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Miedos, fanatismos e inmovilismos

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Dije antes y reitero ahora que no atribuyo excesiva importancia a la especulación acerca de la voluntad de cambio de Raúl Castro. La clave no está en el hombre, sino en sus circunstancias. ¿Cuáles son los desafíos que enfrenta, qué opciones tiene y de cuánto tiempo dispone ante ellos? La pregunta no es si habrá o no cambios en Cuba, sino ¿cuándo, cuáles, hacia dónde y a qué ritmo? Lo que Raúl Castro desee hacer es un dato relevante a tener en cuenta, pero no tan decisivo como las condiciones nacionales e internacionales en que hereda la dirección del país. Raúl tiene que hacer cambios y seguramente los iniciará -pese a su “consejero” y Vicepresidente Primero- o será arrastrado a ellos (o por ellos).

La gran paradoja del sistema vigente consiste en que las herramientas empleadas hasta ahora para perpetuarlo han pasado a ser barreras para su reproducción y gobernabilidad cotidiana.

No es posible ofrecer empleos, alimentos, productos y servicios indispensables sin levantar el monopolio estatal sobre la economía. Ni es factible elevar la eficiencia económica sin abandonar el régimen centralizado de toma de decisiones. El Estado ya no puede dar satisfacción a tareas económicas y sociales sin abrir espacios de autonomía y participación, tanto a sus empresarios como al sector privado emergente. Tampoco puede ser competitivo siendo el país de más baja conexión con Internet de todo el Hemisferio. La imposición de una "salida definitiva del país" a aquellos que desean migrar, representa una sangría de cerebros y población joven.

El sistema cubano también arrastra una crisis de legitimidad ideológica. La ideología que antes de la caída de la URSS declaraba que el futuro le pertenecía, desde entonces, dejó de hablar de él. El partido comunista no ha formulado un programa desde el aprobado en 1986, ni celebrado un congreso desde 1997. De la consigna de "construir el socialismo" se pasó a la de "resistir".

El debilitamiento del mensaje acerca del futuro como elemento de movilización a favor del poder, obligó a la elite a acudir al miedo como factor de apaciguamiento de demandas. Atizar el temor al futuro sería, desde la desaparición de la URSS, un pilar ideológico indispensable para sostener el inmovilismo.

Se inició una campaña de miedo al cambio que la propaganda oficial se esforzaba en asociar, de forma supuestamente inexorable, con la institucionalización de la violencia revanchista, la expropiación de viviendas a sus actuales propietarios, la inseguridad laboral de una economía competitiva de mercado, la pérdida de servicios públicos universales y hasta el fin de la independencia nacional por una intervención de EEUU.

La propaganda gubernamental –no sin razón- ha venido alimentando esos miedos basándose en cláusulas de la Ley Helms Burton, recomendaciones de la comisión especial del Dpto. de Estado para la transición en Cuba, así como en ciertos discursos y programas radiales generados por algunos sectores del exilio. El control de la información en Cuba, los ahora más limitados contactos con familiares radicados en el exterior, la ausencia de un proyecto consensuado de transformaciones que garantice la posibilidad de un proceso de cambio sin violencia, son factores que contribuyen a limitar el acceso a perspectivas alternativas, al tiempo que permiten que se continúe difundiendo incertidumbre y recelo en la población.

En la actual coyuntura, el temor al cambio es todavía una herramienta de apaciguamiento en manos de la elite de poder, pero ella padece sus propios miedos. Temen que cualquier cambio les suponga perder el control y con ello se hagan vulnerables de diferentes maneras. El miedo los hace ser conservadores y el conservadurismo los expone a la irritación de una población cansada de extenderles créditos políticos.

En medio de toda esta situación existe siempre un personaje que complica aun más las cosas: el fanático.

El fanático es –según la definición sucinta del Diccionario de María Moliner (2001)- aquel que es “partidario exaltado e intolerante de una creencia”. Su visión del mundo es maniquea: “los buenos coinciden conmigo y los malvados me llevan la contraria”. Su mente se cierra a toda idea que entre en conflicto con su sistema de convicciones, que considera sagrado y la única verdad posible. Y en su esfuerzo por liberar al mundo de la perversidad de quienes no aceptan sus opiniones y valores está dispuesto a erradicarlos de la faz de la Tierra o destruir el planeta si fuera preciso. Para los fanáticos solo hay fines absolutos; los medios son siempre relativos. Toda acción que ayude al triunfo del Bien –según ellos lo entienden, por supuesto- estará siempre justificada.

