El Saboteador en Jefe
Juan Antonio Blanco | 20/12/2007 1:31
Algunos mensajes recibidos en relación con mi comentario del pasado martes indagan en dos direcciones.
Reinaldo escribe:
He leído el intercambio con El Censor y como él, me asaltan dudas. ¿Excluir del diálogo? ¿Y quién le pone el cascabel al gato? ¿Cómo se decide quien es excluible? (…) Lo que quiero decir es que no gusta el concepto de que un “saboteador” tiene que ser excluido.
Malinche pregunta:
Doctor, y la guerra económica que tiene el muy negociador y civilizado imperio (luego de despedazar millares de almas inocentes con bombas, claro) con nuestra isla, como tendría que terminarse según la flamante teoría del diálogo???
He decidido no esperar al próximo martes y adelantar mis comentarios.
Sintéticamente podría responder a Reinaldo del siguiente modo: cuando una de las partes en conflicto está interesada en encontrarle salida y comprueba que entre sus filas existe una persona o grupo que sabotea deliberadamente esa posibilidad deben tomarse medidas para neutralizar su influencia. ¿Quién ha de decidir sobre el aislamiento de los saboteadores? El propio grupo al que pertenece y afecta con su conducta. Aterricemos el tema donde nos invita Malinche: el conflicto bilateral con EEUU. No se le debe permitir a Fidel Castro que sabotee y haga abortar, en fase temprana, la posibilidad de desarrollar un diálogo fructífero con Estados Unidos. Ya lo hizo tres veces en el pasado con las administraciones Kissinger - Ford, Carter y Clinton. Tampoco el exilio debería permitir que el tema cubano sea sometido a una lógica política electoral -sea nacional o floridana- que es ajena al interés de su mejor solución.
A partir del criterio expuesto arriba paso a responder la otra pregunta. Creo, Malinche, que se podrían hacer tres cosas.
La primera, impedir que el Comandante en Jefe, para servir su agenda inmovilista, obstaculice o sabotee toda perspectiva de mejoramiento de la sociedad cubana y de las relaciones con otros gobiernos -además del de EEUU- que no son de su agrado.
La segunda, permitir que existan libertades de pensamiento y expresión para que los cubanos que están inconformes con el modo en que se ha manejado la relación bilateral con Washington y otros asuntos relevantes puedan presentar propuestas alternativas. La libertad de expresión en Estados Unidos hace posible cuestionar la posición de George W. Bush en torno a cualquier tema, incluyendo el de Cuba. La opinión pública y los medios de prensa estadounidenses han denunciado el uso de la tortura por la CIA, las detenciones ilegales en Guantánamo, y han planteado, más recientemente, la necesidad de dialogar con la insurgencia iraquí, Irán y Corea del Norte.Otro tanto sucede con los temas de la agenda doméstica estadounidense. Cuando en Cuba sea posible debatir públicamente el curso de todas y cada una de las políticas gubernamentales, la economía también será más eficiente. La libertad de expresión tiene una dimensión económica, como asevera el Premio Nóbel Amartya Sen.
La tercera, que el gobierno cubano ponga fin a la “guerra económica” contra las fuerzas productivas cubanas y al “bloqueo político” que pesa sobre la imaginación de los jóvenes, para que puedan emplearla en servir al país en lugar de usarla ideando modos de escapar de él. Liberar las fuerzas productivas nacionales supone la normalización de relaciones con la diáspora y su inclusión en el desarrollo nacional. Bastaría con permitir la inversión de las remesas en negocios familiares conjuntos para multiplicar empleos, productos y servicios que beneficiarían tanto a los que reciben esa ayuda de familiares en el exterior como a los que no tienen esa posibilidad. No hace falta encontrar un nuevo mecenas extranjero. Lo que se requiere es que los cubanos levanten –juntos- el país. Resolver el conflicto entre cubanos no puede ser considerado una prioridad secundaria respecto a la solucion del mal llamado "diferendo" con Washungton.
Pero el socialismo de Estado no solo asfixia la iniciativa privada del micro empresario, cooperativista y cuenta propista, sino también la de sus funcionarios Cuando en una reciente asamblea con jefes de empresas se preguntó ¿cómo podemos mejorar la productividad sin que pidan más dinero? todos reclamaron que descentralizaran la gestión administrativa.
