media puesto que clamaban por la penetración, podrían irse elevando y extendiéndose en el tiempo hasta llegar a los oídos del guardián no obstante el ruido de la lluvia. Mi intención de solo masturbarla: ya por esas fechas se me hacía difícil ejercer el sexo en vertical; mis piernas titubeaban. Entonces se me ocurrió imaginarme que estaba poseyendo a Lucía Luévano allí recostada a esa pared, bajo el aguacero que se colaba a trechos entre la edificación. Pero no funcionó: el pene, a media profundidad en la vagina de Verónica, flaqueó. Me vino a la memoria una sentencia del sexo-biólogo mexicano Víctor Hugo Escalante: “la lluvia es un afrodisiaco infalible para ciertas almas”, algo así (pero esto no tiene nada que ver). Si lograba una erección metálica pensando en Lucía, pero metido en Verónica, cuando estuviera de nuevo con la primera podría imaginarme que era la segunda erección eficiente que había logrado con ella; y de ahí en adelante las cosas podrían funcionar bien con la mujer policía.

Penetrada Verónica, iba yo de ella a Lucía y la erección fluctuaba. “Me estoy viniendo”, gritaba Verónica contra la lluvia, mientras yo trataba de concentrarme en Lucía, de escucharla “tú puedes, mi niño”, a la vez que con una mano per cápita tomaba las densas nalgas de Verónica Illescas y me aprestaba para el envión final en la vagina de Lucía Luévano, una, dos, tres, cuatro, más penetraciones profundas hasta que mis lágrimas me convencieron de que estaba eyaculando en los interiores de Verónica, no en los de Lucía, cuando sonó un trueno que debió escucharse aún más allá de la ciudad.


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