Los fanáticos infunden miedo, cuando no dan risa. Pero sus manifestaciones siempre son material altamente cotizado para las campañas de propaganda de otros fanáticos que intentan a su vez imponer sus propias “verdades”. El fanático es, sin duda, una especie problemática en momentos de cambio en que existe siempre una alta tasa de incertidumbre sobre el porvenir, que él se encarga de incrementar con sus diatribas apocalípticas.

Sin embargo, es alentador ver que cada vez más personas –en particular los jóvenes- cuestionan esas visiones binarias y fatalistas de la propaganda en cualquier orilla ideológica. En Cuba, como hemos visto, ya no es tan fácil justificar la ineptitud propia con las políticas ajenas. La gente también va descubriendo que no hay que escoger entre el anciano Comandante y Bush: hay mejores opciones.

Hoy los cubanos quieren liberar su existencia del control del Estado y para ello reclaman, por ahora, libertades básicas de expresión, información, movimiento y empresa. Apoyándose en ellas, esperan empoderarse como individuos capaces de poner en práctica sus propios proyectos y labrarse un porvenir.

Sobresaturados de discursos políticos, no confían ya en quienes les presentan grandilocuentes programas de salvación. Descreídos de toda retórica, prefieren escuchar propuestas concretas que le indiquen como van aterrizar con sus familias en el porvenir. Quieren poner fin a todas las guerras y que los dejen vivir; no están en el ánimo de escuchar llamados a emprender una nueva por la que deben estar dispuestos a morir. Si eso gusta a algunos o disgusta a otros, no cambia el dato de que esa es la realidad actual.

Resumiendo:

Hoy coinciden el fin del liderazgo caudillista y carismático, el inminente retiro de una generación de líderes históricos y el agotamiento de la sociedad cerrada que ellos, en su momento, implantaron.

En esas circunstancias, los cubanos buscan a quienes aporten ideas y recursos que los ayuden a poner en marcha sus proyectos personales de felicidad, no a quienes vengan a dictarles “un nuevo proyecto” para hacerlos felices. Pero el ejercicio de la autonomía es el primer ladrillo de la libertad. Tengamos eso presente en nuestras reflexiones. ¿Cómo podemos contribuir, desde donde estamos, a expandir su autonomía y liberarlos del miedo al cambio? Pasar revista a nuestros propios inmovilismos y bloqueos mentales en diversos temas podría ser un primer paso.

Mi opinión: no creo que sea la hora del fanatismo, sino de la imaginación.



¿Aperturas rompiendo cabezas?

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La disolución de la protesta no violenta de las Damas de Blanco, y las altisonantes declaraciones sobre el asunto publicadas posteriormente por Granma y el MINREX , merecen un comentario. Resulta patética la alharaca formada por el gobierno ante el desafío pacifico de un puñado de mujeres que portan gladiolos y hablan de reconciliación.

Las Damas de Blanco tienen familiares que tras haber sido acusados de atentar contra la seguridad del estado fueron sentenciados a largas condenas en juicios en que el debido procedimiento –incluso según lo dictan las draconianas leyes en vigor- brilló por su ausencia. A la sentencia de los jueces (“privación de libertad”) sus carceleros se han encargado de añadir otras extrajudiciales, no prescritas por los tribunales, como son la de situarlos a considerables distancias de los lugares donde residen sus seres queridos, mezclarlos con reos comunes considerados violentos y peligrosos, dispensarles golpizas cuando alguna respuesta no es de del agrado de las autoridades carcelarias y hacerlos vivir en condiciones que parecen sacadas de un pasaje del Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

Las Damas de Blanco no tendrían que protestar en la plaza pública si el gobierno hubiese tenido la mínima consideración humana de iniciar un proceso de conversaciones y atención a sus planteamientos. Al no hacerlo -y no haber ocurrido ningún “cambio” en las circunstancias en que están, apenas, sobreviviendo sus familiares- se ven obligadas a hacerse visibles ante quienes durante cinco años han pretendido ignorarlas.