Los obstáculos que enfrenta cualquier administrador estatal cubano por el exceso de controles y regulaciones parecen sacados de alguna obra de Kafka. Una empresa no tiene suficiente capacidad de almacén y tiene que construir nuevas instalaciones; mientras que otra tiene varias naves vacías, pero no puede venderlas o rentarlas porque “está prohibido” dar ese servicio. Otra compañía tiene que recapar las gomas en uso, pero la recapadora no está funcionando; como consecuencia se paraliza la transportación de la empresa a pesar de que tiene un depósito de gomas nuevas con el peligro de que se pudran, porque “está prohibido” usarlas. La orientación es recapar primero. Otra regulación impone la autorización de dos jefes y cuatro cuños para comprar el cartucho de una impresora… ¡en fin! Creo que no hace falta seguir con los ejemplos para tener idea de la magnitud de la locura. La economía cubana es parte de un gigantesco manicomio. Culpar la “guerra económica” del “imperio” por sus disparates es hoy un argumento que cuenta con escasos simpatizantes entre los dirigentes y la población. Por lo pronto, el General Raúl Castro no parece dispuesto a seguirla aceptando como excusa.
Hacer lo que menciono más arriba no depende de nadie en el exterior, ni de la recepción de nuevos recursos. No hay que esperar por un nuevo presidente en Washington “a ver si levanta el embargo”. Tampoco se supedita su implementación al petróleo venezolano, angoleño o brasileño, ni a la extensión de créditos chinos o rusos. Lo que se requiere es dar inicio al entierro del socialismo de Estado. Ese que ha sido rechazado por los venezolanos en su referéndum y por los cubanos en el reciente proceso asambleario. Ese rechazo sigue más la lógica elemental de Mafalda que la propaganda que se atribuye a los “agentes del imperio y sus mercenarios”.
Los miembros del Consejo de Estado y el Buró Político del Partido, encabezados por Raúl Castro, tienen que decidirse, finalmente, a defender el derecho a ejercer la autonomía de pensamiento e iniciativa. La de ellos y la del resto de los cubanos. El “Saboteador en Jefe” no debe continuar teniendo la capacidad de bloquear el porvenir. Es hora de cuestionar las etiquetas maniqueas y explorar todos los diálogos posibles. Fuera de Cuba se han extendido manos que esperan respuesta para iniciar, al menos, una conversación, - exploratoria y preliminar-, sobre la posibilidad de abordar temas humanitarios puntuales con personas que resulten mutuamente aceptables. Podría ser un buen comienzo que abriera espacio a un genuino diálogo de mayor alcance.
No es que se les acabe el tiempo; es que se vive ya otro tiempo.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 20/12/2007 2:05
Diálogos y discusiones
Juan Antonio Blanco | 18/12/2007 3:35
Términos como discusiones y diálogos, si bien pueden resultar relativamente intercambiables en su empleo coloquial, tienen contenidos diferentes cuando nos referimos a ellos como metodologías para abordar situaciones de conflicto.
Bárbara nos dice en su último mensaje:
Muy buena la teoría...no es sorna, de veras. Pero ¿cómo?, ¿cómo?, ¿cómo se puede lograr el diálogo con aquellos que quieren aplastar a los demás? Y lo más importante ¿cómo lograr el diálogo? si usted mismo reconoce que el factor cultural es importante...y nosotros no somos suecos, ni canadienses.
Creo que el primer paso es no confundir el diálogo con la discusión, polémica o debate.
Las polémicas son ejercicios en las que cada parte tiene creencias que considera “suficientes” en el sentido de no pensar que aquellos que no las comparten puedan tener tan siquiera un argumento que valga la pena tener presente.
Los debates están orientados a “ganar” la polémica y “derrotar” los criterios que no se comparten. Para alcanzar ese objetivo se emplean diversas técnicas como son –entre muchas otras- las de descalificar al emisor del otro mensaje (así no se tiene necesidad de considerar seriamente sus argumentos), tergiversar lo que el otro ha afirmado y atribuirle afirmaciones que no ha hecho, movilizar las emociones del público en lugar de su raciocinio o desviar la discusión hacia otros temas.
