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Zelaya: “Elecciones, ¿para qué?”

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El traslado de Manuel Zelaya a Tegucigalpa fue fraguado por Chávez y Fidel Castro; e implementado en coordinación con Daniel Ortega y un grupo de líderes del FMLN de El Salvador. El presidente Mauricio Funes no parece haber estado involucrado, aunque es posible que su radical Vicepresidente sí lo estuviese.

El presidente Lula –aunque lo niega-- estuvo en la jugada por sus propias razones y ha tolerado que “Mel” transforme su sede diplomática en un Bed & Breakfast desde donde coordinar cómodamente una insurrección, amparado por la inmunidad del recinto. De hecho, Zelaya sigue técnicamente instalado en un territorio extranjero después de un brevísimo paso por Honduras. Falta por ver si la participación de Brasil en esa acción contribuirá a rescatar los votos de la izquierda afiliada pero alienada del gobernante Partido del Trabajo cuando las encuestas dan hoy por seguro perdedor a esa fuerza política en las elecciones del 2010.

El objetivo inmediato de esta operación fue crear un show mediático, coincidente con el inicio de la Asamblea General de Naciones Unidas, que contribuyese a desacreditar el proceso electoral hondureño. Poniendo a Zelaya a buen resguardo y agitando desde su seguro refugio a las masas para que se inmolen heroicamente, los patrocinadores de “Mel” insisten en provocar una espiral de represión / resistencia como recomiendan los viejos manuales de revolución y guerrillas. Aunque esta nueva jornada no dejara una masacre de saldo basta con el decreto de estado de sitio gubernamental para que los zelayistas puedan vociferar en toda tribuna que ninguna elección puede ser aceptable bajo esas condiciones. Y en eso tienen razón, pero omiten el dato de que hubo una conspiración para crear deliberadamente esa situación.

¿Quién no recuerda a Fidel Castro preguntándose en 1959 “elecciones, para qué”? Pues Zelaya y sus amigos desean convencer a la opinión pública internacional de algo parecido. Desde su perspectiva, lo único trascendente en Honduras sería su inmediata e incondicional restitución a la poltrona presidencial, lo demás es secundario. Se pretende imponer a Honduras una exigencia que nunca se ha demandado antes en países donde los militares, después de golpes y dictaduras, convocaron a elecciones y traspasaron el poder a nuevos políticos civiles, en lugar de restituir a los que habían desplazado si es que aun estaban vivos.

Sin embargo, el proceso electoral es el único instrumento que puede dar una salida no violenta a la crisis y asegurar la paz y estabilidad en Centroamérica. Iniciado hace más de 14 meses bajo la presidencia de Zelaya, los comicios se mantienen con el mismo Tribunal Electoral y candidatos electos antes de los acontecimientos del 28 de junio. La fase primaria de ese proceso había sido incluso monitoreada in situ por la OEA.

Ahora algunos pretenden que los resultados de la votación en noviembre no sean validos, si no es el propio Manuel Zelaya quien traspasa el poder en enero al candidato que resulte electo. Los que asumen esa postura están sepultando la única solución no violenta que hoy existe al no estar las partes en conflicto inclinadas a aceptar ninguna otra. Desacreditar las elecciones hoy equivale a legitimar la violencia de mañana.

La impresentable alternativa a la solución electoral sería la de hambrear al pueblo hondureño con sanciones, alentarlo a emprender una guerra civil o tener que recurrir después que se desate la violencia a una “intervención humanitaria” de Naciones Unidas. Bloqueo económico, guerra fratricida e intervención extranjera. Todas amparadas internacionalmente. ¿No resulta extraño que Castro y Chávez aboguen a favor de sentar la legitimidad de semejante precedente? Ofrecer asilo a una persona en una embajada y permitir que desde ella haga llamados a la insurrección contra el poder, ¿no es una situación que debería ser preocupante para quienes ejercen cotidianamente la represión contra disidentes y opositores en sus respectivos países?

Decretar el estado de sitio y dar un ultimátum al presidente Lula es exactamente el tipo de cosas que se intenta provocar con la operación del retorno de Zelaya. El primero, de mantenerse, deslegitimaría las elecciones. El segundo era innecesario. Ambos son contraproducentes. El asunto no era extender un ultimátum para retirar la inmunidad a la sede de Brasil sino exigirle a la mayor potencia de la región que actúe de manera responsable y conforme a los convenios de Ginebra que norman los límites de la acción de sus representantes diplomáticos. Los patrocinadores de Zelaya saben que en una guerra de nervios se puede inducir al adversario a cometer errores graves e irreversibles y a ello apuestan.

