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Pronunciamiento de líderes religiosos

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Ante la tragedia de Cuba

Declaración de los Guías Espirituales

Los Guías Espirituales en el Exilio, un grupo de líderes de diferentes iglesias cristianas de Miami, ha emitido el siguiente comunicado con motivo de la tragedia ciclónica que ha abatido a Cuba:

El Grupo de Trabajo de Guías Espirituales en el Exilio, ante el dolor de nuestro pueblo, víctima de los peligrosos fenómenos naturales que lo han azotado, declaramos lo siguiente:

(1) - Invocamos sobre Cuba el favor de Dios. Rogamos al Creador que haya pronta recuperación y renovado espíritu de victoria para aquellos que han sido afectados de agresiva forma por los vientos despiadados que han recorrido destructivamente nuestra Isla amada.

(2) - Hacemos un llamado a las autoridades de este gran país que con amor nos ha acogido para que más allá de diferencias políticas e ideológicas, extienda sobre Cuba una mano de generosidad y apoyo. La hora es la de superar obstáculos y extender puentes.

(3) - Invitamos al exilio a que se una en una campaña de ayuda y amor para con Cuba. No hay que abandonar posiciones patrióticas y políticas para lograr este empeño. No se trata de alianzas con el régimen despótico que deshumaniza a nuestra patria, sino de compromiso espiritual y amoroso con el pueblo oprimido y sufrido.

(4) - Nuestro Grupo de Guías Espirituales invita a la oración y a la unidad y nos ponemos a disposición de quienes quieran recabar nuestro apoyo y nuestro respaldo.

La hora de Cuba es la de ahora: su dolor nos llama para que como cubanos tomemos una firme posición de servicio desintegrado y generoso. Así esperamos que se haga.

Por la mesa directiva: Obispo Onell Soto, Iglesia Episcopal, moderador; Mons. Agustín Román, Iglesia Católica Romana y Revdo. Martín N. Añorga, Iglesia Presbiteriana.

Miami, Septiembre 6 de 2008



Las reglas del juego

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Con la prudencia y el debido respeto de quien escribe sobre una experiencia ajena, creo necesario comentar esta semana algunas situaciones que continúan afectando la convivencia entre cubanos en la ciudad de Miami.

Hace poco más de dos décadas, la violencia física era parte de la vida política en la comunidad cubana asentada en la Florida y otros estados. La pluralidad ideológica del exilio cubano en Estados Unidos no encontraba espacios para su libre expresión.

Pero con el tiempo la política de Washington experimentó cambios y algunos no se percataron de ello. Se sorprendieron cuando, a pesar de compartir con la Casa Blanca enemigos permanentes y pasadas batallas comunes, fueron procesados por la justicia por acudir a tácticas terroristas dentro del territorio de los Estados Unidos. Washington decidió que haría valer el estado de derecho y las libertades civiles y políticas en todo el país. Ni tan siquiera Miami sería ya considerada una excepción.

Desde entonces la convivencia entre viejos enemigos se rige por la Constitución y las normas del estado de derecho de los Estados Unidos. Nadie teme ser acribillado en la puerta de la casa ante los ojos de su familia, ni espera que le explote una bomba bajo el carro o en el hogar que comparte con su octogenaria madre. Las librerías venden obras de autores cubanos favorables al gobierno de la isla y la TV exhibe películas del ICAIC. Un grupo de manifestantes puede venir desde San Francisco a exigir a gritos, ante el restaurante más conservador de la ciudad, que se detenga y procese a Luis Posada Carriles por terrorista sin temer que el incidente termine en la morgue de Miami Dade County. Nuevos programas de radio desafían la lógica política de los sectores que siempre monopolizaron esos espacios. El General del Pino puede compartir el mismo menú en un restaurante donde, desde mesas separadas y cruzando miradas de odio, cenan miembros de la Brigada 2506 que, en abril de1961, él bombardeó desde su Sea Fury en Playa Girón.

No hay que engañarse: en Miami no se ha producido una reconciliación. Hay más bien una tensa coexistencia. Pero se ha regularizado la convivencia y experimentado un avance considerable en el respeto de los derechos políticos y civiles de todos. La libertad de asociación y expresión que se ejercen en esa ciudad, más allá de sus persistentes insuficiencias, resultan envidiables en comparación con las actuales circunstancias cubanas donde todavía imperan la Ley Mordaza y las brigadas de respuesta rápida.