En Cuba el diálogo es hoy casi inexistente, mientras que la famosa “batalla de ideas” tiene más que ver con la movilización de masas y emociones que con una polémica, porque se publicitan los argumentos propios y apenas se muestran los del oponente.
Por otro lado, las expresiones de una parte de los comentaristas en estos blogs son un excelente material para el estudio de las prácticas que aludimos anteriormente. La libertad de expresión de la que gozamos en el exterior es empleada a veces para debatir, otras para vociferar, rara vez para dialogar. Basta con analizar el lenguaje y los recursos empleados en algunos de esos textos para percatarse de que no pocos de sus autores son personas que favorecen los debates de naturaleza más destructiva. El culto a la intransigencia, la percepción maniquea de la realidad, la pretensión de suponer que se monopoliza toda la verdad, siempre ha estado presente en ideologías diferentes y hasta contrapuestas.
No se trata de que las polémicas o debates sean innecesarios o que quienes se enfrascan, a veces pasionalmente, en ese ejercicio lo hagan siempre por motivos dudosos o cuestionables. El punto es que las polémicas, si bien sirven para contrastar criterios, resultan insuficientes e inapropiadas para la resolución de conflictos. En especial porque no constituyen mecanismos de comunicación, sino torneos de oratoria para vencer a un oponente. Su resultado es a menudo incrementar los niveles de incomunicación y rencor en lugar de reducirlos. Por lo demás, es sabido que ciertos argumentos pueden ganar no por sus propios méritos, sino por la elocuencia persuasiva del orador al aplicar las técnicas antes mencionadas. Esto no debiera ser de difícil comprensión para los cubanos dada nuestra historia reciente.
El diálogo es otra cosa. Tiene objetivos, premisas y técnicas radicalmente diferentes a los empleados en los debates y polémicas. En estas últimas se escuchan cuidadosamente los argumentos del adversario con el objetivo de buscar sus lados débiles para luego atacarlos y salir “vencedor” ante la opinión pública. Si se encuentra un solo punto vulnerable en la exposición del oponente se cuestionan, a partir de él, todos sus argumentos. En los diálogos, por el contrario, se intenta identificar y entender cuáles son los supuestos, creencias, experiencias, percepciones y necesidades legítimas del otro para tomarlos en cuenta, o incluso aprender algo de ellos, no para “vencerlos” frente a terceros.
El diálogo entre partes en conflicto es posible cuando ellas han llegado a la conclusión de que la victoria absoluta sobre su adversario es incierta, improbable o imposible. Mientras las dos partes no están persuadidas de que el diálogo es su mejor alternativa no es factible ponerlo en marcha.
En el diálogo no se busca “vencer”, sino encontrar fórmulas pactadas para el manejo del conflicto que atiendan aquellos intereses de las partes que puedan ser considerados legítimos. Aquí “ganar” es encontrar salidas satisfactorias a las partes. La victoria es encontrar un modo en que todos ganen.
Sin embargo, siempre hay un tipo de participante en esos diálogos que es necesario aislar. Ellos no admiten el diálogo por lo que hay que asumirlos desde la polémica. Se les conoce por “aguafiestas” o “saboteadores”. Son individuos o grupos a quienes la permanencia del conflicto sirve mejor sus intereses. Pueden predominar en alguna de las partes, o estar presentes en todas a la vez. Estos inmovilistas ejercen una influencia negativa cuando intentan obstaculizar todo diálogo en nombre de la supuesta pureza de sus principios para así evitar que sus colegas lleguen a soluciones. Una de sus técnicas ante todo intento de diálogo consiste en polarizar a los participantes y atrincherarlos en su aprendida intransigencia. Identificar y desenmascarar –oportunamente- a los saboteadores del diálogo es imprescindible para ambas partes de un conflicto. Aquí la polémica con esos personajes se nos presenta como recurso inevitable.
Una “incidental”: Las recientes asambleas en Cuba para analizar el estado de la sociedad y recibir propuestas para “mejorarla” no llegan a clasificar ni como polémica ni como diálogo. El modo en que fueron diseñadas no supone una interlocución con las autoridades, sino un monólogo en su presencia. El que en esas circunstancias intentase una polémica podía quedar como un boxeador haciendo sparring con su sombra, y quien buscase un diálogo pudo ser confundido con una versión actualizada del Caballero de Paris.