Las llamadas de apoyo que han recibido esas valientes ciudadanas no provienen únicamente de políticos cubano americanos en Estados Unidos. De Europa y América Latina han recibido iguales y mayores distinciones –como el otorgamiento del Premio Sajarov del Parlamento Europeo- tanto de gobiernos y partidos, como de organizaciones de la sociedad civil. Que pueda pensarse que algunos lo hagan para promover su propia agenda, no quita razón ni mérito a estas madres, esposas e hijas en su innecesario martirologio.

Esos apoyos no requieren una siniestra “campaña del imperio empeñado en estropear la imagen de Cuba". Basta con dar a conocer las actas oficiales de los juicios. A la gente le cuesta trabajo entender que a un ex jefe de acción de las Brigadas Rojas en Alemania –que secuestró y asesinó al industrial y presidente de la asociación de hombres de negocios más importante de la extinta RFA- se le condenase a 13 años de privación de libertad y a un grupo de periodistas independientes y activistas no violentos se le encarcele por dos décadas. Y que, además, los pongan bajo un régimen carcelario carente de condiciones básicas en que impera la violencia.

Las Damas de Blanco habrían abandonado la Plaza de la Revolución por sus propios pies si en lugar de enviarles a un grupo de vociferantes extremistas y una escuadra de policías les hubiesen mandado una nota, desde las oficinas adyacentes del MININT, del Consejo de Estado o del Comité Central, invitándolas a pasar al edificio para conversar con ellas.

Pero si indignante fue la respuesta gubernamental inmediata, peor fue la reacción oficial posterior en las que la soberbia y la estulticia política se mezclaron una vez más.

Si el gobierno cubano desea hacerle creer al mundo que se avecinan cambios sustantivos debe dar muestras mínimas de humanidad y sabiduría liberándose de los presos. En realidad es la legitimidad internacional de la elite de poder la que ellos mismos han encarcelado.

Las amenazas del Granma, de llevarse a efecto, pueden ser respondidas movilizando regularmente manifestaciones ante las representaciones diplomáticas cubana en el exterior para recordarle al mundo lo que ocurre en Cuba. También pueden conllevar que en el futuro no haya un ilustre visitante que rehúse reunirse con estas mujeres para expresarles su solidaridad.

Si envían a la cárcel a una sola de las Damas de Blanco, siendo esa una afrenta a todo sentido de humanidad y decencia, son muchos los cubanos y extranjeros que no estarán dispuestos a permitirlo impunemente. Por encima de toda y cualquier diferencia política están esos valores básicos. Si las reprimen de cualquier modo, van a ser testigos de un rápido proceso unitario entre los sectores cubanos más diversos del exilio y la Diáspora para solidarizarse con ellas. Estar dispuestos al diálogo para resolver conflictos no implica la sumisión a la soberbia y la opresión.

Por otro lado, una acción de cualquier tipo contra estas mujeres provocará una repulsa internacional en los instantes precisos en que el gobierno cubano desea mejorar su imagen pública. Debieran recordar que la orden para las redadas de la Primavera Negra del 2003 torpedeó el inminente convenio de cooperación con la Unión Europea y la entrada de Cuba al Acuerdo de Cotonú que le hubiera abierto las puertas de los mercados europeos.

Si el Consejero en Jefe y su cada vez más pequeña tribu de incondicionales les recomiendan reprimir a las Damas de Blanco, debieran pensarlo de nuevo. No es posible posar de aperturistas mientras se amenaza con lanzar turbas a romper cabezas.

A fines del 2008 se realizará la primera beatificación de un cubano lo cual abrirá una ventana al reecuentro entre muchos católicos de la isla y la Diáspora. En enero del 2009 habrá otro inquilino en la Casa Blanca. Por su parte, Raúl Castro acaba de anunciar la celebración del VI Congreso del Partido Comunista para fines del próximo año lo que obliga a otro proceso previo de discusiones sobre la situación y posible rumbo del país. La época en que unos y otros acudieron a la violencia como medio para prevalecer sobre el adversario deberia ser defintivamente trascendida.