La sociedad civil pro democrática en Honduras y otros países necesita jugar un papel más activo y centrista. Es ella la que puede llamar a la calma a todas las partes, develar las provocaciones e impedir que se caiga en ellas. Son las iglesias, gremios, organizaciones no gubernamentales de ese país las que tienen la posibilidad de impedir que el proceso electoral se distraiga o deslegitime por la presencia de Zelaya o una innecesaria escalada de tensiones bilaterales con Brasilia.

Por su parte, la comunidad internacional no debe jugar a la ingeniería política. Las buenas intenciones no traen resultados positivos cuando son actores externos quienes intentan imponer sus propias soluciones alineándose incondicionalmente con las demandas de una de las partes. Si los dos actores principales de este conflicto resultan irreconciliables la comunidad internacional debe buscar en el proceso electoral la salida en vez de desacreditarlo y agravar la situación.

Los que en cualquier rincón del mundo deseen evitar una tragedia a los hondureños y prevenir un nuevo conflicto en Centroamérica deben contribuir con observadores y recursos a asegurar la transparencia de las elecciones de noviembre. Extender apoyo a esas elecciones es un deber de todo ciudadano, institución y gobierno que desee una salida democrática y no violenta en ese país. Zelaya, si lo desea, puede verlas desde su hostalito brasileño en Tegucigalpa o por la TV instalado en un hotel cinco estrellas de Río de Janeiro ahora que le ha pedido asilo a Lula.

Sin embargo, es necesario tener presente que las elecciones no pondrán fin a la actual conflictividad social, sino son el medio para comenzar a abordar su solución democrática.

Al candidato que resulte electo le deberá corresponder la puesta en marcha de un proceso de reconciliación nacional, y dar respuesta eficaz a la justa y añeja demanda de una mayor calidad democrática y equidad de oportunidades en Honduras. Puede que para ello se hagan finalmente necesarias algunas reformas constitucionales, pero no la de los actuales artículos pétreos, en particular el referido a la imposibilidad de reelección. En vez de eliminarse debiera ser replicado en las constituciones de toda la región.

Dar salida electoral, no violenta, a la crisis; fomentar la reconciliación; mejorar la calidad de la democracia y la equidad de oportunidades sociales en Honduras: Esas --y no otras-- deben ser las metas. Si hay objetivos “políticamente correctos” a alcanzar en esta crisis son esos.



Muchachos, no tengan miedo

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Un puñado de artistas les coló un gol a todos los que creyeron imposible lo que ocurrió el domingo en Cuba.

Ante un millón y medio de personas se habló de libertad, de presos, del exilio, y de una sola familia cubana. Se saludó desde la tarima a los Aldeanos y a Silvito El Libre cuya actuación fue proscrita por el gobierno. Sobre todo, se instó a los “muchachos” –en un país desgobernado por una gerontocracia-- a que no tuviesen miedo, porque es tiempo de cambiar y el futuro es de ellos. Lejos de asumir que el problema que hay que atender es el conflicto bilateral entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, los músicos visitantes centraron sus llamados a trascender el conflicto interno que liquidó la libertad y dividió a los cubanos.

Si los artistas hicieron lo suyo el pueblo hizo el resto. Pese al desvanecido trasporte público, inundó la plaza sin que le pusieran buses desde cada fábrica y centro de estudios como se hace para lograr la asistencia a los actos políticos. Ausentes estaban las tradicionales ventas de refrescos y los regalos masivos de camisetas que el gobierno dispensa a quienes suelen agitar banderitas cuando se les convoca a ese espacio. También se escogió la peor hora de un caluroso verano cubano para ofrecer “generosamente” esa plaza a los músicos. Pero nada desalentó a los habaneros. Saltaron por encima de cercas y barandas y se apropiaron de los espacios reservados en primera fila a privilegiados y porristas. El Ministro del Interior tuvo que descender de su auto y pudo caminar hasta su oficina gracias a la diligente acción de sus soldados.