Pero falta por hacer.

Si bien ha sido detenida la violencia física no se ha logrado lo mismo con la verbal. Algunos programas de radio y TV que tocan temas referidos a Cuba destilan ocasionalmente una violencia emocional que los acercan a un show de Jerry Springer. Y en otros se presentan a veces personas que no parecen liberados aún de la cultura de CDR que importaron de su antigua barriada. Su premisa es sospechar de los que se expresan de manera diferente y hacer circular acusaciones, sin molestarse por mostrar o buscar evidencias que las respalden. Por su parte, los anfitriones de ciertos programas, quizás bajo la presión de incrementar ratings, a menudo incitan a algunos de sus invitados a hacer “revelaciones sensacionales” induciéndolos, aunque sea de manera inconsciente, a confundir el derecho a expresarse y opinar en libertad protegido por la Constitución, con el ejercicio de la difamación penado por la ley. Cualquier detective de una brigada de homicidios sabe que una cosa es especular sobre diferentes hipótesis con sus colegas y otra muy diferente es darlas a conocer en una estación de televisión.

Los espías y agentes de influencia sin duda, existen y es comprensible que un exiliado desee contribuir a proteger de ellos a la nación que, en su momento, le ofreció protección. Pero no puede ejercerse ese imperativo moral lanzando acusaciones contra otras personas sin asumir plena responsabilidad por lo que se dice. Ni tampoco se ayuda de ese modo al país que se quiere proteger. El lugar para esas “quejas y sugerencias” son las agencias de seguridad nacional y el sistema judicial, no el de comunicaciones. Las sospechas pueden ser comunicadas a los primeros y las evidencias –si se tienen- llevadas ante una corte. No se trata de un problema ético, sino legal. Actuar de otro modo es una invitación a ser llevado ante los tribunales por difamación.

De hecho hay regulaciones federales que incluso estipulan los límites de lo permisible en la TV pública y la radio. La responsabilidad por trasmitir programas que alienten la realización de actos violentos está también penalizada internacionalmente. Un comentarista radial de Rwanda fue juzgado junto a criminales de guerra por haber atizado el odio de manera sistemática e irresponsable. Sus exhortaciones, al final, derivaron en genocidio. La lección es muy clara: lo que se inicia por el llamado character assassination puede alentar la violencia contra personas y hasta grupos enteros. Por eso no es permisible.

Se puede y debe avanzar hacia mejores normas de convivencia aunque no impliquen la reconciliación. Después de haberse erradicado la violencia física ha llegado la hora de hacer otro tanto con la verbal. Con la Mesa Redonda de La Habana es ya suficiente. No hay que emular la mediocridad e irresponsabilidad de algunos de los que en ella participan. Y el modo de lograrlo es el mismo que se empleó en el otro caso: hacer valer el estado de derecho y las leyes. Sea para acusar a alguien de actuar como agente enemigo o para acusar por difamación publica a quienes difundan sospechas sin acompañarlas de la necesaria evidencia.

Esas son las reglas del juego en una democracia. Cuando los cubanos de la isla miran hacia los de Miami es necesario que vean una comunidad que se gobierna por leyes y espíritu cívico, no por arbitrariedades similares a las que ya sufren. Esa es la responsabilidad que conlleva ser el mayor enclave cubano en el exterior.



Diáspora: ¿conflicto intergeneracional?

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La proximidad de las fiestas navideñas me devuelve al tema de la familia cubana. El interesante artículo de Yaxis Cires Dib, Juventud y emigración, (Cubaencuentro; 22/ 12/ 2008) conecta con ese tópico e invita a profundizar en las diferencias generacionales de la diáspora cubana. Sin embargo, me gustaría sugerir que, en este caso, usáramos un concepto diferente al de daño antropológico para propiciar el inicio de un diálogo intergeneracional. Demasiadas investigaciones académicas y encuestas se han encargado hasta ahora de resaltar las diferencias.

