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¿Ganar tiempo o perderlo?

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La tira de Mafalda que encabezaba mi último post parece reflejar el sabor que deja el discurso que pronunciara ayer el General Raúl Castro (RC) en la Asamblea Nacional del Poder Popular. No es que albergase expectativas muy positivas sobre el particular, pero creo que es un mal augurio para el 2008.

Comenzaré por agregar algunos comentarios a los ya enviados por Romay Beccaria.

RC: (,,,) “el objetivo no fue enterarnos de los problemas. Realmente la mayoría de estos se conocían”

Si sabían de antemano los problemas, ¿por qué llevan entonces 18 meses sin actuar de manera concreta sobre ellos?

RC: “Muchos de los planteamientos se refieren a problemas locales o están asociados a deficiencias y errores de personas específicas, por lo que habrá que enfrentarlos y resolverlos de manera directa allí donde ocurren”.

En la jerga del Partido esa afirmación se traduce del siguiente modo: “discutan y resuelvan ustedes mismos los problemas de su radio de acción”. En el pasado medio siglo ese eufemismo no ha resuelto nada porque las causas de los llamados problemas locales son nacionales y sistémicas.

RC: “Además, se necesita tiempo para estudiar, organizar y planificar cómo alcanzar los objetivos propuestos, a partir de las prioridades establecidas”

¿Cuánto tiempo más necesitan? ¿Cuáles son las prioridades y quién ha decidido que lo sean en estos 18 meses? ¿Pagar al sector campesino lo que le debían? ¿Permitir las ventas de videos?¿Permitir la unión legal de gays y lesbianas en el patio del CENESEX que dirige su hija Mariela? ¿Promover una legislación en la Asamblea Nacional autorizando operaciones para cambiar de sexo? ¡¿Autorizar la venta de aviones a privados?!

La medida respecto a los campesinos iba dirigida a poner fin al incumplimiento de un deber contractual, no a dar inicio a un cambio estructural en la producción agrícola. Buen paso, pero largamente insuficiente para poner comestibles en la mesa del cubano de a pie. La venta de videos aporta entretenimiento alternativo para que la gente no piense en balsas, ni tampoco en poner antenas de satélite clandestinas con las que, además de las películas, pueden también ver noticias inconvenientes. La tres últimas medidas, personalmente, no las objeto. Pueden ser incluso loables. Pero me pregunto cuántas asambleas plantearon esos tres temas como prioritarios, si es que alguna se refirió a ellos. ¿Quién decidió que esos asuntos tomasen precedencia sobre el agobiante inventario de carencias que sufre el país?

Nada nuevo y concreto dijo Raúl en lo que respecta a solucionar el problema de la comida, vivienda, ropa, medicinas, transporte, la situación lamentable del sistema de educación y de salud, la atención a los miles de desplazados por desastres naturales en que han perdido todos sus bienes, las tasas crecientes de pobreza nacional que son particularmente graves en la zona oriental, el derecho al libre movimiento dentro y fuera del territorio nacional, la libertad para emprender negocios y trabajar sin depender del estado, el derecho de disponer de las viviendas y vehículos como genuina propiedad para poder venderlos o alquilarlos, el costo abusivo de las remesas y un sinfín de otras necesidades y desgracias.

Resulta ahora que ya conocían los problemas y como acostumbran decir los burócratas del patio: “estamos preocupados por todo eso y ya trabajamos en esa dirección”. Mención a liberar presos ninguna, salvo, claro está, la obligada referencia a “los cinco héroes”. Tampoco dijo nada acerca de la anunciada decision de suscribir dos instrumentos internacionales de derechos humanos que provocó el reciente pataleo del convaleciente hermano. Asignatura pendiente, al parecer.

Luego el General Raúl Castro comenta los “éxitos” en estos meses: a) poner a punto la maquinaria militar y represiva con la prolongada movilización que responde al nombre de “Caiguarán”, b) librarse de la relatora especial de Naciones Unidas sobre Derechos Humanos, c) celebrar en la isla dos cumbres diplomáticas -de países no alineados y de Petrocaribe- al tiempo que siguen impulsando el ALBA, d) elegir los delegados del Poder Popular, e) mantener la llamada “revolución energética”.

Pero hay dos cosas que no menciona: a) el que con la discusión nacional el gobierno apenas logró recibir el último cheque de la población, pero esta vez no venía en blanco sino condicionado, y b) el fracaso de Hugo Chávez y Fidel Castro en el reciente referéndum en Venezuela. Ambas cosas son relevantes y marcan el inicio de otro tiempo para la elite de poder cubana.

Resulta ser que con el proceso asambleario en la isla y el referéndum en Venezuela, los dos pueblos han enviado un mensaje alto y claro: ambos rechazan el sistema que impera en la isla. Los cubanos quieren liberarse de él y los venezolanos se niegan a que lo importen a su país.

Quizás, quizás, quizás

El General Raúl Castro sigue soltando frases sugestivas con la aparente intención de preñar de expectativas el ambiente…pero no concreta lo que tiene en mente. Si de preñar se trata, este embarazo ha tomado ya dos veces el tiempo normal. Dieciocho meses en aquellos países donde las elecciones son cada cuatro años equivalen casi a la mitad de un mandato presidencial. Demasiado tiempo para poder seguir usando una retórica vaga que no se compadece de quien debe ya responder por su ejecutoria al frente del país. Quizás persuada con ella a algún corresponsal extranjero, pero no al ciudadano de a pie que sufre la cotidianidad de la isla.

Coincido con otros lectores: “ellos” quieren ganar tiempo.

