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La sociedad cubana ante el cambio

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
Contacto: jablanco96@gmail.com
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Juan Antonio Blanco
Comentario by: Juan Antonio Blanco
Modificado: 11/06/2008 4:16
Bueno, aquí estoy de nuevo. Vamos a tratar de desagregar las preocupaciones para atenderlas adecuadamente. Los que tienen sinceras dudas acerca del mérito del empleo de medios políticos para abordar conflictos –no me refiero a los politiqueros que viven del cuento de atizarlos- tienen un conjunto de preocupaciones razonables que deben ser respondidas. Creo que un somero inventario de las principales sería el siguiente: a) No se puede confiar en el interlocutor porque esta comprobado que es un timador que nunca ha cumplido lo discutido. Casi siempre, en estos casos, se menciona a Hitler como ejemplo. b) No se puede conversar con personas que tengan las manos embarradas en sangre. c) No se puede obtener nada por vía de conversaciones, diálogos y negociaciones porque luego no se cumple lo pactado. d) No hay nada que conversar si la otra parte no cumple primero las demandas que se le exigen. e) No hay nada que conversar, dialogar ni negociar porque las experiencias previas han fracasado demostrando la inutilidad de esa vía. Aunque algunos vividores hagan un batido de todas esas preocupaciones para sacarles algún provecho, hay personas decentes que se cuestionan honradamente esos puntos. Cada uno de esos argumentos es racional y merecería una Blog y discusión independientes para tratarlos de forma adecuada. Sin descartar esa posibilidad voy a adelantar un par de comentarios en el transcurso de esta semana. Entre los que creemos en el valor del diálogo –al igual que sucede con el tema de la reconciliación- hay quienes lo hacen desde posiciones religiosas y otros los asumen desde el ángulo laico y pragmático. En este caso voy a remitirme a los argumentos prácticos del segundo grupo. Conversar es, en el caso que nos ocupa, un ejercicio político. Supone varios objetivos posibles: 1) Conocer mejor al adversario, sus aspiraciones, su lógica, las tendencias e intereses diversos dentro de su grupo, identificar a quienes los tienen amarrados a la línea de confrontación y conocer los temores que azuzan sus caudillos para impedir que se dialogue sobre la factibilidad de un acuerdo. El que se niega a conversar pierde la posibilidad de evaluar de manera directa esos factores. 2) Dar a conocer la personalidad e intenciones propias. Los líderes interesados en prorrogar los conflictos demonizan al adversario y distorsionan sus intenciones. Ofrecer a sus seguidores la posibilidad de contaminarse con el síndrome de Estocolmo, al descubrir el lado humano y flexible del “enemigo implacable”, desarma a los caudillos de la guerra frente a sus súbditos. 3) Intercambiar opiniones sobre un asunto específico del conflicto y darle solución (liberar rehenes o crear canales de comunicación si no los hay, por ejemplo). A diferencia del diálogo, en que las partes abordan el conjunto del conflicto para ver si es posible crear zonas de consenso sobre las cuales ir avanzando, la conversación puede tener un solo punto temático o servir para explorar la factibilidad de iniciar un posterior diálogo de mayor alcance. 4) Proyectar un claro mensaje a las bases del adversario, su grupo de líderes y la opinión publica internacional que se tiene una posición constructiva, abierta a soluciones pactadas y que es la otra parte la que se inventa pretextos para no conversar porque tiene interés en prolongar los sufrimientos del conflicto por razones egoístas. Aquí el que se niega a hablar es quien pierde. Lo dejo aquí por hoy. Prometo ir asumiendo en los próximos días de esta semana el inventario de preocupaciones legítimas que describí antes y darles mi opinión como hice hoy aquí. A ustedes les corresponde juzgarlas y sacar sus propias conclusiones. Buenas noches!