Las generaciones no son buenas o malas; sanas o dañadas; normales o anormales. Son, simplemente, diferentes. Si se dice que la nueva generación viene “dañada” habría que preguntarse de cuáles daños estaba afectada la que precedió y abrió espacio a la actual situación cubana. Si unos salen “dañados” del manicomio sin rejas que hoy es la isla, ¿qué podría decirse de quienes contribuyeron a edificarlo desde la época republicana? ¿No eran daños antropológicos el mesianismo, la fe puesta en la aparición de grandes “salvadores” en lugar del fortalecimiento de las instituciones democráticas, el culto a la violencia, la intolerancia política y otras lindezas que padecieron las generaciones anteriores? Debiéramos ser prudentes al emitir opiniones sobre cualquier generación, sea anterior o posterior a aquella a la que pertenecemos.

Sobre las actitudes “políticas” de la diáspora cubana reitero los siguientes criterios:

1- Los únicos que, eventualmente, pueden ser llamados "emigrados" son los que tienen el PRE (“permiso de residencia en el exterior”) quienes constituyen una minoría dentro de la diáspora cubana. Son ellos los que pueden salir y entrar al país, así como residir fuera, sin que sus propiedades sean confiscadas. Sus actitudes y conducta tienden a diferir de las del resto de los cubanos en el exterior, sea por convicción o conveniencia.

2- Los que pueden ser considerados "exiliados" son aquellos que huyeron o se marcharon de Cuba por considerar -de manera consciente- que sus ideas, conductas y aspiraciones sociales son incompatibles con el modelo de sociedad que impone el régimen que allí prevalece. No obstante, este sector defiende - por principio- su derecho como ciudadanos cubanos a visitar o radicarse nuevamente en la isla, aunque no tengan incluso interés en ejercerlo. Una parte de ese exilio es políticamente activo (de forma personal u organizada) y otra no. Unos expresan de manera pública sus ideas y otros prefieren reservárselas. El exilio organizado y activo constituye hoy una fracción también minoritaria de la diáspora cubana.

3- La inmensa mayoría de la diáspora la compone una masa de desterrados, no por opción propia, sino por decreto gubernamental ("salida definitiva"). Para no pocos de ellos -a diferencia de muchos de los exiliados- volver a su país a seguir viviendo bajo el mismo régimen "sin decir ni hacer nada que les busque problemas mientras estén afuera” sería una opción aceptable. Sin embargo, afirmar que son por ello "apolíticos" constituye una valoración arriesgada. Si no se suman a las organizaciones del exilio es, en parte, porque no desean “marcarse” ante el respectivo consulado y exponerse a que se les niegue el “permiso de entrada” para visitar a sus familiares en Cuba. Pero también porque no han encontrado en estas organizaciones ninguna propuesta que atienda sus demandas (que son muy limitadas y específicas), ni conectan emocional o intelectualmente con sus plataformas y discurso. La condición de desterrados y los abusos financieros a que el régimen los somete en unión de sus familias -costos de llamadas y remesas, aduanas, pasaportes, altos precios en los shoppings-, tienen, sin embargo, naturaleza política y representan su zona de fricción principal con el actual régimen Pero esos no son temas prioritarios para un exilio que prefiere hablar de la "solución final". Para algunos de sus miembros, limitarse a llamar la atención acerca de estos temas humanitarios -que países neocomunistas como China y Vietnam han ya trascendido- es ser apolítico, cobarde o incluso "traidor".

Lo dicho más arriba no pretende juzgar las actitudes de unos y otros, sino constituye apenas un intento por apuntar y comprender algunas de las diferencias generacionales dentro de la diáspora. Es comprensible que aquellas personas de anteriores generaciones -que vieron sus familiares fusilados o sufrieron largas condenas de cárcel- no entiendan la lógica de algunos de esos desterrados, quienes ni siquiera están dispuestos a defender sus demandas humanitarias inmediatas si calculan que ello les supone algún riesgo. Pero muchos miembros de esa nueva generación creen, en términos prácticos, que el sacrificio de las anteriores –cuya magnitud no siempre conocen ni entienden del todo- fue improductivo, ya que el régimen al que se enfrentaron sigue en pie. Si Pablito Milanés les pregunta hoy a los revolucionarios cubanos "¿Valió la pena?", estos nuevos desterrados le presentan la misma interrogante al exilio. Eso duele tanto en La Habana como en Miami. Y el dolor fomenta rencores y nuevas incomprensiones intergeneracionales.

