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De la novela en proceso editorial La sangre del tequila

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La Editorial Telemaster está en el fondo del oeste de la ciudad. Debo poner mi totalidad, cuatro veces al día, a cabriolar en un pelo: viajar en dos microbuses —peseros— de ida y dos de vuelta. El edificio de la Editorial Telemaster bien se puede tomar por un monasterio o una fortaleza de diseño futurista. Está pintado de color mierda y desde lejos, desde la avenida, se le advierten una especie de aspilleras por donde deberían asomarse los cañones, los arqueros, los cohetes o las cabezas de los monjes, depende. Tiene cuatro pisos, limpios, pulidos; dos ascensores; pasillos amplios, un comedor que rebasaría a no pocos restaurantes y donde la comida, al modo de sírvase usted mismo, cuesta nueve pesos. Cuando como allí tengo la sensación de que me están tratando como a esos bueyes a los que dan buen pasto para que sigan arando con toda fuerza, para engordar al dueño.

Y están las “mamonas”. Ni antes ni ahora en otro sitio he visto tantas “mamonas” juntas; mucho más “mamonas” que “mamones”. (Esta palabra viene significando, más o menos, en cuanto a mi idioma patrio y al neutral, “comemierda”, “altanero”, “engreído”, “cometranca”, “empachado”, “altivo”, “ostentoso”, “vanidoso”, “envanecido”, “estirado”, “despreciativo”, un tipo o tipa que se dan “aires”, etcétera;  debo aclarar que las “mamonas” y “mamones”, en no pocos casos, hablan y visajean como las Fresas y los Fresas.) Creo que en esta ciudad hay más mamonas que mamones. Quizás sea un rasgo más inherente a la mujer. No sé. En Telemaster, aparte de algunas de verdadera clase, se hacen revistas banales —revistas para mamonas, diríamos, y algunas para mamones; tal como me lo había avisado Trejo—, de esas que, si en el mundo no hubiese tantos imbéciles, no habría quien las comprara. Pero el mundo está lleno de imbéciles de ambos sexos. Buena parte de quienes trabajan en estas publicaciones son mujeres mamonas. Puede ocurrir que uno se tope con alguna de ellas —uno a pie, ella entrando en su automóvil en dirección hacia el estacionamiento subterráneo— y ella te mire —uno a pie, digo, yendo hacia la recepción— a través de la ventanilla del auto como quien mira a una cucaracha de la que, felizmente, está protegida mediante cristales, metal, motor; o sea, una mirada lejana, de pestañas caídas, de ojos entornados, hacia ese abismo en donde está la cucaracha. Otro algo terrífico que hay en el abstruso edificio es una legión de corbatas: par de pisos están destinados a los ejecutivos. Creo que ningún hombre debería amarrarse a sí mismo por el cuello.

En los predios de Telemaster he contado once morenas, claras. Pero todas de esas que se pintan el cabello de rojizo tenue, o con entresacados de listillas áureas, y se clarifican la cara con talcos y cremas. Otro grupo, morenas más arriba o más abajo, con el cabello silvestre y la cara al natural son las encargadas de la limpieza y de servir los platos expresos en las barras del comedor. Los custodios sí son todos hombres morenos, desde los que cuidan la alta, ancha, metálica puerta —muy semejante a las que se ven en el acceso a los cuarteles—, hasta los que resguardan los pasillos, los salones de trabajo, los jardines, el estacionamiento.

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Sandra Vélez es empleada de limpieza. Patricia Pensamiento, diseñadora. Esta le contó a la primera, en los albores de su amistad, que a ella, Patricia, le interesaban mucho las “personas humildes”; sociabilizar con ellas. Sandra Vélez tiene el promontorio entrepiernas más armónico y acentuado que he visto hasta hoy, incluidos los de las pinturas de grandes maestros y otros no tan grandes y los de las fotos dichas pornográficas; y agréguese una vellosidad oscura, tupida, medio encrespada, que lo cubre justamente hasta los límites: ni más ni menos; ni sobrantes ni faltantes, quiero decir. Ella vive al otro lado de la colina, que arranca unos treinta o cuarenta metros más allá luego de la avenida. Su marido es albañil de nimios ingresos y alcohólico (la culpa de estas dos condiciones, según Carlos Marx, es del medio social, no del marido de Sandra). No sé si he dicho antes que tantas de las nacionales descendientes de indígenas —mezclas más, mezclas menos— en su mayoría se destacan por la redondez de sus pómulos, proporcionalmente sobresalientes, sus bocas carnosas, desbordadas. Sandra Vélez tiene los pómulos así: de día, están absorbiendo toda la luz ambiente. Y así la boca. Faltaría decir que las mandíbulas de las mujeres dichas parecen concebidas por aquel alumno de Pintura que estuvo obligado a encontrar el Ideal. Morena clara (beis, podría afirmar), no es de nalgas rebosantes Sandra Vélez, sino ceñidas. Ni le sobra la solidez en los senos. Los pezones, grandes diríamos, tienen la porosidad y el color de la pasas. No gime Sandra Vélez cuando son lamidos sus pezones.

No se baña diariamente.

No ganan ella y su marido como para comprar el gas suficiente y así bañarse los seis diariamente. Los cuatro hijos sí lo hacen día a día.

Sí se lava la cabeza a diario. Su cabello es lacio, grueso, oscuro.

Alcanza el presupuesto para el champú barato.

Bueno, realmente es una epopeya para un albañil y una moza de limpieza (aquí les dicen “personal de intendencia” a las limpiapisos y en fin a los de limpieza general...; así suena más bonito) mantener a cuatro hijos que ya van a la escuela y necesitan los útiles y la merienda y todo lo demás que piden en las escuelas sin reparar en si los padres son albañiles y mozas de limpieza. “La explotación del hombre por el hombre”, dejó dicho Carlos Marx.

Y la epopeya mía es, cuando aún fatigado por la subida de la colina en esas tardes-noche, fatigado además por haber ejercido la cópula en plano inclinado, a veces enfangado, a veces medio a ciegas, guiándome solo por el reflejo que rebota allá arriba de las luces del otro lado, deba desconectarme en el instante sublime y aplicarme esa vileza, el condón, al tacto.

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Jeffrey Mendoza es más bien pequeño de estatura, moreno, de ojos negros y grandes pero que no resaltan porque no tienen brillo, o quizás porque hacen poco contraste con lo oscuro de su rostro. Jeffrey, además de una voz muy varonil, de barítono en alza, luce amplias caderas, lo cual, como ya se sabe, rompe la armonía con el más desarrollado de los torsos de hombre (que no es su caso). Bajo riesgo de decir, en lugar de demostrar, como debe hacerse en una novela, según me ha instruido Mario Trejo, agrego que Jeffrey es un tipo zambullido en la envidia —viperino en suma—, inteligente, taciturno a veces, aspirante a escritor (según me ha contado Sandra Vélez, a quien se lo contó Patricia Pensamiento), que tiene en su escritorio y su estante de la revista, de la cual es jefe de redacción, muñequitos, un espejito, fotos de él y sus parientes, polvos faciales y algún tubito de crema. El ritmo de su trabajo es lento, no le importa que le agarre la noche y aun la media madrugada en la oficina. Es decir, una de esas personas que, fuera de la oficina, se sienten peor en cualquier parte. Jeffrey visita a un psicoanalista. Tendrá unos treinta y cuatro años de edad, soltero.


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Animales, de Rufino Tamayo.

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Félix Luis Viera, Miami

09/03/2018

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