LA COSA

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Recuerdo que un colega puso sobre el escritorio un cartelito que rezaba “Prohibido hablar de la cosa”. Cuando le pregunté por el significado de aquella advertencia me explicó que todo el tiempo y en todas partes –su casa, la oficina, la cola- la gente iniciaba una conversación indagando su opinión con la pregunta: ¿Cómo ves la cosa? Aquello daba pie a interminables coloquios que ocupaban su tiempo y lo dejaban agotado y deprimido porque todos –incluyéndolo- pensaban que la cosa andaba mal.

En Ottawa uno puede protegerse de la “cosamanía” mejor que en una ciudad como Miami donde se habla del asunto 24 x 7. En los diez años que he vivido en Canadá la TV sólo menciona a Cuba en temporada ciclónica. Las excepciones ocurren cuando alguien importante como Juan Pablo II visita la isla, Elián sobrevive rodeado de delfines el Estrecho de Florida y desata otro tipo de tormenta tropical, o Fidel se enferma de gravedad. Pero el virus de la cosa es endémico entre los cubanos. Cuando los medios no satisfacen nuestra curiosidad por saber como le va, hurgamos hasta en el Granma vía Internet. Junto al dominó, la cosa es el entretenimiento o hobby por excelencia de todos los cubanos. Lo más que podemos hacer para proteger nuestra sanidad mental es no hablar de ella después de las 5 de la tarde pare evitar insomnios.

En los últimos días hay nuevas señales de que la cosa no va bien. Al menos no del todo, o no en lo inmediato.

Después de 19 meses, finalmente, llegó Raúl Castro –aunque acompañado de Machado Ventura- y tuvimos un par de semanas de anuncios espectaculares sobre el advenimiento, a Cuba de algunos artefactos como celulares, DVDs y tostadoras. Estas noticias fueron convoyadas por otras igualmente bienvenidas decisiones como el que los cubanos podrían acceder a los hoteles y que el estado daría tierras en usufructo a aquellos dispuestos a hacerlas producir.

Pero cuando ya nos estábamos acostumbrando a esta cartelera de alegres estrenos semanales reapareció, delgaducho y lúcido, –a su manera, claro- el Asesor en Jefe y junto con él nuevos controles sobre el empleo de Internet por las instituciones estatales (desde Cuba me dicen que ahora puedo perjudicarlos hasta con una frase cordial en un mensaje de e-mail), acusaciones contra las Damas de Blanco, actos de repudio, golpizas y detenciones de disidentes. Todo ello coronado con llamados a fortalecer las cláusulas de la legislación represiva. Como si fuera poco, el verano trae acusaciones espectaculares contra una bloggera que funge de cronista de la cotidianidad sin mostrar el necesario optimismo que para ejercer esa función demanda el jefe del Departamento Ideológico del Comité Central. Antes le habían negado la salida del país, ahora parecen interesados en impedir que salga a la calle.

Los “de arriba” parecen estar también obsesionados con la cosa.

Quizás no sean las Damas de Blanco, Antúnez ni Yoani Sánchez los que más les inquietan, sino sus propios funcionarios y militantes del Partido que se van sumando al galopante disenso con el status quo vigente. Que los primeros expresen su malestar y los segundos lo piensen no deja de ser motivo de preocupación para quienes instalaron la Ley Mordaza y la doble moral teniendo ahora que enfrentar su consecuencia: una sociedad sin mecanismos de auto corrección.

El actual contrapunto entre los llamados a la apertura crítica y las exhortaciones a endurecer la represión me recuerdan el título de una vieja canción: Elegía a la incoherencia. Los procesos sociales no son lineales, sino zigzagueantes. Lleva tiempo metabolizar un cambio desde una mentalidad de bunker y confrontación a otra de diálogo y consenso. A veces no se logra.

Nada, la cosa es “compleja”.

La evolución de la situación en la isla nos devuelve al intercambio de ideas sobre la interrogante original de Bárbara: ¿Qué hacer -desde donde estamos- para extender aliento a las fuerzas que fuera y dentro del gobierno promueven cambios positivos por vía no violenta y para oponernos, incluso de manera preventiva, a las peores tendencias que hoy pujan por renovar su protagonismo?



