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De nuevo la Rosa Blanca

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La historia nos dice que un grupo social no oye razones cuando detenta el monopolio del poder y lo emplea para su beneficio a expensas de las necesidades de otros. Nadie ha renunciado al poder por iluminismo intelectual. Entonces, ¿por qué perder el tiempo apelando a la conciencia de una camarilla cuando está condicionada por su posición de fuerza? ¿Somos estoicos, idiotas o canallas los que insistimos en extender la mano a riesgo de que nos la rechacen de nuevo? Esas son interrogantes legítimas que nos formulan quienes observan perplejos esta terquedad en cultivar rosas blancas.

Los promotores de la Declaración de Concordia no somos seguidores de Zenón, fanáticos de José Martí (aunque nos consideremos martianos), nos falta vocación por el martirologio inútil y no carecemos de pasiones ni de cerebro. La respuesta yace en otra parte.

En las sociedades totalitarias la elite que monopoliza el poder no sólo cuenta con aparatos coercitivos abarcadores y brutales, sino también con el comprometimiento, primero espontáneo y luego inducido, de una masa crítica de la población.

Los ciudadanos pierden su autonomía y dejan de ser tales. Se transforman en una masa disciplinada por organizaciones de mando centralizado y se resignan a su suerte, en no escasa medida, por temor al enemigo implacable y rencoroso construido por la propaganda oficial. "El futuro puede ser peor que el presente", es el mensaje que se repite de mil maneras.

Comenzaron, llevados por la ilusión, cooperando con el poder revolucionario. Ahora, descubren que lo sucedido en realidad es que se ha constituido un poder contrarrevolucionario que aplastó sus ilusiones después de manipularlas en propio beneficio. Si siguen cooperando con el poder no es ya por convicción ni exclusivamente por la represión, sino por inercia, resignación y temor al "enemigo revanchista".

Los firmantes de esta propuesta no nos creemos omnisapientes. El contenido es, en realidad, un apretado compendio de propuestas ya publicadas con las que han coincidido funcionarios, académicos, opositores y exiliados. Tampoco somos ilusos. No nos suponemos capaces de cambiar con la pluma la mentalidad de una gerontocracia atrincherada en sus privilegios. Pero creemos en la honestidad y limpieza de intenciones que llevó a la inmensa mayoría de la población a apoyar el proceso revolucionario.

Estamos convencidos de que entre los más encumbrados y los más humildes, comunistas y no comunistas, funcionarios y ciudadanos de a pie, hay personas sinceras que desean lo mejor para sus hijos y no saben cómo rectificar el rumbo del país sin que nuevos farsantes y aprovechados sean los ganadores. Es –en primerísimo lugar- por ellos y para ellos que escribimos.

Los invito a seguir este enlace y leer la Propuesta para una Sociedad Participativa.

http://agora21.wordpress.com/



La Mafia de La Habana

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Alguien cercano a Fidel Castro desde los días de la Juventud Ortodoxa comentó en apagado susurro, durante una de sus frecuentes visitas a La Habana, que las tres verdaderas fuentes integrantes del pensamiento del Comandante eran las ordenanzas de San Ignacio de Loyola, los principios enunciados en El Príncipe por Maquiavelo, y las lecciones que se derivaban de la lectura de El Padrino de Mario Puzo. Me pareció una observación lúcida.

Podría decirse que el castrismo es en esencia la práctica de la administración pública por parte de una elite política que opera con normas mafiosas y basa su conducta en principios de igual naturaleza aprendidos del patriarca familiar, Don Castro I, quien los adquirió en La Habana de los años 40 entre los tiroteos y atentados gangsteriles de grupos estudiantiles rivales. Esa cultura mafiosa arroja más luz sobre los hechos recientes que los intentos de interpretación que se realizan desde otras formas de racionalidad.

La principal diferencia entre ese grupo conservador y el que pudiera gobernar una vulgar dictadura tercermundista es que ha sabido construirse una identidad de “izquierda” por vía de aportar servicios sociales universales en lo interno y asumir una postura antiestadounidense en lo externo. Ha sido curioso su éxito mediático en ese campo, porque ninguna de estas cosas distan de la práctica fascista de Benito Mussolini

En Cuba no hay todavía una clase política. Lo que existe es una elite de poder que si bien no es monolítica mantiene su apariencia de unidad a partir de la represión contra toda señal de autonomía de pensamiento o acción por parte de sus integrantes. Para constituir una clase política se requiere de un espacio político para expresar libremente discrepancias y consensuar posiciones. Algo de lo cual hoy día carece la elite de poder cubana. Sin esa libertad en la cúspide no es posible hablar de dirección colegiada y otras lindezas que supuestos expertos han venido atribuyendo al gobierno de Raúl Castro. De nada vale reunir regularmente a un grupo de dirigentes administrativos si entre ellos prevalece el terror a expresar un criterio que pueda considerarse “desviado” de las ideas “normales”.