Hasta ver si consolidan a Chávez, un nuevo presidente en Estados Unidos les levanta unilateralmente el embargo, la Unión Europea les abre de manera incondicional sus puertas u ocurre algún milagro y descubren la vacuna contra el SIDA. También hasta que mueran todos “ellos” y el que quede atrás se las arregle como pueda.

Pero quien pretende ganar tiempo es porque lo necesita. Antes no era así. Cuando existía la URSS, “ellos” tenían la vida por delante y el pueblo no estaba agotado de medio siglo de experimentos fallidos. Cuando no había millones de jóvenes que tienen muy poco que ver con “ellos”, no creían necesario ganar tiempo. Tenían todo el tiempo del mundo. Si ahora creen necesitarlo es porque –a pesar de que les resta poco de vida- se sienten en una situación vulnerable, y piensan que, al pasar los meses, tienen la posibilidad de mejorarla.

Eso plantea varias preguntas:

¿Es la nomenklatura cubana un monolito con iguales intereses y perspectivas?

¿Quiénes son “ellos” y que les hace sentir hoy inseguros?

¿Qué les hace creer que al cabo de algún tiempo su situación puede consolidarse?

¿Qué es necesario hacer para que –al menos algunos de “ellos” y su entorno- entiendan que el tiempo que intenten ganar por esa vía lo van en realidad a perder, lo cual puede traerles graves consecuencias a sus propios intereses?

¿Cómo se construye un consenso nacional por el cambio con tal nivel de legitimidad, dentro y fuera de Cuba, que “ellos” no puedan ignorarlo?

¿Qué iniciativas se hacen necesarias para que sean los cubanos los que guíen el proceso de cambio y no un mediador extranjero por buenas que puedan ser sus intenciones?

¿Cómo elevar el costo del inmovilismo y reducir el precio a pagar por el cambio, de manera que comiencen a considerarlo como opción?

¿Cuáles son las condiciones requeridas y los contenidos posibles de un cambio pactado?

¿Son adecuadas las actuales herramientas políticas para presionar a la elite de poder hacia un proceso de cambio pactado? ¿Hacen falta otras?

Si “ellos” se resisten a todo cambio pactado, ¿cuáles son las opciones y herramientas alternativas a recurrir?

Ellos creen estar asegurando el futuro de sus familias. ¿Lo estarán poniendo en peligro?

Creen estar ganando tiempo. ¿Lo estarán perdiendo?

Esta es la discusión.

Por lo demás, nadie tiene que preocuparse de que me tomen el pelo. Ya eso sucedió y hoy, además, estoy calvo.

Video con interrogantes al General Raúl Castro



El arte de lo posible

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Hace unos veinticinco siglos, el General Sun Tzu escribía en su libro El Arte de la Guerra: “Las armas son instrumentos de mala suerte; emplearlas por mucho tiempo producirá calamidades. Como se ha dicho: los que a hierro matan, a hierro mueren”.

Más que una filosofía de confrontación, -como algunos lo entendieron y aplicaron- ese texto puede también ser considerado el primer tratado de manejo de conflictos del que se tenga noticia. Si la política es, como dicen algunos, el “arte de los posible” entonces intentar persuadir a un enemigo de que persistir en la confrontación no es su mejor opción, ha de constituir siempre un reto imprescindible. Aun cuando ello, a primera vista, pueda parecer imposible.

Hoy quiero compartir mis buenos propósitos para el 2008. Para que puedan ser comprendidos –sobre todo por lo difícil que se presenta el nuevo año según Mafalda- me he impuesto responder primero un cuestionario confeccionado a partir de las interrogantes hechas en sus comentarios y en algunos mensajes a mi buzón electrónico. Así espero clarificar algunas confusiones en torno al tema de manejo noviolento de conflictos. Las características de este medio no dan espacio a otro tipo de argumentación que no sea el de una síntesis muy apretada. Pero voy a intentarlo de todos modos, así que “allá va eso”.

¿Es la teoría de manejo de conflictos una simple hipótesis?

No. Desde hace más de tres décadas se han venido integrando en un mismo campo de estudio y aplicación un conjunto de conocimientos provenientes de diversas especialidades (psicología, sociología, historia, ciencias políticas, relaciones internacionales, economía, y otras) que algunos llaman “manejo de conflictos” y otros “conflictología”. De sus variadas tecnicas se sirven, con las necesarias adapataciones, desde el consejero en disputas familiares hasta el mediador de conflagraciones internacionales pasando por quienes actúan para facilitar diálogos y mediaciones en conflictos laborales, comunitarios y legales. Los organismos multilaterales (ONU, OEA, Unión Africana, OSCE, y otros) tienen estructuras institucionales permanentes dedicadas a la prevención y mediación de conflictos. Los sindicatos, empresas y otras entidades reclutan, cada vez con mayor frecuencia, expertos en mediación y por ello cada vez hay más universidades que ofrecen cursos y hasta carreras completas en estas especialidades. El Alto Comisionado sobre Minorías de la OSCE, por poner un ejemplo, ha impedido desde su creación el surgimiento de nuevos conflictos étnicos en Europa cuando ello parecía inevitable.

En las sociedades de mercado es poco probable que las personas inviertan dinero en puras hipótesis, -cuya virtud es improbable o cuya falsedad haya sido comprobada-, a la hora de intentar resolver un conflicto matrimonial, de negocios o entre estados.

¿Es esto asunto de dialogueros?