Los que allí dificultaron el paso de los dioses y elegidos eran jóvenes. Los mismos que sólo piensan en largarse del país sintieron que de algún modo se habían apoderado -aunque fuese por pocas horas- de un espacio propio. La plaza en la que se acostumbra tocar himnos marciales y se ensalza la violencia y la muerte fue tomada por jóvenes que cantaron al amor y a la vida. No gritaron todas las cosas que hubiesen deseado, pero disfrutaron sabiendo que en ese breve espacio de tiempo cada minuto era para ellos. La plaza fue de ellos.

Un sentimiento de reapropiación de la dignidad pisoteada –apenas un instante al que puso fin la seguridad-- recorrió la multitud cuando Juanes y Bosé ayudaron a subir a la tarima a un joven negro que, descamisado, ondeaba una bandera nacional mientras ellos cantaban a la libertad. En ese joven humilde que agitaba orgulloso su bandera se vieron reflejados millones de cubanos, de dentro y de fuera, como la gran familia cubana que evocaron los artistas.

Hoy todo es igual en apariencia. Lo mismo sucedió con Woodstock. Los sismos culturales se hacen sentir en plazos dilatados.



Desde mi “radio de acción”

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La prensa informa del nuevo debate nacional “convocado por Raúl y el Partido”. Se dice que este proceso "no será exactamente igual'', pues esta vez estará dirigido a realizar un "análisis interno'' de "lo que ocurre en cada lugar'', identificar los problemas y sugerir soluciones. Así lo explica el Material de Estudio con las orientaciones para conducir –y saber conducirse- en esas asambleas. "Este análisis debe ser objetivo, sincero, valiente, creador, de intercambio'' en ‘‘la más absoluta libertad de criterios y "el respeto a las opiniones que puedan resultar discrepantes'', añade el citado texto.

Machado Ventura, cuando fue nombrado Secretario de Organización del PCC, impuso un principio disciplinario a los miembros del partido comunista: limitar sus observaciones críticas y propuestas al llamado “radio de acción” o entorno inmediato de los militantes. Ese es el criterio que, al parecer, regirá ahora esas “libérrimas” asambleas.

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, sin embargo, acaba de publicar en la revista Espacio Laical un lúcido y valiente texto en el que no se limita a quejarse de la baja producción de ostias para las misas dominicales, sino en el que reclama una reforma sustantiva del Estado cubano por medio de un cambio constitucional. Tiene por ello todo mi respeto. Esa es la actitud responsable que corresponde a un descendiente de patricios cubanos y sacerdote de una iglesia que llama cada día a servir con lealtad los principios de Cristo.

Como soy también parte de la nación cubana (porque allí nací) y ostento ciudadanía de esa isla – ya que no se me reconoce otra por las autoridades cubanas pese a que la actual Constitución los obligaría a ello- voy a responder a ese llamado “de Raúl y el Partido”. Pero a diferencia de Monseñor, lo haré refiriéndome a mi entorno inmediato como solicitan sus organizadores.

Deseo dejar registrados cinco planteamientos vinculados directamente a mi “radio de acción”, que son los siguientes:

1) El restablecimiento del derecho de todo ciudadano a migrar y retornar libremente al país o residir fuera el tiempo que estime pertinente y la consiguiente supresión, -inmediata, completa e incondicional- de los permisos de entrada y salida del país.

2) El cese de todas las represalias y acoso contra los que desean migrar hacia el exterior o dentro de Cuba.

3) La liberación inmediata e incondicional de los parientes que, como a rehenes, no se les permite la reunificación familiar.

4) La abolición del pago de trámites para ir a nuestro propio país o prorrogar nuestra presencia fuera de él y el reconocimiento del uso de pasaportes de aquellos países donde somos ciudadanos.

5) La reducción de tarifas telefónicas y de los impuestos sobre remesas, las cuales son las más altas del Hemisferio Occidental y de las más caras del mundo.

En buena lógica, si la privación de libertad de cinco cubanos en Estados Unidos es considerada tan importante por el gobierno de la isla, ¿por qué no dispensan igual prioridad a la situación de millones de cubanos cuya libertad de movimiento ha sido conculcada por casi medio siglo?



El extraño caso del Ayatola Chávez

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Mientras los medios de todo el mundo informaban que el cineasta Oliver Stone le presentó a los asistentes al Festival de Venecia a Hugo Chávez –su nueva y rutilante estrella--, un hecho realmente relevante ocurría en un pequeño salón, a miles de kilómetros de distancia de los tuxedos y escotados vestidos de aquella fiesta del celuloide.