Otra confusión común entre pretendidos cubanólogos es la de considerar miembros de la elite de poder a todas aquellas figuras que ocupan una alta posición jerárquica. Ninguno de los ya defenestrados –ni los que seguramente lo serán en meses venideros- era miembro de la elite de poder. Apenas alcanzaban la función de un CEO corporativo que puede ser despedido por los propietarios en todo momento o la que desempeña el consigliore de un grupo mafioso. El poder yace en otra parte. Cuando un consigliore muestra la humana tendencia de expresar ideas o tomar iniciativas se torna sospechoso a sus amos. El régimen de administración mafioso considera que tales virtudes son debilidades que deben ser castigadas de manera ejemplar.

La trayectoria del régimen cubano ofrece una larga lista de “estrellas” ascendentes que cayeron en desgracia total cuando ellos mismos, o algún gobierno extranjero, confundieron sus limitadas funciones administrativas con la posesión de una cuota real de poder sobre la dirección misma de la política en curso. En Cuba la elite manda y decide, los funcionarios acatan y ejecutan. Eso es lo que se espera de ellos aun cuando se consulta su opinión.

Hay también otra diferencia a tener presente. Los consigliores son apartados de sus funciones al caer en desgracia. Cuando un verdadero miembro de la elite se vuelve un estorbo su destino puede ser peor. En esos casos, salvo en situaciones excepcionales, -como las que rodearon al caso de Arnaldo Ochoa-, son más propensos a sufrir “accidentes” o morir de “causas naturales”.

Para reformar un modelo de funcionamiento estatal totalitario -sin llegar totalmente a trascenderlo-, se requiere que los miembros de la elite de poder desplacen internamente a un grupo hegemónico por otro, y no pueden para ello valerse de inexistentes espacios democráticos. Tienen que recurrir a la fuerza de manera más o menos transparente para decapitar – de forma política o literal- a aquellos de sus miembros que han utilizado el inmovilismo para defender intereses personales que entran en conflicto con la supervivencia del grupo en su conjunto.

La primera acción de la Troika que sustituyó a Stalin fue asesinar a Beria: necesitaban asegurarse de que, en lo adelante, al menos ellos tres podrían opinar sobre temas diversos sin que la NKVD los vigilase cada día y finalmente detuviese y ejecutase por “traidores”. Otro tanto ocurrió con la liquidación de la llamada Ganga de los Cuatro en China: la elite de poder en aquel país se hastió del régimen represivo ejercido contra sus miembros. El miedo le impedía hacer uso de su talento para superar el desastre heredado de Mao Tse Tung. La Ganga de los Cuatro – incluyendo la viuda del Gran Timonel- fue pasada por las armas para que se supiera que se inauguraba una era de libertades para beneficio de líderes y tecnócratas, aunque el pueblo chino continuara careciendo de ellas. La elite de poder burocrática se transformaba en China en una clase política autoritaria y corporativa, pero con ciertas libertades internas de las que antes carecía. En otras palabras: decidieron sacar ventaja de la existencia en su seno de ideas disidentes y las incorporaron a su práctica política, en vez de aniquilarlas como en el pasado.

Solo el día que Raúl Castro permita a la elite de poder cubana y sus consigliores ejercer su derecho a la libre expresión podrá enterarse de que nadie –ni los salientes ni los recién nombrados “dirigentes”- cree en las virtudes del actual status quo.

Cuando el nuevo ministro de relaciones exteriores llama a sus contrapartes para asegurarles la continuidad de compromisos anteriormente adquiridos, en realidad está diciéndoles que la vida en la isla sigue igual: bajo el control de la misma mafia aunque con nuevos consigliores. Si el convaleciente patriarca de esta familia va a tener menos protagonismo en lo adelante y el nuevo Don ha asumido finalmente sus responsabilidades es asunto relevante, pero no decisivo. Los que desde capitales extranjeras -y aun con las mejores intenciones- apuestan su capital político a procesos en la isla dependientes de una retorcida lógica que escapa a su control o influencia, debieran tenerlo presente.

Lo que conspira contra toda ilusión de apertura en Cuba –incluso al interior de la elite de poder- es que las normas de la cultura mafiosa del castrismo siguen vigentes hasta que se demuestre lo contrario.



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