La dirigencia cubana abrió la posibilidad de expresar opiniones y formular propuestas sobre ciertas zonas de la realidad (hay temas tabú), de manera fragmentada (no se hace público el contenido de las reuniones) y controlada, (al insistir en la imposición de axiomas inapelables y afiliaciones ideológicas excluyentes como límites infranqueables para poder participar). Eso no quiere decir que el proceso fuera irrelevante; no lo fue, pero ese es otro tema.
Tampoco alcanzan la categoría de diálogo las reuniones celebradas en La Habana en años recientes con la suavemente llamada “comunidad cubana en el exterior”. Lo que mas asemejó un diálogo fue el proceso de intercambios que culminó a fines de la década de los setenta en la liberación de unos 3,600 prisioneros políticos y la flexibilización para permitir que los cubanos en el exterior pudiesen viajar a los familiares en su patria con regularidad y viceversa. Las posteriores reuniones no se han acercado en calidad -aun teniendo presente sus limitaciones- a la que tuvo lugar hace casi treinta años.
Describir esas reuniones como encuentros de la Nación y la Emigración es ya una falacia. Las diásporas son siempre parte de la nación. Nacionalidad y ciudadanía pueden coincidir o no, pero no son conceptos equivalentes. Por otra parte, no es posible que una parte decida la sede, la lista de invitados, el contenido de la agenda, controle los micrófonos, y luego afirme que hubo un diálogo. Eso no quiere decir que sean criticables quienes se han asomado a esos espacios en un esfuerzo, loable aunque hasta ahora infructuoso, por transformarlos en un genuino intercambio de pareceres y perspectivas.
Las guerras se ganan en el campo de batalla. Los conflictos se resuelven en las mesas de diálogo. Después de invadir y ocupar exitosamente a Afganistán e Irak, Estados Unidos ha venido a reconocer, años y muertos mediante, que el conflicto no quedará resuelto sin lograr la reconciliación nacional. Se han iniciado conversaciones, diálogos y alentado pactos –algo hasta ahora “impensable”- con diferentes grupos étnicos y tribales que han venido enfrentando, de manera mortífera, a las tropas de Estados Unidos en esos países.
Las dos últimas guerras civiles que atravesó la nación cubana (1952 – 1959 y 1960 – 1965) concluyeron desde el punto de vista militar, pero no se ha dado solución definitiva a la raíz del conflicto endógeno: la necesidad de compatibilizar las instituciones democráticas con un tipo de desarrollo nacional socialmente inclusivo. ¿Por qué no probar el diálogo en las actuales circunstancias?
Cuando se aísla a quienes en ambos bandos tienen interés personal o de grupo en mantener el conflicto se hace viable su solución. Una vez neutralizados quienes intentan sabotear el diálogo se hace factible el uso de la herramienta que, para sobrevivir, tuvo el homo sapiens: la capacidad de comunicarse por medio del lenguaje. Los cubanos comenzamos a adentrarnos en un tiempo en que las palabras dejarán de ser armas arrojadizas de la "batalla de ideas" para devenir en vehículos de interlocución.
En mi comentario de la pasada semana mencioné al Dr. Lino B. Fernández, quien estuvo preso por diecisiete años. Hoy tengo la oportunidad de presentarlo en el video que aparece a continuación. Este corto forma parte de una serie de mini entrevistas con criterios de varias personas acerca de la noviolencia, el diálogo y la reconciliación.
Decenas de miles de cubanos desde 1959 lucharon –de manera política o violenta- por defender el derecho a discutir y decidir, de forma pública y transparente, el camino que convenía emprender al país en aquellos momentos. Por ello sufrieron prisión, cuando no encontraron la muerte o tuvieron que exiliarse. Muchos trabajan hoy por la transformación gradual, pactada y no violenta de la sociedad cubana. Las visicitudes de Lino y su esposa Emilita, atrapados por la lógica implacable de aquel capítulo de la historia de Cuba, ha sido recogida ahora en forma novelada bajo el título Fighting Castro: a love story (2007).