Conversar o dialogar –que, por cierto, no son sinónimos- con un enemigo, no supone aprobar sus ideas ni actos. Tampoco es muestra de simpatía personal. Los que opinan que “no hay nada que conversar con el enemigo” podrían imaginar lo que supondría aplicar esa regla de manera consecuente. Cuando el negociador de la policía discute la liberación de rehenes con un loco, delincuente o terrorista, la alternativa es asaltar el lugar y que en el tiroteo mueran justos y pecadores. ¿Alguien ha llamado alguna vez dialoguero al negociador del SWAT por intentar una solución antes de emplear la fuerza? Por lo demás, con las inevitables excepciones, el diálogo tiene más simpatizantes entre quienes han olido de cerca la pólvora que entre los que han oído hablar de ella.

¿Está garantizado el éxito si se asume esta concepción?

Al igual que sucede con la guerra, en materia de diálogos y negociaciones no hay garantías posibles. Nadie le devuelve su dinero si no está satisfecho con el resultado. Sobre todo porque esta estrategia va encaminada a lograr "compromisos" y ninguno, que realmente lo sea, puede hacernos 100% felices. Como dice Amos Oz: un compromiso feliz es un oxímoron. Lo que sucede es que como el costo –financiero y humano- de esta estrategia es muy inferior al de la guerra, siempre se pierde menos que con aquella si se intenta, aun en los casos en que fracasa.

¿Existen fórmulas universales para aislar a aquellos que pretendan entorpecer los diálogos?

No. Cada experiencia es un caso distinto. A veces los llamados “saboteadores” pueden ser neutralizados, de alguna manera, por el grupo al que pertenecen y en otras ocasiones logran imponer su criterio. Cuando lo último sucede, todos pagan las consecuencias. Por eso hay que ayudar a desenmascararlos cuando se detectan.

¿Es posible el diálogo mientras una de las partes crea que no necesita negociar una salida?

Nadie conversa, dialoga o negocia con aquel que cree carente de todo poder, o si no lo estima necesario. La resistencia y presión van a aparejadas al diálogo. La clave de la persuasión es hacer ver al otro que el costo e incertidumbre asociados a una salida dialogada es -o puede ser- menor que apostar por prorrogar el conflicto.

Eso es lo que intentó comunicar a la minoría blanca el African National Congress de Mandela en África del Sur después de su descalabro militar en Angola. Ese mismo mensaje trasmitía la disidencia a los regímenes del Este de Europa cuando Gorbachev les hizo saber a esos gobiernos que no vendría a salvarlos. A similar conclusión llegaron las guerrillas y gobiernos de El Salvador y Guatemala: no era posible ganar la guerra, por lo que era preferible dialogar la paz antes que desangrarse de manera recíproca e inútil. Lo mismo ocurrió al régimen franquista cuando sus simpatizantes se percataron de que sostenerse a la fuerza era posible, pero conllevaba un mayor precio e incertidumbre respecto al futuro que el de negociar una salida democrática. En otro campo, el criminal que decide negociar con el SWAT y liberar los rehenes lo hace porque el negociador ha sabido conducir el diálogo, pero también –y no en escasa medida- porque sabe que la alternativa a ceder es enfrentar una fuerza letal y eficaz.

La presión y el diálogo no se excluyen recíprocamente en la estrategia noviolenta, sino que pueden ser empleados de manera complementaria. Insistir exclusivamente en una o la otra por separado es un error si llega a resultar claro que, dadas las circunstancias, ninguno de ellos puede cambiar la situación por si solo.

Pero no toda forma de presión debilita al adversario. Hay herramientas que tienden a dar argumentos a aquel que se pretende deslegitimar y fortalecen la unidad entre sus seguidores lejos de quebrantarla. El terrorismo es una de ellas. Las circunstancias que rodean cada caso también son decisivas a la hora de seleccionar las herramientas de presión cuyo empleo resulte aconsejable.

¿Son la violencia y la guerra las únicas vías de resistencia y presión o, siquiera, las más eficaces?

No. La doctrina de la “no violencia” – que es la más divulgada- se acerca a visiones religiosas, pacifistas y pasivas de resistencia. Es loable, pero no la única que existe. Por su parte, la llamada estrategia de la “ noviolencia” tiene un amplio repertorio de tácticas de resistencia activa que van de la discreta no cooperación con el poder hasta manifestaciones callejeras, huelgas, bloqueo de caminos y muchas otras. El clásico manual de Gene Sharp - La Lucha Política Noviolenta: Criterios y Métodos- recopila medio centenar. Quienes supongan que sólo pueden considerarse valientes los que empuñan fusiles, se equivocan. Igual o más coraje es necesario para asumir los riesgos y el heroísmo de las estrategias noviolentas y ofertar el diálogo, de manera paralela, a quien se combate.

¿Es posible dialogar con quienes tienen las manos manchadas de sangre?

Hay conflictos y guerras que no habrían tenido nunca una solución negociada si no hubiesen hablado las partes, pese a que ambas cometieron todo tipo de desmanes. Es comprensible y legítimo establecer el principio de que no se habla con “quienes tengan las manos manchadas de sangre”. Pero cuando llega el momento de aplicarlo puede tornarse en un concepto complejo.

¿Quién tiene las manos manchadas de sangre? ¿Solamente aquel que perteneció alguna vez a un pelotón de fusilamiento o también él que, del otro lado, puso una bomba que mató civiles? ¿Es posible dialogar con una delegación que incluya al fiscal, el juez o las instancias de apelación que ratificaron esa condena a muerte por fusilamiento o, del otro lado, a aquel que entrenó y entregó la bomba al terrorista, diseñando, además, su misión? ¿Y cómo considerar a los miembros del CDR que lo denunció, al patrullero que lo arrestó, y al carcelero que lo detuvo hasta que lo pusieron delante del fatídico pelotón? ¿Se excluiría también, del otro lado, a quienes pertenecían, financiaban, alentaban o guardaban silencio, respecto a las actividades terroristas contra civiles de parte de algún grupo opositor del exilio, aun si no ejecutaron de manera directa esas acciones? ¿Qué ha de hacerse cuando una guerra civil nos dividió y alimentó odios y complicidades que aún hoy nos incomunican?