Sería provechoso que los miembros de diversas generaciones de cubanos hoy radicados en el exterior dialogasen sobre sus experiencias y perspectivas. Es muy posible que descubran zonas de consenso que no son subrayadas en las encuestas de opinión. Mientras tanto, "no juzgarás" es, en este tema, un mandamiento de pertinente recordación a propósito de las Navidades.

¡Felicidades a todos!



El serrucho del saboteador

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Existen quienes serruchan la mesa antes de sentarse en ella. Son los que enmascaran el sabotaje a cualquier acuerdo posible e inmediato que conduzca a la solución de un conflicto bajo la imagen de que abrazan los más caros principios y objetivos del grupo al que pertenecen. Para ellos lo más importante es impedir, empantanar o descarrilar el proceso desde el inicio. Conscientes de la pérdida de legitimidad que ante la opinión publica -y muchos de sus propios seguidores- supondría oponerse a toda conversación, diálogo o negociación, dicen estar abiertos a esas opciones, pero buscan el modo de hacerlas imposibles o de garantizar su fracaso.

Estos aguafiestas (spoilers) están siempre presentes en cualquiera de los bandos en pugna. Son instituciones o personas que consideran que sus intereses están mejor resguardados con la prolongación del conflicto que con avanzar hacia su solución. Anteponen sus intereses individuales a aquellos del grupo que dicen representar. Para silenciar entre sus propios seguidores las voces que insistan en buscar salidas al conflicto, se apropian de los sacrificios pagados por el grupo (“¿qué le vamos a decir a nuestros mártires si ahora cedemos en esto o aquello?”). A ese pretendido “principismo”, -enarbolado de manera hipócrita en función de intereses que no responden a los de todo el grupo, sino a los de los propios saboteadores-, agregan una alta dosis de maximalismo (“para hablar de cualquier cosa o llegar a cualquier acuerdo, primero el enemigo debe deshacer, de manera íntegra e incondicional, todo lo que consideramos nos perjudica”).

Los saboteadores de todo diálogo saben que el modo de poner en marcha un proceso gradual de desmontaje de cualquier conflicto es iniciarlo abordando cuestiones específicas, factibles de solución. Las partes nunca podrán avanzar en nada si declaran que sin la previa, total e incondicional, capitulación definitiva de uno u otro bando no es posible siquiera conversar. Es por ello que esa es una de las tácticas favoritas de los saboteadores.

Cuando honradamente se desea explorar la posibilidad de poner fin a una confrontación prolongada, lo primero que se impone es hacer la lista de cosas posibles de ser resueltas en breve plazo (los llamados doables). El listado se ordena según la complejidad que el tema plantea para su abordaje e inmediata solución. Primero se discuten las cosas más sencillas y luego se avanza hacia las complicadas. Cada asunto abordado y resuelto de ese modo genera confianza adicional entre las partes y una dinámica que incita a ampliar el listado de doables avanzando de ese modo hacia la definitiva superación del conflicto. Pretender otorgar prioridad a los asuntos más espinosos o de difícil solución a corto plazo, ha sido siempre una estrategia del saboteador.

Una nueva Administración, que prioriza la diplomacia y el diálogo sobre la fuerza y la confrontación, ha arribado a la Casa Blanca. Entre los grupos del exilio y la oposición interna las posturas no violentas, favorables a soluciones negociadas, pasan a primer plano. Y el pueblo cubano se ha pronunciado alto y claro a favor de una reforma revolucionaria de la sociedad cubana que, para serlo, ha de ser radical, libertaria, inclusiva y democrática. Sería deseable que en La Habana no continuara predominando la lógica preconizada hasta ahora por el Saboteador en Jefe y su microfracción de inmovilistas. Evocando a Lennon, podría afirmarse que hay que dar un chance a la paz...y la properidad del país. Ya es hora.



La paz, el conflicto y Juanes

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El derecho a expresar una opinión es sagrado y la pasión al defenderla no es una debilidad. Sin embargo, para que las pasiones sean útiles hay que impedir que interfieran la razón. Afortunadamente la inmensa mayoría del exilio cubano ya lo entiende de ese modo y Juanes lo sabe. El distinguido compositor y cantante ha comprendido el dolor que anida detrás de las interrogantes levantadas en torno a su concierto. Eso habla de su sensibilidad e inteligencia.