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 18/12/2007 3:55
De Kuhn a Álvarez Guedes
Juan Antonio Blanco | 11/12/2007 5:39
El doctor Lino B. Fernández, ex preso político por diecisiete años, me dijo que lo pudo leer en su celda en Isla de Pinos. Los censores no repararon en el alcance de las ideas allí expuestas y él quedó fascinado con su lectura. El librito se llamaba “La Estructura de las Revoluciones Científicas”, publicado en 1962 por Thomas S. Kuhn. La tesis que allí se presentaba, en un texto de escasa longitud y gran densidad, constituía un vuelco en el modo de entender la esencia del modo en que opera el pensamiento científico.
Kuhn explicaba que en el desarrollo de las ciencias había momentos “revolucionarios”. Las revoluciones se producían cuando una interpretación de la realidad física era desplazada por otra que explicaba un número mayor de fenómenos que su antecesora no había logrado desentrañar. Así, por ejemplo, son momentos de cambio de paradigma las teorías de la física mecánica de Newton, las de la relatividad de Einstein o el principio de incertidumbre de Heisenberg para la física quántica. Pero la magnitud renovadora de Kuhn llegaba más lejos al asentar el criterio de que diferentes interpretaciones o paradigmas pueden coexistir en el quehacer científico. En otras palabras: a veces es mejor en el campo de la Física acercarse a la solución de algunos problemas por vía del paradigma de Newton y otros resolverlos con el paradigma de la relatividad de Einstein o desde el ángulo de la física quántica. Unos explican mejor el mundo de los fenómenos macro físicos y otros los de la micro física. Todos llevan razón y explican “verdades” desde diferentes ángulos. Pero ninguna de esas verdades es absoluta y definitiva. De hecho no son más que teorías que tienen un valor temporal hasta que otra explicación las supere.
Traducido “al cubano”: Kuhn nos recuerda que nadie tiene toda la verdad, por lo que debemos llegar a la conclusión de que los demás no tienen que estar “completamente equivocados” si difieren de nuestro criterio.
Sin embargo, cuando se trata de los conflictos que sacuden países y sociedades las cosas se vuelven más complejas.
Ariel Hidalgo me narró como la sentencia por habérsele descubierto un manuscrito en su casa, no solo lo condenaba a ocho años de encierro -la mayor parte de los cuales permaneció en el llamado Triángulo de la Muerte del Combinado del Este- sino que incluía también una curiosa cláusula en que se decretaba que su obra fuese destruida por el fuego. El estado confesional cubano no podía tolerar una interpretación de los sagrados textos marxistas que no fuese la oficial. Mucho menos si se hacia uso de ella para cuestionar al socialismo de Estado y su clase dirigente.
Hoy se venden libros y exhiben documentales en la TV de Miami producidos por agencias del gobierno cubano. Nadie los quema ni atenta contra esas librerías o estaciones de TV. Pero hace unos años eran blancos de acciones terroristas los que se atreviesen a cuestionar la violencia como único camino para democratizar a Cuba. Es evidente que se ha producido un cambio positivo en la conducta social de la comunidad aunque existan todavía algunas personas que profesen ideas y sentimientos intolerantes. En la isla, sin embargo, todavía no es posible distribuir la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU sin buscarse un problema, aunque existan cada vez más personas que han sobrepasado sus anteriores intolerancias. La clave para trascenderlas estará en la calidad de las instituciones democráticas, la cultura de diálogo y el estado de derecho que sepamos construir en el futuro.
En un mundo cada vez más globalizado e interdependiente existen valores universalmente aceptados que se transforman en legislaciones nacionales, a veces adelantándose a la realidad local e incidiendo sobre ella.
Amputar el clítoris en algunos países de África o, en su momento, apalear un negro que pidió servicio en una cafetería del sur estadounidense, podían considerarse tradiciones culturales largamente asentadas y además “legalizadas”. Pero los valores consagrados en los instrumentos internacionales de derechos humanos han sido validados como universales y sus activistas presionan para hacer que sus contenidos pasen a formar parte de la jurisprudencia local. El primer desfile por los derechos civiles se hizo portando dos banderas: la de Estados Unidos y la de Naciones Unidas. El mensaje era claro: las leyes racistas del sur eran ilegítimas porque violaban la constitución federal y el derecho internacional. Es por eso que, aunque no se tenga la mejor opinión del sistema de las Naciones Unidas, el derecho internacional que emana de esa institución es relevante, aun cuando carezcan de fuerza mandataria muchas de sus decisiones y sean perfectibles sus definiciones y contenidos.
