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La cultura del miedo

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El miedo es una característica que pudiera definir la presencia de una dictadura, afirmó un politólogo venezolano, Ramón Guillermo Aveledo, después de realizar su estudio sobre siete regímenes dictatoriales. Si existiese un miedómetro, dijo, sería posible soltar las alarmas cuando sobrepasara ciertos niveles.

En Cuba todos tienen miedo. Los gobernantes y los gobernados. El temor es el cimiento del inmovilismo. La sociedad vive inmersa en la cultura del miedo. Buen tema para meditar en este Día de la Cultura nacional

Los “de arriba” temen que permitir el acceso a Internet, la libertad para salir y entrar al país sin pedir permiso, o autorizar la iniciativa de taxistas, carpinteros, payasos y vendedores, desestabilice su poder omnímodo. Los “de abajo” temen que de conocerse sus verdaderas ideas tanto ellos como sus familiares sufrirían represalias sin que su sacrificio cambie nada. Fidel desconfía de Raúl; el vecino desconfía del resto del barrio. Y todos desconfían –muchísimo- de aquellos que no muestran temor aunque lo sientan.

Los paralizados por el miedo suponen que quienes tienen el aplomo de decir lo que piensan se atreven a ello por alguna razón inconfesable. Así acomodan la mala conciencia quienes suponen que el coraje no puede existir si ellos no se atreven a ser su portador. A los calculadores siempre deja perplejo el valor ajeno. Suponen, no sin cierta razón, que cada acto de coraje resalta su amarga sumisión. Los pone en posición incómoda y por ello buscan subterfugios para cuestionar a quienes asumen otra actitud.

Lo que en realidad sucede es que hay personas para las que obrar en buena conciencia resulta más importante que proteger sus intereses inmediatos. Quienes asumen riesgos conocen los peligros a que se exponen y el miedo los asecha por igual. Lo que ocurre es que temen más perder su dignidad que enfrentar los probables castigos.

La opción entre la dignidad o la sumisión se presenta de múltiples maneras en la existencia cotidiana del ciudadano de a pie en la isla. Unas veces se sale más airoso que otras de esa encrucijada. Algunos han aprendido mejor que otros a vencer el miedo. Yoani Sánchez es, sin duda, uno de ellos. Por eso – y porque la valentía puede ser tan contagiosa como el miedo- le temen.

jablanco96@gmail.com



Política Migratoria: un debate necesario

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Hoy los congresistas estadounidenses discuten sobre el derecho que asiste a los ciudadanos de Estados Unidos a visitar Cuba. Mientras tanto, los cubanos seguimos discutiendo sobre las violaciones a nuestros derechos migratorios.

La Revista Temas asociada al Ministerio de Cultura de Cuba ha publicado un coloquio entre juristas cubanos sobre la política migratoria de la isla. Es bueno que los asesores de ministros discutan esos temas. Pero lo que tienen que acabar de decir las autoridades con poder real es si suprimen o no –de manera inmediata e incondicional- todos los decretos, normas, regulaciones y “orientaciones”, sean escritas o verbales, que interfieren el pleno ejercicio de la libertad ciudadana para salir y entrar al país. Mientras esa voluntad no exista, lo demás es “diversionismo ideológico”.

Es cierto que hoy viajan más personas que años atrás. En el último medio siglo han “flexibilizado’ las normas. Pero igualmente cierto es que lo que constituye un derecho es administrado como una dádiva para premiar o castigar comportamientos y castrar la autonomía del ciudadano. En lo que a mi respecta no creo que haya que esperar otro medio siglo de ‘flexibilizaciones” para alcanzar lo que por derecho nos corresponde.

Me pregunto si este tema entra o no en “el radio de acción” de los ciudadanos convocados por estos días a nuevos procesos de discusión en todo el país. Los que no hemos sido invitados a ninguna de esas asambleas tendremos que llevar esta discusión a todo foro internacional que desee escucharnos.

jablanco96@gmail.com



Ramiro y el pichón

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Ramiro Valdés quiso explicar de modo didáctico la gravedad de la actual situación a la población acudiendo a una metáfora. El pueblo, dijo, no podía seguir abriendo el piquito como hacen los pichones cuando esperan ser alimentados. “Si lo que quiere es “jama” como dice Pánfilo, va a tener que trabajar duro para alcanzarla”, era el mensaje que probablemente tenía en su cabeza e intentó trasmitir del modo más poético del que fue capaz. Pero el problema del pichón cubano es que no está libre en un nido de su propiedad, sino extingue su existencia encerrado en una jaulita que controlan los jefes de Ramiro.