Lo mejor en estos casos es limitarse a decir que ambas partes se reservan el derecho de conversar, dialogar o negociar, a través de personas que resulten mutuamente aceptables a ese fin. De ese modo es factible rechazar verdugos, asesinos y cómplices de diferente tipo hasta llegar a aprobar, de mutuo acuerdo, una lista que resulte satisfactoria de posibles representantes sin permitir que el tema sea llevado a tal extremo que paralice todo posible contacto, sobre todo en la fase inicial.

¿Debemos evitar siempre el conflicto?

No. Debemos evitar -siempre que sea posible- la violencia y la guerra como formas de manejar los conflictos. La conflictividad es parte esencial de la vida y es a través de conflictos entre alternativas que se produce el progreso en todos los campos. Conflicto y violencia no son sinónimos. Tampoco lo son violencia y guerra. La discriminación por cualquier motivo y la exclusión social o económica, son formas de violencia cultural y estructural. A veces se hace necesario intensificar el conflicto –sus manifestaciones de lucha- para hacerlo visible, al mismo tiempo que se hace un esfuerzo por contener y "desescalar" la violencia física. En esa situación, las tácticas noviolentas resultan más apropiadas y eficaces. En Chile haber escalado la violencia armada contra Pinochet a inicios de los años ochenta –como querían algunos con el apoyo de Cuba- habría servido para atrincherar la dictadura. La lucha cívica y las tácticas de resistencia noviolenta por el referéndum, sin embargo, pudieron aglutinar el apoyo de vastos sectores –incluso del propio pinochetismo- cansados del régimen autoritario y facilitaron el apoyo externo a su realización.

¿Hay alguna forma de mantener un conflicto dentro de un marco constructivo?

Si. Cuando todavía no se vislumbra el compromiso con un diálogo o negociación de mayor alcance. En esas circunstancias las partes pueden, al menos, conversar y ponerse de acuerdo sobre temas puntuales de naturaleza humanitaria. Pueden decidir cooperar en contener la violencia y evitar medidas que provoquen sufrimientos innecesarios. Acuerdos de ese tipo pueden incluir amnistías parciales o totales, renuncia al empleo de la violencia por ambas partes, facilitar los contactos y la reunificación de familias separadas por el conflicto y otras de corte similar.

¿Es aplicable el enfoque del manejo de conflictos al caso cubano?

Los que han visto sus países desangrarse o temen que estén a punto de ello, tienen poco que perder explorando otras posibilidades de solución. Sobre todo cuando el fatalismo de “eso no funciona en nuestro caso” trae consigo la certidumbre de prolongar o agravar el sufrimiento asociado al conflicto. Se puede decir que el concepto es aplicable a la situación en Cuba, lo que no significa que tenga el éxito asegurado. Lo mismo puede decirse del enfoque confrontativo; en este último caso después de casi medio siglo de ejercerse con controversiales resultados.

La única vez que se realizó una conversación para alcanzar acuerdos puntuales de naturaleza humanitaria se logró la liberacion de unos 3,600 presos políticos y la flexibilización de viajes en ambas direcciones para facilitar los contactos familiares. Esas conversaciones lograron acuerdos que no eran posibles por vía de la violencia o propaganda en aquel entonces. El gobierno cubano accedió a ellas por sus propias razones políticas, pero su realización permitió encontrar soluciones que aliviasen dolores innecesarios y facilitó la primera gran reconciliación cubana: la de las familias. Ojalá en el 2008, cuando se cumplen treinta años de aquella conversación, se pueda poner en marcha alguna iniciativa que abra las puertas del porvenir.

Pero, casi a punto de cerrar el 2007, el Saboteador en Jefe maniobra para poder continuar ejerciendo su negativo papel mientras que la pertinaz falta de voluntad política para emprender los cambios necesarios y renunciar a la represión como herramienta de gobernabilidad, están invitando a una nueva espiral de violencia en la vida nacional. Si eso ocurre, el precio a pagar por todos será mayor que el de haber dialogado una salida oportuna a este conflicto. Sobre los que hoy vuelvan a bloquear esa posibilidad caerá toda la responsabilidad por las terribles consecuencias que ello traiga.

La oposición y la aplastante mayoría del exilio están abiertas a un cambio no violento. La población, por su parte, reclama un vuelco radical, urgente y no violento del sistema imperante. El gobierno cubano debe pronunciarse. La paz y la prosperidad son posibles aquí y ahora. Dependen de los cubanos, no de Venezuela ni de Estados Unidos.

Por mi parte haré todo lo que esté a mi alcance para explorar e impulsar las posibilidades de cambios graduales, pactados y no violentos en Cuba. Ese es mi más importante propósito para el 2008. No deriva de una preferencia política o ideológica. Es, en todo caso, un compromiso con la decencia. Ojalá que la vida me permita cumplirlo de manera exitosa.