La cultura también cuenta. Los prejuicios no son abolidos por decreto. Educar en las normas elementales de convivencia y en el uso de las técnicas comunicativas del diálogo es una contribución relevante al bien común. En Canadá los niños de quinto grado reciben entrenamiento básico en la resolución no violenta de conflictos.
Decir que existe una zona de intolerancia en nuestra idiosincrasia nacional no equivale a expresar que somos “los más intolerantes del mundo”. Por lo demás, un pueblo o individuo no violento puede transformarse en genocida si se dan ciertas circunstancias. No hay pueblos genocidas, sino poblaciones que han cometido genocidios cuando se han dejado arrastrar por emociones y manipulaciones. De hecho no creo que clasificamos entre los intolerantes más notables y pienso que esa afirmación viene de nuestra tendencia a creernos los mejores o peores del mundo en cualquier cosa. En eso creo necesario tener en cuenta lo que reclama uno de los lectores que, a mi juicio con razón, exige que no contribuyamos a reproducir ese mito. Pero la que padecemos -cualquiera que sea el grado que ostente en términos comparativos- es causa de males de cierta envergadura, por lo que hay que asumirla. Saber dialogar es un paso importante en ese empeño, pero no el único.
Si no se sabe escuchar no hay diálogo posible. La comunicación puede imposibilitarse si se tiene un visión distorsionada o demonizada del interlocutor al que por ello se le supone siempre perversas intenciones.
Los dejo con ese gran profesor cubano que es Álvarez Guedes. Él tiene un excelente ejemplo práctico de cómo nuestra imaginación, actuando como mecanismo psicológico defensivo, atribuye intenciones malsanas a otros que ni siquiera conocemos.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 11/12/2007 5:54
Hacer camino al andar
Juan Antonio Blanco | 06/12/2007 2:59
Estoy muy agradecido por la acogida inicial que se ha dispensado a este sitio. En particular estoy en deuda con todos los que han enviado sus comentarios, tanto a mi correo privado como al blog, sugiriendo temas para próximos intercambios. Deduzco de esas acciones el interés por parte de un sector de lectores de colaborar con nuestro blog. Una aclaración: cuando digo “nuestro” no es por compartir la tendencia a conjugar verbos en la primera persona del plural, como acostumbra hacerse en el discurso oficial cubano. Es porque quiero enfatizar que, una vez aceptada mi invitación inicial, se trata en lo adelante de un empeño colectivo. Deseo que mi función, como dije antes, sea la de facilitar el intercambio de ideas y garantizar a los participantes el imprescindible ambiente de respeto para sostener este diálogo.
Esta contribución colectiva viene a sumarse a las ya existentes. Hay excelentes blogs dentro de este mismo portal que llevan buen tiempo haciendo un valioso aporte cotidiano a los lectores. Algunos de sus más destacados autores han dado la bienvenida a este sitio. Al pedirle su asesoría, por su probado dominio del oficio, la han ofrecido de manera generosa. Esto es ya una buena noticia.
Permítanme ahora sugerir una manera de organizar la conversación sobre los múltiples asuntos que han puesto sobre la mesa. Si he entendido bien, creo que han expresado interés en abordar los siguientes temas que les propongo examinar, en este orden, en los próximos días:
- Intolerancia e idiosincrasia nacional (Reinaldo Álvarez)
- Diálogo y discusión (Gustavo Cabrera)
- Visión sistémica de la sociedad cubana y su hábitat internacional (Amparo)
- Dependencia e interdependencia (René Medina)
- Los futuros posibles y el miedo al cambio (Bárbara)
De permanente atención debe ser el reto que nos lanza Malinche Cubensis: ¿Cómo hacemos para asegurar que nuestros intercambios “fluyan de, para y por Cuba”? Ese es el desafío que asumimos al emprender este camino asechados por las intolerancias de la idiosincrasia nacional de la que nos alerta Reinaldo. Pero, como dice el poeta: se hace camino al andar.