Brookings Institution, el afamado think tank cercano al Partido Demócrata de Estados Unidos, auspiciaba una serena presentación realizada por un anciano de 90 años, al que todos trataron con respeto y prestaron total atención. Su nombre es Robert M. Morgenthau. Veterano de la II Guerra Mundial, afamado jurista y amigo de personalidades y presidentes estadounidenses, Morgenthau ha ocupado el estratégico cargo de Fiscal del Distrito de Manhattan –capital de las finanzas mundiales- desde 1975. Apenas acaba de anunciar su retiro. Pero no era ese el tema de su disertación. Fue a Brookings Institution a hablar del nuevo ídolo de Oliver Stone: Hugo Chávez. Y lo que dijo estremeció a su selecta audiencia.

Morgenthau develó la existencia de un peligro claro e inminente: la alianza entre fundamentalistas iraníes, grupos terroristas islámicos, las FARC y el gobierno de Hugo Chávez. Una cooperación financiada con narcotráfico para el desarrollo de tecnología nuclear y misiles que estarán al servicio de quienes se opongan al Gran Satán del Norte.

El Fiscal sabe lo que dice. Lleva años investigando las operaciones financieras de Irán. No es un funcionario de Israel. Tampoco un halcón atormentado por pesadillas ideológicas, sino uno de los profesionales de más alto nivel y experiencia en su oficio. La audiencia no estaba constituida por conservadores del Heritage Foundation, sino por liberales del Brookings Institution. Sus opiniones no gozan de la libertad del intelectual o académico. Su cargo judicial le impide asumir la actitud del libre pensador.

No anda preocupado por la simple existencia de fábricas bajo control iraní en un país donde hay una reserva de 50,000 toneladas de uranio. No se inquieta sólo porque la existencia de cooperación militar, minera, nuclear y otras entre los ayatolas iraníes y el gobierno de Hugo Chávez hagan de Venezuela el lugar perfecto para fabricar y almacenar armas de destrucción masiva, lejos de los controles que se ejercen sobre Teherán. Robert M. Morgenthau tiene sus razones para preocuparse, sabe lo que dice y lo expresa de forma serena, sin aspavientos, porque lleva buen tiempo siguiendo los pasos financieros de Iran.

Las conclusiones de su exposición fueron precisas. Según el veterano investigador, el mundo no puede seguir asumiendo ligeramente las afirmaciones de Chávez ni pasando por alto la creciente influencia de Irán en el hemisferio occidental. Advierte que es hora ya de actuar y poner bajo microscopio las transacciones financieras del extraño Ayatola de Caracas.

Creo que en lo que a Hugo Chávez se refiere, seria más saludable seguir las valoraciones de Robert M. Morgenthau, que las del cineasta Stone.



La OEA y el tercer golpe de estado

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Honduras fue escenario de uno de los golpes de estado “a plazos” del pretendido socialismo del siglo XXI. Al igual que ya habían hecho exitosamente en otros países, los impulsores de la revolución bolivariana pusieron en marcha un plan de influencia sobre personas y sectores hondureños. Estaba dirigido a crear las bases de apoyo social para proceder a un cambio de la naturaleza y estructura del Estado.

Pero para sorpresa de Zelaya y sus amigos, los restantes poderes constitucionales en Honduras no estaban dispuestos a ver en su país lo ya sucedido en otras latitudes. Dispusieron el arresto del presidente por su insistencia en violar leyes, trasgredir funciones y tomar una base aérea para rescatar las urnas y boletas que Chávez le había enviado para organizar un plebiscito cuestionando la Constitución.

Sucede que los militares encargados de cumplir la orden de arresto legalmente radicada, tomaron la iniciativa ilegal de depositarlo en payamas en San José de Costa Rica. El resto de los acontecimientos –a excepción de esa inopinada acción del comando que permitió la fuga de aquel a quien tenían que arrestar- trascurrió según el orden constitucional vigente. Se sustituyó al presidente según lo normado por la Constitución y ningún civil fue desplazado de su cargo por un militar. No se realizaron arrestos masivos, nadie desapareció, fue torturado y lanzado desde un helicóptero, ni aparecieron cadáveres flotando en los ríos. Pero la estética aportada por el comando que arrestó y expulsó a Zelaya –militares encapuchados que deportan de madrugada al presidente electo- removió la terrible memoria regional de anteriores interrupciones de la democracia.