Mientras tanto -no exentos de temor ante la eventualidad de que en algún momento del evento pierdan el control sobre los famosos visitantes o el público - las autoridades de la isla intentan posicionarse de otro modo frente a la iniciativa del artista. Han decidido que si el concierto se suspendiera el hecho será presentado como expresión de un exilio “cuya intransigencia lo opone a otorgar unas horas de esparcimiento a sus paisanos”. Si se realiza, lo anotarán como “una victoria de la flexibilidad de la revolución pese a la intolerancia de la Mafia de Miami”.

Pero el problema no ha sido ni es Miami. Más allá de aisladas acciones marginales realizadas por grupos no representativos, la comunidad cubano americana no ha cuestionado el derecho que asiste al artista de ir y cantar en Cuba. El problema que preocupa a todos es que el concierto se realiza en un inevitable contexto político. Negarlo es pueril. Por muchas medidas que Juanes adopte para evitarlo, todo lo que se hace en un estado totalitario esta signado por la política. Haga lo que haga, Juanes no podrá sustraerse a esa realidad. Podría serle de utilidad al respecto meditar sobre lo que en una ocasión expresara Gorki, el cantante de “Porno para Ricardo”, cuando dijo “a mí no me gusta la política, pero parece que yo le gusto a ella”. La política – con sus múltiples y sutiles trampas- perseguirá a Juanes desde que aterrice en Cuba y hasta el momento de su partida. Debe asumirlo.

Sin embargo, eso no disminuye el valor humano de la iniciativa del colombiano. Llevar gratuitamente su arte a un pueblo agobiado por una asfixiante cotidianidad es un gesto loable que merita ser reconocido y agradecido por todos.

Juanes, desplegando audacia y generosidad, desea cantarle a “la paz” desde la isla. Pero algunos han criticado esa idea afirmando que -no habiendo hoy una guerra en Cuba- sería preferible que elevara un canto a “la libertad”. En mi opinión, no son temas excluyentes. La ausencia de acciones bélicas no equivale a que la paz se haya hecho presente. Tampoco el que no existan acciones armadas supone la inexistencia de violencia. La represión de las libertades públicas en Cuba es, de hecho, una expresión de violencia. Cantar a la paz presupone en este caso cantar a la libertad y viceversa.

Si Juanes padece de alguna confusión – no lo sé, no me consta- es probable que sea otra, muy difundida entre diversos sectores: la incomprensión sobre la naturaleza endógena del conflicto cubano. Muchos creen que se trata de un enfrentamiento bilateral entre Cuba y Estados Unidos.

Sin embargo, la realidad es que el núcleo duro del conflicto se expresa entre la población de la isla y un régimen totalitario que, al negarle derechos y libertades básicas, resulta incapaz de satisfacer sus necesidades materiales y espirituales. Si bien es cierto que hoy no existe una “guerra” en el territorio nacional –aunque la hubo y cruenta por varios años- el conflicto y sus causas persisten. La paz no ha triunfado, la violencia no ha desaparecido y el conflicto continúa.

La solución del conflicto cubano no radica en trascender una disputa bilateral, religiosa o territorial, sino en recuperar derechos y libertades ciudadanas negadas por el régimen allí imperante. Es en Cuba donde radica el problema y están sus actores principales: el Estado totalitario y el pueblo cubano, del que su diáspora es parte inseparable.

No creo que Juanes padezca de ideas malsanas sino, en todo caso, de lagunas informativas y algunos presupuestos errados. En realidad –reitero- no lo sé, no me consta. Pero prejuzgarlo culpable de complicidad con los represores y empujarlo -entre suspicacias, amenazas e insultos- hacia las filas de quienes en La Habana desearían sumarlo a sus torcidas estrategias, es una postura impresentable.

Por mi parte confío que la integridad del joven artista se imponga a las manipulaciones de la gerontocracia cubana y que su canto dé respiro y aliento a todos aquellos a quienes la vida cotidiana en la isla ofrece pocos.

¡Suerte Juanes! !Te deseo un Woodstock cubano!



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Autor: Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
Contacto: [email protected]

 

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