Para ir calentando los motores sobre el primer tema, les paso un fragmento de la Declaración de Principios sobre la Tolerancia aprobada por la UNESCO el 16 de noviembre de 1995. Muchos de los firmantes violan lo suscrito. Eso se sabe. Pero lo relevante es que nadie puede ya proclamarse en abierta oposición a estas definiciones. Si la mayor parte del derecho internacional carece de una fuerza que obligue a su implementación, su contenido tiene un valor normativo y moral de alcance universal del que no pueden escapar sus violadores. En lo que a nuestro intercambio se refiere creo útil tener a mano estas definiciones por imperfectas que resulten o hipócrita sea la actitud de muchos de los firmantes de esa Declaración.
Nos encontramos de nuevo el martes próximo en este espacio. Mientras tanto, como acostumbraba decir un inefable meteorólogo del noticiero nacional de TV: “Les deseo lo mejor”.
Artículo 1 Significado de la tolerancia 1.1 La tolerancia consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos. La fomentan el conocimiento, la actitud de apertura, la comunicación y la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. La tolerancia consiste en la armonía en la diferencia. No sólo es un deber moral, sino además una exigencia política y jurídica. La tolerancia, la virtud que hace posible la paz, contribuye a sustituir la cultura de guerra por la cultura de paz. 1.2 Tolerancia no es lo mismo que concesión, condescendencia o indulgencia. Ante todo, la tolerancia es una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás. En ningún caso puede utilizarse para justificar el quebrantamiento de estos valores fundamentales. La tolerancia han de practicarla los individuos, los grupos y los Estados. 1.3 La tolerancia es la responsabilidad que sustenta los derechos humanos, el pluralismo (comprendido el pluralismo cultural), la democracia y el Estado de derecho. Supone el rechazo del dogmatismo y del absolutismo y afirma las normas establecidas por los instrumentos internacionales relativos a los derechos humanos. 1.4 Conforme al respeto de los derechos humanos, practicar la tolerancia no significa tolerar la injusticia social ni renunciar a las convicciones personales o atemperarlas. Significa que toda persona es libre de adherirse a sus propias convicciones y acepta que los demás se adhieran a las suyas. Significa aceptar el hecho de que los seres humanos, naturalmente caracterizados por la diversidad de su aspecto, su situación, su forma de expresarse, su comportamiento y sus valores, tienen derecho a vivir en paz y a ser como son. También significa que uno no ha de imponer sus opiniones a los demás. |
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 06/12/2007 3:13
Hacia una cultura de diálogo
Juan Antonio Blanco | 04/12/2007 3:38
Se repite a menudo que los cubanos carecemos de una cultura del debate. A mi juicio, la carencia es otra: tenemos una cultura de intolerancia que se necesita sustituir por otra de diálogo.
La cultura cubana se ideologizó y transformó en espacio intolerante de confrontación. No es que ella fuera ajena a la intolerancia antes de 1959. La sociedad siempre tuvo un estrecho umbral para convivir con valores y conceptos que le resultasen ajenos. Pero después de esa fecha todo devino en asunto de la ideología y por tanto en supuesto campo de batalla entre el Bien y el Mal. Se nos educó en aquello de que las plumas son fusiles y las palabras balas. Se suponía que cada producto cultural contenía un mensaje. El disenso desde entonces ha sido la línea infranqueable entre nosotros y los otros. Quien disiente no es siquiera un hereje, sino un traidor. Aquel que escribe o expresa ideas opuestas a las que profesamos es el enemigo, a quien hay que odiar con la misma fiereza que pueda sentirse hacia quien porta un fusil en una batalla. Da igual si tienen manos manchadas de sangre o de tinta.
