Actualizado: 22/06/2018 17:44
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La celda

De la novela en proceso editorial La sangre del tequila

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La casera, arriba, no para de traquetear; tiene ochenta y tantos años y no deja de tirar cosas —o quizás se le caigan—: los golpetazos me retumban aun en los pulmones. Por rachas, imposible concentrarme. La electricidad pésima, la computadora se la pasa resonando por el subibaja del voltaje; compré un estabilizador para el televisor: la pantalla se achicaba hasta casi el tamaño de una foto de postal. Cuando vine a rentar la casera no me dijo que en esta celda vivían alacranes. Les tengo un miedo incalculable, no tanto por lo doloroso de sus picadas según dicen, sino por su aspecto: bichos repulsivos, tienen algo de extravío mitológico, y ese andar espeluznante con la cola en alto y la espoleta en la punta, lista. Mientras la casera me mostraba las dos habitaciones y pico de esta celda, se daba el aire de quien está mostrando una mansión. Tampoco ningún casero o casera debe decir que el lugar que está rentando tiene alacranes y una humedad partehuesos, claro. Desde que bajaba la última cuadra de acuerdo con la dirección indicada —es también la última cuadra de la calle—, me sentí peor que cuando había leído el anuncio en el periódico (una renta mensual tan bajita, sin duda, era el aviso de que se trataba de un apocalipsis; si bien la casera me pidió un avalista —claro, lo fue Mario Trejo— con la escritura “muy actualizada y de buen valer” tal si me fuera a rentar el Palacio de Buckingham). Bueno… Decía que esta cuadra es una pendiente; aguda, como diseñada antaño con odio para los que luego vivirían aquí. Miré hacia atrás, al copo de la loma, en el inicio de la cuadra… tendría que subirla tal vez a diario y ya caminar cuesta arriba me desangra suficientemente. Un timbre que nadie parecía oír pero que yo, al oprimir el botón, lo escuchaba sonar fuerte allá dentro. Mejor, pensé, me voy, yo no podría arrearme esta loma día a día. Esos momentos en la vida en que uno necesita, y quiere, y no quiere, avanzar en algo. Mas, para que no quedara por mí, sino más bien a la cuenta del Destino, tomé una piedrita y la soné contra la puerta de metal. Se escucharon pasos al otro lado, como de alguien que cojeara. La ochentiañera utiliza una muleta para apoyar la banda derecha de su cuerpo. Sin embargo, bajó las escaleras de metal renegrido y costroso —con el plano más inclinado que una escalera ordinaria—, a más velocidad que yo (como si no llevara una muleta, sino más bien tres piernas, y no pesara ella, calculo, unos ochenta kilogramos ni hubiese nacido más de ochenta años atrás). Me preguntó si me había enterado de la renta por el periódico y se quejó de lo caro que hoy día cobran los anuncios los periódicos. El más estoico de los seres humanos siente miedo con cierto toque de autocompasión cuando se ve bajando hasta el fondo, o hasta lo que para él significa el fondo. Una de las causas de la depresión mortal debe ser la autolástima: cuando esta comienza a cuajar, hasta los que no son depresivos bracean en ese pantano. Mientras yo me daba cuenta de que estaba a punto de rentar una celda, me preguntaba si era eso lo que merecía después de tanto guerrear en la vida o por la vida o contra la vida, depende de cómo se quiera ver, y contestarme lo que ya sabemos: en la vida nadie tiene lo que se merece, sino lo que tiene; en este caso, a espacio abierto, un tramo de lobreguez al cual apenas, desde allá, desde lo alto, alcanzaba la luz natural; una puerta de latón y madera hecha como con desidia a base de retazos hallados en los basureros de alguna historia antigua, quejumbrosa al ser abierta; un tramo ínfimo que, me ha afirmado la casera, es una cocina, con una estufa de dos hornillas —gris como tanto y tanto en esta ciudad—, que funciona muy bien, me ha advertido ella, eufórica casi, a la vez que parece utilizar las tres piernas (la muleta y la averiada incluidas); otro tramo minúsculo a la izquierda: el baño, que no he querido ver cuando ella lo describe con tenacidad; a la derecha otro espacio muy pequeño con un lavadero de concreto, unas cuerdas puestas de pared a pared, una ventana que da al abismo que precede a una calle abismal contra la cual, por el otro lado, se retrepa una barranca atestada de casas hechas como al desgaire (de donde los viernes o los sábados o los viernes y los sábados me llegará el estruendo de una música de pachanga que hasta medianoche o media madrugada me impedirá dormir —aquí tantas personas no van guardando dinero para el entierro ni tienen con qué rebajar el inventario de la tienda mañana, pero se beben y fiestean hoy hasta la deuda de los bisnietos, me había puntualizado ya Mario Trejo). En lo que sería el dormitorio una ventana que mira hacia la calle embarrancada, a las barrancas, y que nunca he abierto. Por otra ventana frente a la pielera de la cama, si se está acostado, se puede ver el cielo: un trazo por encima de una semiderruida escalera de piedras por la cual bajan o suben las personas que se dirigen a la barranca o vienen de allí. Es difícil creer que alguien viva en un lugar donde se halle más bien enterrado, pero cuente con una ventana que da al cielo. En los primeros días tampoco pude dormir a una hora justa: en la celda de enfrente, sobre la medianoche, se ponía a singar (coger, dicen aquí) la pareja que allí vivía. La situación se agravaba porque el hombre también gritaba cuando estaba en la acción. Es primera vez que sé de un hombre que grite de tal manera, como una mujer, o más, en ese trance. El aullido del par atronaba por todo el edificio (esto de “edificio” es un eufemismo), debía empinarse hasta las orejas de los que vivían más arriba. Seguramente esta pareja trabajaba en el mismo sitio: sobre las once se escuchaba el resonar de sus pasos contra (no sobre, no en) los escalones de fierro. Y la singadera, la cogedera, puntual, en la medianoche o un poquito antes. Yo esperaba que terminaran para hacerme cargo del sueño. “Ay, qué rico, cómo me estoy viniendo”, repetía la mujer —sobreponiéndose entonces sí a la voz del varón— al arribar al orgasmo. Su voz, de notas sostenidas, densa, frutal diríamos, era, en fin, hermosa, como la de la mayoría de las mujeres de aquí.


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