El verdadero problema de ese pichón es que no lo dejan volar. Qué más desearía el pobre que poder buscarse por si mismo el sustento sin que lo persigan y asfixien. Cuánto no agradaría al pichoncito poder librarse para siempre de su pretendido benefactor estatal.

Si finalmente se permitiese a todos los cubanos desarrollar sus propias iniciativas de negocios en la producción y servicios, la metáfora del pichón apenas quedaría para los futuros historiadores del actual desastre económico. O quizás pudiera emplearse en las clases de economía para demostrar que sin libertad no hay desarrollo sustentable.

jablanco96@gmail.com



¿Rock sí, clásica no?

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¿Alguien en el Departamento del Tesoro de Estados Unidos tendría la amabilidad de explicar bajo qué lógica es permisible el concierto de Juanes en una plaza pública en Cuba (que no era una plaza cualquiera), pero no el de la Orquesta Filarmónica de New York en un teatro?

¿Pudieran decirnos por qué razón ese concierto entra en conflicto con los intereses de Washington, pero no sucedió igual cuando la misma orquesta fue autorizada a tocar en Corea del Norte, país todavía en guerra con Estados Unidos? Nunca se ha dado fin oficial al enfrentamiento bélico entre ambos`países, y Corea, además de poseer un programa de armas nucleares, acostumbra a sorprendernos lanzando misiles que siempre se sabe de dónde salen pero ni quienes los lanzan pueden pronosticar dónde van a caer.

Recuerdo la anécdota de aquel (i)responsable de cultura de un pueblo cubano que cuando se dio cuenta de que la música que tocarían los artistas que visitarían su población no era muy popular, movilizó a las masas con carteles que exhortaban, “El domingo a bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional”. ¿Hay alguien en la OFAC que crea que ya el pueblo cubano bailó y gozó con Juanes y no hay que facilitar que lo haga todos los meses? ¿Es demasiada pachanga? Explanation someone, please!



Zelaya: “Elecciones, ¿para qué?”

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El traslado de Manuel Zelaya a Tegucigalpa fue fraguado por Chávez y Fidel Castro; e implementado en coordinación con Daniel Ortega y un grupo de líderes del FMLN de El Salvador. El presidente Mauricio Funes no parece haber estado involucrado, aunque es posible que su radical Vicepresidente sí lo estuviese.

El presidente Lula –aunque lo niega-- estuvo en la jugada por sus propias razones y ha tolerado que “Mel” transforme su sede diplomática en un Bed & Breakfast desde donde coordinar cómodamente una insurrección, amparado por la inmunidad del recinto. De hecho, Zelaya sigue técnicamente instalado en un territorio extranjero después de un brevísimo paso por Honduras. Falta por ver si la participación de Brasil en esa acción contribuirá a rescatar los votos de la izquierda afiliada pero alienada del gobernante Partido del Trabajo cuando las encuestas dan hoy por seguro perdedor a esa fuerza política en las elecciones del 2010.

El objetivo inmediato de esta operación fue crear un show mediático, coincidente con el inicio de la Asamblea General de Naciones Unidas, que contribuyese a desacreditar el proceso electoral hondureño. Poniendo a Zelaya a buen resguardo y agitando desde su seguro refugio a las masas para que se inmolen heroicamente, los patrocinadores de “Mel” insisten en provocar una espiral de represión / resistencia como recomiendan los viejos manuales de revolución y guerrillas. Aunque esta nueva jornada no dejara una masacre de saldo basta con el decreto de estado de sitio gubernamental para que los zelayistas puedan vociferar en toda tribuna que ninguna elección puede ser aceptable bajo esas condiciones. Y en eso tienen razón, pero omiten el dato de que hubo una conspiración para crear deliberadamente esa situación.

¿Quién no recuerda a Fidel Castro preguntándose en 1959 “elecciones, para qué”? Pues Zelaya y sus amigos desean convencer a la opinión pública internacional de algo parecido. Desde su perspectiva, lo único trascendente en Honduras sería su inmediata e incondicional restitución a la poltrona presidencial, lo demás es secundario. Se pretende imponer a Honduras una exigencia que nunca se ha demandado antes en países donde los militares, después de golpes y dictaduras, convocaron a elecciones y traspasaron el poder a nuevos políticos civiles, en lugar de restituir a los que habían desplazado si es que aun estaban vivos.