Virgilio Piñera tuvo razón al sentir miedo. Parafrasear la frase con la que Mussolini definió los límites de tolerancia del fascismo italiano para formular la política cultural cubana era un mal presagio. Cambiar la palabra “Estado”, usada por el Duche, por la de “Revolución”, que empleaba el Comandante en Jefe, no era suficiente para que todo cayera en su sitio. Se vivían tiempos exaltados, de amor y de cólera. Eso quizás explique -sin liberarnos por ello de la responsabilidad individual que cada cual ha tenido en esta historia-, que muchos subestimásemos la demostrada capacidad que ya entonces tenía el estado cubano para devorar la revolución y a sus hijos. No haber compartido la visión, el miedo y el coraje demostrado por Virgilio Piñera durante aquella jornada de 1961 en la Biblioteca Nacional ha tenido consecuencias de larga duración en nuestra historia reciente. Desde entonces, los esfuerzos por flexibilizar la política cultural en ciertas áreas siempre han sido bienvenidos, pero la cultura cubana –que trasciende los marcos de decisión de un ministerio- permanece condicionada por el contexto de intolerancia generalizada que impuso el socialismo de Estado.
Si por cultivar una cultura del debate se propone que el arte de la polémica sea puesto al servicio de la descalificación de herejes e ideas disidentes, flaco servicio se aportará al propósito de avanzar hacia una genuina cultura de diálogo que es la que el país realmente necesita. La cultura tiene una gran responsabilidad en facilitar los espacios de encuentro y diálogo para asegurar que las transformaciones que se avecinan puedan llegar a ser –perdonen el recurrir a un lugar común, pero vigente- “con todos y para el bien de todos”. No me estoy refiriendo a lo que va suceder este año o el próximo, sino a lo que inevitablemente ocurrirá –de peor o mejor manera- en un periodo relativamente breve.
Pero no sólo en Cuba se agotan ideas del pasado. No vivimos una simple época de cambios; vivimos un cambio de época.
Muchos vuelven a invocar hoy el vocablo revolución, pero la que resulta más urgente es la de nuestro pensamiento para poder bregar con desafíos nuevos que intentamos entender y resolver desde nuestras viejas ideas, concepciones y experiencias. Esa revolución del pensamiento demanda una cultura de diálogo y tolerancia como espacio vital para su desarrollo.
Cuba necesita hoy trascender su obsoleto paradigma de desarrollo y las mentalidades asociadas a él. En esta coyuntura la cultura cubana no puede jugar el papel que le corresponde sin cuestionar aquella definición en la que la enjaularon junto al pensamiento de sus más notables creadores y mejores funcionarios. Su imprescindible e impostergable servicio al bien común es el de constituirse en un espacio de cohabitación plural e intercambio permanente entre corrientes de ideas y creadores nacionales y extranjeros.
Es por eso que al inaugurar nuestro blog, del que apenas soy su facilitador, damos la bienvenida a todos: creyentes y ateos, comunistas y anticomunistas, demócratas y autoritarios, neoliberales y socialistas, heterosexuales, homosexuales y bisexuales y a todo el resto del posible inventario de nuestras diferencias. Pero no los invito a debatir o polemizar, sino a dialogar: a escuchar con empatía al otro y expresar con respeto la opinión propia que busca ser enriquecida con la de los demás.
Este blog de comentarios semanales es un espacio para la convivencia plural y el diálogo entre diversas corrientes de ideas. Su presupuesto de partida es que la verdad absoluta no existe y nadie la monopoliza. Aquí todos venimos a ganar del intercambio, no a vencer al otro. A dialogar, no a vociferar. Este es un espacio para expresar criterios, no para desautorizar ideas discrepantes sobre la base de descalificar a quienes las formulan. Nos interesa analizar los mensajes, no los mensajeros. Es posible experimentar la endogamia ideológica en otros lugares de Internet, si eso es lo que alguien prefiere, pero para que este sitio resulte de alguna utilidad al bien común hay que cohabitarlo de manera respetuosa.
Como una coda humorística acerca de las consecuencias de intentar promover la erudición en una cultura de intolerancia, los dejo con este excelente film ( Utopía) de dos destacados jóvenes cineastas cubanos, Arturo Infante, como director y guionista, y Pavel Giroud, como editor. Triste es decirlo, pero el tono de los debates y polémicas que se ven en este cortometraje asemejan los que sobre Cuba aparecen en algunos sitios de Internet. El film ha de servirnos como recordatorio de lo que no ha de hacerse.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 04/12/2007 18:42