El caso de Irlanda

El conflicto en Irlanda del Norte, de largas raíces históricas, estremeció en especial a ese territorio en las últimas tres décadas. Con 1.5 millones de habitantes, se reportaron más de 3,600 muertes, lo que supone que más de la mitad de la población tuvo una víctima entre sus seres queridos y amigos cercanos. Hubo “saboteadores” que provocaron incidentes cada vez que la paz parecía acercarse. Todavía hoy hay grupos del “Ejército Republicano Irlandés” (IRA) que mascullan su resentimiento contra los “traidores” que llegaron al acuerdo después de más de treinta años de sangre y dos de diálogo. Cuando en una ocasión, durante el último proceso de paz, las partes abandonaron la mesa, las mujeres en ambos lados permanecieron sentadas y continuaron las conversaciones hasta que los demás regresaron. Estaban hartas de perder a sus hijos y esposos a manos de los saboteadores de la paz.

Irlanda es pequeña, de escasos recursos naturales. Las sabias políticas económicas y sociales que se han venido introduciendo gradualmente desde 1987 vinieron a recibir su mejor impulso con el contexto de paz y estabilidad alcanzado en Irlanda del Norte. De ser uno de los países más pobres de la región, hoy muestra altas tasas de crecimiento del PIB y es una de las economías más prósperas de Europa. Sus principales industrias son farmacéuticas, tecnologías médicas, y de comunicación e información (en especial, en el área de software). Hay un pacto social entre empresarios y trabajadores y llueven las inversiones extranjeras. Esos son los dividendos de la paz.

Hoy es mejor para los irlandeses salir a la calle motivados por imaginar el diseño de una nueva tecnología de telecomunicaciones que por el de una bomba.

Por igual razón es preferible que los cubanos puedan liberar su creatividad para levantar el país en lugar de tener que emplearla para fabricar un anfibio con el fin de escapar de él. O que les permitan emplear las remesas para poner negocios familiares que provean servicios, productos y empleos a la población, en vez de usarlas en pagar un contrabandista que los saque del supuesto “paraíso del proletariado”.

La paz, y la prosperidad asociada a ella, pueden comenzar mañana si nos lo proponemos hoy.



Tiempo de compartir

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La Navidad y el Fin de Año son mis fiestas favoritas. Las placenteras tareas de estos días (reunir familiares y amigos, enviar felicitaciones, cenas colectivas) me han tenido bastante ocupado, aunque no he olvidado que tengo asuntos pendientes de respuesta. Pero mañana es Noche Buena, pasado Navidad y pronto esperaremos el nuevo año. No es tiempo de disquisiciones conceptuales.

Es la época de pensar en los que están lejos. Tiempo, también, de reflexión y buenos propósitos. De compartir.

A los escépticos de la potencialidad del contacto directo y el diálogo con el “enemigo” les recomiendo que aprovechen estos días para ver un film, inglés – franco – alemán, titulado Merry Christmas; el título en francés es Joyeux Noel. Lo han puesto ya en TV así que imagino que es posible rentarlo en DVD. La película recrea un hecho real ocurrido en 1914 durante la I Guerra Mundial cuando tropas alemanas, francesas y escocesas decidieron hacer, por cuenta propia, un alto al fuego en vísperas de Navidad. Intercambiaron cigarrillos, chocolates, fotos de familia y cantaron juntos. Conocieron los nombres y los sueños de los que, hasta el día anterior, eran un enemigo sin rostro. Luego ya no pudieron continuar matándose mutuamente y compartieron informaciones y trincheras para protegerse de los disparos de sus fuerzas artilleras, con lo cual salvaron la vida de manera recíproca. El alto mando de sus respectivos ejércitos, al conocer de aquella insólita experiencia, se alarmó ante la posibilidad de que ese espíritu se propagase y tomaron severas medidas disciplinarias contra los jefes y soldados involucrados en aquel extraordinario hecho.

Lamentablemente, hay guerras que se hacen ineludibles. Para que una conflagracion sea "justa" no es suficiente invocar sus propositos; se requiere tambien que resulte absolutamente inevitable acudir a ella para que cese la opresión y prevalezca la justicia. Pero hay conflictos que, pudiendo resolverse, se prolongan por el interés de ciertos líderes en eternizarlos. Supongo que es a esos a los que se refiere una parodia del diccionario que describe al dirigente como “aquel que siempre está dispuesto a dar tu vida por la patria”.

Lejos de preocuparme por la posibilidad de que este Blog sea visitado por personas que hoy militan en organizaciones “enemigas”, de uno u otro lado, me llenaría de regocijo comprobar que ese es el caso. A todos abrazo y doy la bienvenida. Me da igual si leen y escriben para este espacio desde una oficina en Ciudad de la Habana o desde otra en La Pequeña Habana.

Mi propósito es precisamente que este sea un sitio sin exclusiones. Donde intercambiemos ideas y sueños, para que se haga cada vez más difícil vernos como enemigos. El requisito para participar es ajeno a la procedencia y sólo tiene que ver con la actitud. Este es lugar de encuentro y diálogo, no vertedero de odios, ni de suspicacias y reyertas. Con la ayuda de todos ustedes lo venimos logrando.

Será inevitable que al discutir diferencias sobre algún tema se hagan presente, a veces, expresiones que puedan resultar poco felices. Pero ha sido un buen comienzo. Les doy, de corazón, las gracias por ello. A los que han visitado este Blog desde 56 países generando más de 2,000 vistas en menos de un mes. A los que han escrito para apoyar o refutar algún argumento o indagar sobre algún asunto. Tienen mi respeto y agradecimiento.

Reciban todos –sin excepción alguna- en mi nombre y el de mi familia, un fraternal abrazo y les deseamos una muy feliz Navidad y un excelente año 2008.

