Actualizado: 29/11/2022 11:37
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Las tres dudosas premisas de Pérez Roque

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El santo Castro, siempre dedicado a las grandes hazañas de la historia, o Pérez Roque, el muñeco de ventrílocuo que en estos días sienta en sus magulladas rodillas, no comprenden (porque el narcisismo es una patología que nubla el entendimiento y borra al otro del campo de visión) la infinita tristeza de los ingenieros, maestros, médicos, oficiales del ejército o abogados que, mientras en todo el planeta alcanzan con su trabajo formas dignas de existencia, en Cuba viven como unos miserables, esperando autobuses destartalados durante horas, para poder llegar a unos hogares descascarados, agrietados y mal iluminados —cuando hay iluminación— en los que los van a recibir unos alimentos escasos y aburridos.

Y así durante, semanas, meses, años y décadas, porque los cubanos ya han aprendido la peor lección que puede transmitir un sistema: la convicción de que no hay esperanzas porque siempre estaremos igual o peor.

4. Debilidades y peligros: el desgaste de las revoluciones

A partir de este punto, cuando Pérez Roque ya ha dado el do de pecho triunfalista, comienza a anotar las debilidades y peligros: las revoluciones se debilitan con el paso del tiempo. Le ocurrió a la francesa y a la soviética. No menciona la norteamericana, porque ahí está la primera república moderna todavía invicta y triunfante, más vigorosa que nunca, y Pérez Roque esquiva el ejemplo.

Lo que intenta decir es que la revolución cubana mantiene toda su fuerza original. ¿Por qué? La respuesta a este curioso fenómeno de conservación de energía la encuentra en una frase de García Márquez: "La explicación de Cuba es que Fidel es al mismo tiempo el jefe del gobierno y el líder de la oposición".

Obviamente, si la fuerza oculta que mantiene la tensión revolucionaria es la actuación dialéctica (¿bipolar?) de Fidel Castro, ora desde el gobierno, ora desde la oposición, lo presumible es que, una vez desaparecido Castro, esa tensión decaiga.

En realidad, hay algo de cierto en la observación de García Márquez y Pérez Roque, pero no es exactamente lo que ellos perciben. Fidel Castro le ha impuesto su sello personal a la revolución y la ha dotado de un estilo, pero no por su condición de Gran Opositor Único, sino por las incesantes crisis que provoca y soluciona.

Castro, que emocionalmente jamás ha rebasado la etapa juvenil de la protesta callejera, más que el Máximo Líder, es un cheerleader, un Máximo Agitador que se alimenta de las polémicas y las confrontaciones, mientras dedica una parte sustancial de su vida a pelear con medio mundo y a derrotar adversarios reales o fingidos, persuadido de que gobernar sabiamente es mantener al "pueblo combatiente" desfilando frente a una tribuna con unas banderitas en las manos mientras corea consignas estúpidas.

¿Es eso lo que hará Pérez Roque cuando le toque dirigir a la revolución en el terreno político? ¿Será el suyo otro sudoroso gobierno mitinero, sembrado de pancartas y consignas huecas? ¿Pondrá metas económicas irreales, como la zafra de los 10 millones para sacudir al pueblo? ¿Creará unos crueles conflictos migratorios, como los balserazos de 1965 (Camarioca), 1980 (Mariel) y de 1994, saldados con cientos de ahogados?

¿Buscará una anécdota dolorosa —el horror por el que pasó el pobre niño Elián— para construir una causa vibrante que supuestamente vertebre la fibra nacionalista de los cubanos? ¿Se va a dedicar a esas idioteces, como su maestro, mentor y guía? ¿Se ha dado cuenta Pérez Roque que entre los aproximadamente 200 gobiernos que en el planeta regulan la vida de más de seis mil millones de personas, ninguno tiene un comportamiento tan extravagante y banal como el cubano?