Así las cosas, los golpistas del siglo XXI acusaron al resto de los poderes constitucionales en Honduras de actuar como golpistas del pasado siglo. Detrás salieron intelectuales y gobiernos “políticamente correctos” a sumarse al coro condenatorio pese a la escasa información y conocimiento que tenían sobre los antecedentes y el contexto en que ocurrieron los hechos.La crisis constitucional provocada por la vioacion presidencial de la Carta Magna fue declarada un "golpe de estado" pese a que ese documento autoriza remover al presidente si intenta modificar lo referido a la imposibilidad de reelecciones (Art. 239)..

Ante esos hechos, la OEA debió haber demandado que se enjuiciara a los militares que desbordaron el mandato judicial que habían recibido al deportar –en vez de arrestar- a Zelaya. Tenía que haber apoyado a los restantes poderes constitucionales y fiscalizado el que los militares no hubiesen desplazado a los civiles o manejado a su antojo la situación interna. Debió haber realizado una inspección sobre el terreno y hecho un análisis crítico de lo sucedido formulando su recomendación –no ultimátum- a los poderes públicos y la sociedad civil del país. Pero la organización interamericana pretendió lo inadmisible: imponer -a quienes ya ejercían poderes electos y constitucionales en el país mucho antes de la salida de Zelaya - la caprichosa formula de su retorno decretando que era la única “admisible” en el caso de Honduras.

La OEA –que por varios años no ha sabido actuar ante el golpismo bolivariano- no sólo no ha rectificado el craso error cometido en Honduras, sino que ahora se encamina a desconocer de antemano el resultado de unas elecciones nacionales que todavía no se han realizado. Proceso abierto a observadores independientes de otros países, y cuya preparación –incluida la elección de los candidatos- se había iniciado 14 meses antes de ser expulsado Zelaya de Honduras con presencia in situ de la Organizacion de Estados Americanos..

La OEA –una institución necesaria, pero de cuestionable eficacia- viene actuando de forma contradictoria. Pretendiendo combatir el golpismo en Honduras ha aceptado en ese caso el pretendido axioma de los golpistas del siglo XXI: que el único político demócrata en Tegucigalpa es Mel Zelaya y solo su presidencia puede garantizar la continuidad de la democracia en ese país. La OEA por un lado abrió la posibilidad de poner fin al aislamiento del gobierno cubano y semanas después decretó el aislamiento del Estado de Honduras. O sea, de su gobierno y sociedad civil en pleno.

El grupo del ALBA ahora impulsa dentro de la OEA sanciones económicas al pueblo de Honduras. Los que derraman lagrimas en todo foro internacional por el llamado “bloqueo” a Cuba por parte del país que hoy es su quinto socio comercial (Estados Unidos) demandan – paralelamente y ¡en nombre de la democracia!- imponer un completo bloqueo internacional a la nación más pobre de Centroamérica. Y nada menos que Fidel Castro y Hugo Chávez exigen al presidente de Estados Unidos que se sume a ese bloqueo como evidencia de su vocación democrática en la región. Cosas veredes….

Así –por motivaciones diversas- se intenta orquestar un tercer golpe de estado en Honduras -si es que que la derrocamiento constitucionl de Zelaya clasifica como tal- del que la OEA terminará siendo cómplice si no recapacita. Se presiona al pueblo para que deje de apoyar a los actuales gobernantes y termine abrazando al repudiado Zelaya como única solución a su desgracia. El chantaje combina una arbitraria ingeniería política internacional (“te hambreo hasta que repongas a Mel) con la violencia teledirigida por Caracas y La Habana (”te desangro hasta que repongas a mi aliado”). Seguramente no tendrán éxito, pero no por ello deja de ser una vergüenza.

Pero se impone otear más lejos. La salida definitiva al futuro que necesitan los hondureños pasa por procesos de empoderamiento ciudadano, protección de libertades e impulso a la equidad de oportunidades económicas y sociales. Si ellos no han sido plenamente garantizados hasta el presente por las clases hegemónicas en ese país tampoco lo iban a ser por una nueva oligarquía totalitaria similar a la que rige Cuba hace medio siglo.

La clave del porvenir sigue estando en expandir la democracia, no en sepultarla.



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