Como cortesía de Carlos Sotuyo, que me lo hizo llegar, los dejo con Santa Claus y su inigualable cuarteto de venados interpretando He soñado con una blanca Navidad.



El Saboteador en Jefe

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Algunos mensajes recibidos en relación con mi comentario del pasado martes indagan en dos direcciones.

Reinaldo escribe:

He leído el intercambio con El Censor y como él, me asaltan dudas. ¿Excluir del diálogo? ¿Y quién le pone el cascabel al gato? ¿Cómo se decide quien es excluible? (…) Lo que quiero decir es que no gusta el concepto de que un “saboteador” tiene que ser excluido.

Malinche pregunta:

Doctor, y la guerra económica que tiene el muy negociador y civilizado imperio (luego de despedazar millares de almas inocentes con bombas, claro) con nuestra isla, como tendría que terminarse según la flamante teoría del diálogo???

He decidido no esperar al próximo martes y adelantar mis comentarios.

Sintéticamente podría responder a Reinaldo del siguiente modo: cuando una de las partes en conflicto está interesada en encontrarle salida y comprueba que entre sus filas existe una persona o grupo que sabotea deliberadamente esa posibilidad deben tomarse medidas para neutralizar su influencia. ¿Quién ha de decidir sobre el aislamiento de los saboteadores? El propio grupo al que pertenece y afecta con su conducta. Aterricemos el tema donde nos invita Malinche: el conflicto bilateral con EEUU. No se le debe permitir a Fidel Castro que sabotee y haga abortar, en fase temprana, la posibilidad de desarrollar un diálogo fructífero con Estados Unidos. Ya lo hizo tres veces en el pasado con las administraciones Kissinger - Ford, Carter y Clinton. Tampoco el exilio debería permitir que el tema cubano sea sometido a una lógica política electoral -sea nacional o floridana- que es ajena al interés de su mejor solución.

A partir del criterio expuesto arriba paso a responder la otra pregunta. Creo, Malinche, que se podrían hacer tres cosas.

La primera, impedir que el Comandante en Jefe, para servir su agenda inmovilista, obstaculice o sabotee toda perspectiva de mejoramiento de la sociedad cubana y de las relaciones con otros gobiernos -además del de EEUU- que no son de su agrado.

La segunda, permitir que existan libertades de pensamiento y expresión para que los cubanos que están inconformes con el modo en que se ha manejado la relación bilateral con Washington y otros asuntos relevantes puedan presentar propuestas alternativas. La libertad de expresión en Estados Unidos hace posible cuestionar la posición de George W. Bush en torno a cualquier tema, incluyendo el de Cuba. La opinión pública y los medios de prensa estadounidenses han denunciado el uso de la tortura por la CIA, las detenciones ilegales en Guantánamo, y han planteado, más recientemente, la necesidad de dialogar con la insurgencia iraquí, Irán y Corea del Norte.Otro tanto sucede con los temas de la agenda doméstica estadounidense. Cuando en Cuba sea posible debatir públicamente el curso de todas y cada una de las políticas gubernamentales, la economía también será más eficiente. La libertad de expresión tiene una dimensión económica, como asevera el Premio Nóbel Amartya Sen.

La tercera, que el gobierno cubano ponga fin a la “guerra económica” contra las fuerzas productivas cubanas y al “bloqueo político” que pesa sobre la imaginación de los jóvenes, para que puedan emplearla en servir al país en lugar de usarla ideando modos de escapar de él. Liberar las fuerzas productivas nacionales supone la normalización de relaciones con la diáspora y su inclusión en el desarrollo nacional. Bastaría con permitir la inversión de las remesas en negocios familiares conjuntos para multiplicar empleos, productos y servicios que beneficiarían tanto a los que reciben esa ayuda de familiares en el exterior como a los que no tienen esa posibilidad. No hace falta encontrar un nuevo mecenas extranjero. Lo que se requiere es que los cubanos levanten –juntos- el país. Resolver el conflicto entre cubanos no puede ser considerado una prioridad secundaria respecto a la solucion del mal llamado "diferendo" con Washungton.

Pero el socialismo de Estado no solo asfixia la iniciativa privada del micro empresario, cooperativista y cuenta propista, sino también la de sus funcionarios Cuando en una reciente asamblea con jefes de empresas se preguntó ¿cómo podemos mejorar la productividad sin que pidan más dinero? todos reclamaron que descentralizaran la gestión administrativa.

Los obstáculos que enfrenta cualquier administrador estatal cubano por el exceso de controles y regulaciones parecen sacados de alguna obra de Kafka. Una empresa no tiene suficiente capacidad de almacén y tiene que construir nuevas instalaciones; mientras que otra tiene varias naves vacías, pero no puede venderlas o rentarlas porque “está prohibido” dar ese servicio. Otra compañía tiene que recapar las gomas en uso, pero la recapadora no está funcionando; como consecuencia se paraliza la transportación de la empresa a pesar de que tiene un depósito de gomas nuevas con el peligro de que se pudran, porque “está prohibido” usarlas. La orientación es recapar primero. Otra regulación impone la autorización de dos jefes y cuatro cuños para comprar el cartucho de una impresora… ¡en fin! Creo que no hace falta seguir con los ejemplos para tener idea de la magnitud de la locura. La economía cubana es parte de un gigantesco manicomio. Culpar la “guerra económica” del “imperio” por sus disparates es hoy un argumento que cuenta con escasos simpatizantes entre los dirigentes y la población. Por lo pronto, el General Raúl Castro no parece dispuesto a seguirla aceptando como excusa.