Sin embargo, el proceso electoral es el único instrumento que puede dar una salida no violenta a la crisis y asegurar la paz y estabilidad en Centroamérica. Iniciado hace más de 14 meses bajo la presidencia de Zelaya, los comicios se mantienen con el mismo Tribunal Electoral y candidatos electos antes de los acontecimientos del 28 de junio. La fase primaria de ese proceso había sido incluso monitoreada in situ por la OEA.

Ahora algunos pretenden que los resultados de la votación en noviembre no sean validos, si no es el propio Manuel Zelaya quien traspasa el poder en enero al candidato que resulte electo. Los que asumen esa postura están sepultando la única solución no violenta que hoy existe al no estar las partes en conflicto inclinadas a aceptar ninguna otra. Desacreditar las elecciones hoy equivale a legitimar la violencia de mañana.

La impresentable alternativa a la solución electoral sería la de hambrear al pueblo hondureño con sanciones, alentarlo a emprender una guerra civil o tener que recurrir después que se desate la violencia a una “intervención humanitaria” de Naciones Unidas. Bloqueo económico, guerra fratricida e intervención extranjera. Todas amparadas internacionalmente. ¿No resulta extraño que Castro y Chávez aboguen a favor de sentar la legitimidad de semejante precedente? Ofrecer asilo a una persona en una embajada y permitir que desde ella haga llamados a la insurrección contra el poder, ¿no es una situación que debería ser preocupante para quienes ejercen cotidianamente la represión contra disidentes y opositores en sus respectivos países?

Decretar el estado de sitio y dar un ultimátum al presidente Lula es exactamente el tipo de cosas que se intenta provocar con la operación del retorno de Zelaya. El primero, de mantenerse, deslegitimaría las elecciones. El segundo era innecesario. Ambos son contraproducentes. El asunto no era extender un ultimátum para retirar la inmunidad a la sede de Brasil sino exigirle a la mayor potencia de la región que actúe de manera responsable y conforme a los convenios de Ginebra que norman los límites de la acción de sus representantes diplomáticos. Los patrocinadores de Zelaya saben que en una guerra de nervios se puede inducir al adversario a cometer errores graves e irreversibles y a ello apuestan.

La sociedad civil pro democrática en Honduras y otros países necesita jugar un papel más activo y centrista. Es ella la que puede llamar a la calma a todas las partes, develar las provocaciones e impedir que se caiga en ellas. Son las iglesias, gremios, organizaciones no gubernamentales de ese país las que tienen la posibilidad de impedir que el proceso electoral se distraiga o deslegitime por la presencia de Zelaya o una innecesaria escalada de tensiones bilaterales con Brasilia.

Por su parte, la comunidad internacional no debe jugar a la ingeniería política. Las buenas intenciones no traen resultados positivos cuando son actores externos quienes intentan imponer sus propias soluciones alineándose incondicionalmente con las demandas de una de las partes. Si los dos actores principales de este conflicto resultan irreconciliables la comunidad internacional debe buscar en el proceso electoral la salida en vez de desacreditarlo y agravar la situación.

Los que en cualquier rincón del mundo deseen evitar una tragedia a los hondureños y prevenir un nuevo conflicto en Centroamérica deben contribuir con observadores y recursos a asegurar la transparencia de las elecciones de noviembre. Extender apoyo a esas elecciones es un deber de todo ciudadano, institución y gobierno que desee una salida democrática y no violenta en ese país. Zelaya, si lo desea, puede verlas desde su hostalito brasileño en Tegucigalpa o por la TV instalado en un hotel cinco estrellas de Río de Janeiro ahora que le ha pedido asilo a Lula.

Sin embargo, es necesario tener presente que las elecciones no pondrán fin a la actual conflictividad social, sino son el medio para comenzar a abordar su solución democrática.

Al candidato que resulte electo le deberá corresponder la puesta en marcha de un proceso de reconciliación nacional, y dar respuesta eficaz a la justa y añeja demanda de una mayor calidad democrática y equidad de oportunidades en Honduras. Puede que para ello se hagan finalmente necesarias algunas reformas constitucionales, pero no la de los actuales artículos pétreos, en particular el referido a la imposibilidad de reelección. En vez de eliminarse debiera ser replicado en las constituciones de toda la región.

Dar salida electoral, no violenta, a la crisis; fomentar la reconciliación; mejorar la calidad de la democracia y la equidad de oportunidades sociales en Honduras: Esas --y no otras-- deben ser las metas. Si hay objetivos “políticamente correctos” a alcanzar en esta crisis son esos.



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Autor: Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
Contacto: jablanco@rogers.com

 

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