Hacer lo que menciono más arriba no depende de nadie en el exterior, ni de la recepción de nuevos recursos. No hay que esperar por un nuevo presidente en Washington “a ver si levanta el embargo”. Tampoco se supedita su implementación al petróleo venezolano, angoleño o brasileño, ni a la extensión de créditos chinos o rusos. Lo que se requiere es dar inicio al entierro del socialismo de Estado. Ese que ha sido rechazado por los venezolanos en su referéndum y por los cubanos en el reciente proceso asambleario. Ese rechazo sigue más la lógica elemental de Mafalda que la propaganda que se atribuye a los “agentes del imperio y sus mercenarios”.

Los miembros del Consejo de Estado y el Buró Político del Partido, encabezados por Raúl Castro, tienen que decidirse, finalmente, a defender el derecho a ejercer la autonomía de pensamiento e iniciativa. La de ellos y la del resto de los cubanos. El “Saboteador en Jefe” no debe continuar teniendo la capacidad de bloquear el porvenir. Es hora de cuestionar las etiquetas maniqueas y explorar todos los diálogos posibles. Fuera de Cuba se han extendido manos que esperan respuesta para iniciar, al menos, una conversación, - exploratoria y preliminar-, sobre la posibilidad de abordar temas humanitarios puntuales con personas que resulten mutuamente aceptables. Podría ser un buen comienzo que abriera espacio a un genuino diálogo de mayor alcance.

No es que se les acabe el tiempo; es que se vive ya otro tiempo.



Diálogos y discusiones

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Términos como discusiones y diálogos, si bien pueden resultar relativamente intercambiables en su empleo coloquial, tienen contenidos diferentes cuando nos referimos a ellos como metodologías para abordar situaciones de conflicto.

Bárbara nos dice en su último mensaje:

Muy buena la teoría...no es sorna, de veras. Pero ¿cómo?, ¿cómo?, ¿cómo se puede lograr el diálogo con aquellos que quieren aplastar a los demás? Y lo más importante ¿cómo lograr el diálogo? si usted mismo reconoce que el factor cultural es importante...y nosotros no somos suecos, ni canadienses.

Creo que el primer paso es no confundir el diálogo con la discusión, polémica o debate.

Las polémicas son ejercicios en las que cada parte tiene creencias que considera “suficientes” en el sentido de no pensar que aquellos que no las comparten puedan tener tan siquiera un argumento que valga la pena tener presente.

Los debates están orientados a “ganar” la polémica y “derrotar” los criterios que no se comparten. Para alcanzar ese objetivo se emplean diversas técnicas como son –entre muchas otras- las de descalificar al emisor del otro mensaje (así no se tiene necesidad de considerar seriamente sus argumentos), tergiversar lo que el otro ha afirmado y atribuirle afirmaciones que no ha hecho, movilizar las emociones del público en lugar de su raciocinio o desviar la discusión hacia otros temas.

En Cuba el diálogo es hoy casi inexistente, mientras que la famosa “batalla de ideas” tiene más que ver con la movilización de masas y emociones que con una polémica, porque se publicitan los argumentos propios y apenas se muestran los del oponente.

Por otro lado, las expresiones de una parte de los comentaristas en estos blogs son un excelente material para el estudio de las prácticas que aludimos anteriormente. La libertad de expresión de la que gozamos en el exterior es empleada a veces para debatir, otras para vociferar, rara vez para dialogar. Basta con analizar el lenguaje y los recursos empleados en algunos de esos textos para percatarse de que no pocos de sus autores son personas que favorecen los debates de naturaleza más destructiva. El culto a la intransigencia, la percepción maniquea de la realidad, la pretensión de suponer que se monopoliza toda la verdad, siempre ha estado presente en ideologías diferentes y hasta contrapuestas.

No se trata de que las polémicas o debates sean innecesarios o que quienes se enfrascan, a veces pasionalmente, en ese ejercicio lo hagan siempre por motivos dudosos o cuestionables. El punto es que las polémicas, si bien sirven para contrastar criterios, resultan insuficientes e inapropiadas para la resolución de conflictos. En especial porque no constituyen mecanismos de comunicación, sino torneos de oratoria para vencer a un oponente. Su resultado es a menudo incrementar los niveles de incomunicación y rencor en lugar de reducirlos. Por lo demás, es sabido que ciertos argumentos pueden ganar no por sus propios méritos, sino por la elocuencia persuasiva del orador al aplicar las técnicas antes mencionadas. Esto no debiera ser de difícil comprensión para los cubanos dada nuestra historia reciente.

El diálogo es otra cosa. Tiene objetivos, premisas y técnicas radicalmente diferentes a los empleados en los debates y polémicas. En estas últimas se escuchan cuidadosamente los argumentos del adversario con el objetivo de buscar sus lados débiles para luego atacarlos y salir “vencedor” ante la opinión pública. Si se encuentra un solo punto vulnerable en la exposición del oponente se cuestionan, a partir de él, todos sus argumentos. En los diálogos, por el contrario, se intenta identificar yentender cuáles son los supuestos, creencias, experiencias, percepciones y necesidades legítimas del otro para tomarlos en cuenta, o incluso aprender algo de ellos, no para “vencerlos” frente a terceros.

El diálogo entre partes en conflicto es posible cuando ellas han llegado a la conclusión de que la victoria absoluta sobre su adversario es incierta, improbable o imposible. Mientras las dos partes no están persuadidas de que el diálogo es su mejor alternativa no es factible ponerlo en marcha.

En el diálogo no se busca “vencer”, sino encontrar fórmulas pactadas para el manejo del conflicto que atiendan aquellos intereses de las partes que puedan ser considerados legítimos. Aquí “ganar” es encontrar salidas satisfactorias a las partes. La victoria es encontrar un modo en que todos ganen.

Sin embargo, siempre hay un tipo de participante en esos diálogos que es necesario aislar. Ellos no admiten el diálogo por lo que hay que asumirlos desde la polémica. Se les conoce por “aguafiestas” o “saboteadores”. Son individuos o grupos a quienes la permanencia del conflicto sirve mejor sus intereses. Pueden predominar en alguna de las partes, o estar presentes en todas a la vez. Estos inmovilistas ejercen una influencia negativa cuando intentan obstaculizar todo diálogo en nombre de la supuesta pureza de sus principios para así evitar que sus colegas lleguen a soluciones. Una de sus técnicas ante todo intento de diálogo consiste en polarizar a los participantes y atrincherarlos en su aprendida intransigencia. Identificar y desenmascarar –oportunamente- a los saboteadores del diálogo es imprescindible para ambas partes de un conflicto. Aquí la polémica con esos personajes se nos presenta como recurso inevitable.

Una “incidental”: Las recientes asambleas en Cuba para analizar el estado de la sociedad y recibir propuestas para “mejorarla” no llegan a clasificar ni como polémica ni como diálogo. El modo en que fueron diseñadas no supone una interlocución con las autoridades, sino un monólogo en su presencia. El que en esas circunstancias intentase una polémica podía quedar como un boxeador haciendo sparring con su sombra, y quien buscase un diálogo pudo ser confundido con una versión actualizada del Caballero de Paris.

La dirigencia cubana abrió la posibilidad de expresar opiniones y formular propuestas sobre ciertas zonas de la realidad (hay temas tabú), de manera fragmentada (no se hace público el contenido de las reuniones) y controlada, (al insistir en la imposición de axiomas inapelables y afiliaciones ideológicas excluyentes como límites infranqueables para poder participar). Eso no quiere decir que el proceso fuera irrelevante; no lo fue, pero ese es otro tema.

Tampoco alcanzan la categoría de diálogo las reuniones celebradas en La Habana en años recientes con la suavemente llamada “comunidad cubana en el exterior”. Lo que mas asemejó un diálogo fue el proceso de intercambios que culminó a fines de la década de los setenta en la liberación de unos 3,600 prisioneros políticos y la flexibilización para permitir que los cubanos en el exterior pudiesen viajar a los familiares en su patria con regularidad y viceversa. Las posteriores reuniones no se han acercado en calidad -aun teniendo presente sus limitaciones- a la que tuvo lugar hace casi treinta años.

Describir esas reuniones como encuentros de la Nación y la Emigración es ya una falacia. Las diásporas son siempre parte de la nación. Nacionalidad y ciudadanía pueden coincidir o no, pero no son conceptos equivalentes. Por otra parte, no es posible que una parte decida la sede, la lista de invitados, el contenido de la agenda, controle los micrófonos, y luego afirme que hubo un diálogo. Eso no quiere decir que sean criticables quienes se han asomado a esos espacios en un esfuerzo, loable aunque hasta ahora infructuoso, por transformarlos en un genuino intercambio de pareceres y perspectivas.

Las guerras se ganan en el campo de batalla. Los conflictos se resuelven en las mesas de diálogo. Después de invadir y ocupar exitosamente a Afganistán e Irak, Estados Unidos ha venido a reconocer, años y muertos mediante, que el conflicto no quedará resuelto sin lograr la reconciliación nacional. Se han iniciado conversaciones, diálogos y alentado pactos –algo hasta ahora “impensable”- con diferentes grupos étnicos y tribales que han venido enfrentando, de manera mortífera, a las tropas de Estados Unidos en esos países.

Las dos últimas guerras civiles que atravesó la nación cubana (1952 – 1959 y 1960 – 1965) concluyeron desde el punto de vista militar, pero no se ha dado solución definitiva a la raíz del conflicto endógeno: la necesidad de compatibilizar las instituciones democráticas con un tipo de desarrollo nacional socialmente inclusivo. ¿Por qué no probar el diálogo en las actuales circunstancias?

Cuando se aísla a quienes en ambos bandos tienen interés personal o de grupo en mantener el conflicto se hace viable su solución. Una vez neutralizados quienes intentan sabotear el diálogo se hace factible el uso de la herramienta que, para sobrevivir, tuvo el homo sapiens: la capacidad de comunicarse por medio del lenguaje. Los cubanos comenzamos a adentrarnos en un tiempo en que las palabras dejarán de ser armas arrojadizas de la "batalla de ideas" para devenir en vehículos de interlocución.

En mi comentario de la pasada semana mencioné al Dr. Lino B. Fernández, quien estuvo preso por diecisiete años. Hoy tengo la oportunidad de presentarlo en el video que aparece a continuación. Este corto forma parte de una serie de mini entrevistas con criterios de varias personas acerca de la noviolencia, el diálogo y la reconciliación.

Decenas de miles de cubanos desde 1959 lucharon –de manera política o violenta- por defender el derecho a discutir y decidir, de forma pública y transparente, el camino que convenía emprender al país en aquellos momentos. Por ello sufrieron prisión, cuando no encontraron la muerte o tuvieron que exiliarse. Muchos trabajan hoy por la transformación gradual, pactada y no violenta de la sociedad cubana. Las visicitudes de Lino y su esposa Emilita, atrapados por la lógica implacable de aquel capítulo de la historia de Cuba, ha sido recogida ahora en forma novelada bajo el título Fighting Castro: a love story (2007).



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