El retorno de Yayabo

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El renovado activismo del Asesor en Jefe me recordó una canción cubana muy popular de mi infancia.

Curiosamente, un nuevo bloggero “independiente” y “no lucrativo” ha emergido en el espectro del Internet oficial. A Fidel Castro ya no le basta con Granma y Juventud Rebelde, ahora quiere competir en “la red de redes” con Generación Y. Habiendo apenas recuperado un poco su salud arremetió contra la bloggera Yoani Sánchez, la científica Hilda Molina, el músico brasileño Caetano Veloso e intensificó su labor de zapa contra el mejoramiento de relaciones gestado por la cancillería cubana con la Unión Europea y México. Su recuperación coincidió también con nuevos arrestos y actos de repudio así como con la primera movilización de protesta realizada frente a la Sección de Intereses de Estados Unidos desde que cayó enfermo.

Y eso que algunos por Miami decían aquello de que “Yayabo no salía más”. Como fantasma que retorna, parece ser que “Yayabo está en la calle con su último detalle y su ritmo sin igual”.

Es un dato inescapable el hecho de que coinciden en tiempo una desaceleración de las reformas e incremento de actos represivos con el renovado activismo del célebre convaleciente quien ha sostenido por estos días tres reuniones de trabajo con jefes de estado extranjeros y publicado cinco artículos. En ellos no se expresa como prudente asesor que aconseja y sugiere, sino como Jefe de Estado que dictamina y juzga hechos sobre los que todavía el gobierno no se ha pronunciado siquiera. Enarbolar, a tales efectos, el derecho a ejercer democráticamente las libertades de pensamiento y expresión que él ha negado siempre a los demás mortales es, a todas luces, una obscenidad.

Lo más novedoso y significativo es que ahora atiza, en evidente juego fraccionalista, corrientes de opinión conservadoras en el seno de la elite en lo que aparenta ser su último esfuerzo por obstruir los cambios que el país reclama.

Ante esos hechos creo justa la creciente demanda nacional en el sentido de que Raúl Castro demuestre tener la lucidez y el coraje requeridos para ponerlo en su sitio a fin de que el país pueda comenzar una etapa, mejor o peor, pero de algún modo “nueva”. Él –que controla a plenitud las FAR y el MININT- debiera trasmitir a todos, con claridad inequívoca, su determinación de ejercer el cargo de Jefe de Estado de manera plena, responsable y creativa.

El apotegma de que “no puede hacerse nada mientras Fidel viva” es impresentable. Actuar o dejar de hacerlo es siempre una opción. Insistir en semejante excusa –cuidadosamente cultivada en meses recientes por agentes de Influencia y compañeros de viaje- sólo convencería finalmente a todos de que estamos en presencia del clásico juego entre el policía “bueno” y el “malo” para justificar el continuismo del status quo.

Al margen del actual torrente de variopintos pronósticos, la historia valorará si el inevitablemente breve mandato de Raúl Castro llegó a establecer una diferencia con el de su predecesor o fue más de lo mismo. No pretendo prejuzgarlo. Solo apunto que se agota el tiempo para que muestre y demuestre la especificidad de sus intenciones.

Como recuerda la Biblia: por sus obras los conocerán. (Mateo, Capitulo 7; 15-20)



Somos felices aquí

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"Somos felices aquí". Así rezaba una valla estratégicamente situada en el camino que conduce desde la capital cubana al aeropuerto internacional de Rancho Boyeros. Por el tono no se sabía si era una orden o una aseveración. Quizás era un recordatorio, a titulo de despedida, dirigido a quienes se disponían a tomar un avión para no regresar a aquel “paraíso”.

Hay en este mundo quienes pretenden tener indicadores cuantificables para medir la felicidad. Suelen utilizar datos –cuya veracidad no se molestan demasiado en corroborar- aportados por los propios gobiernos a organizaciones internacionales sobre la tasa de mortalidad infantil, la expectativa de tiempo de vida e índices de escolaridad. Nunca he comprendido por qué no incluyen otros indicadores igualmente mensurables, como las tasas nacionales de emigración y los suicidios. El hecho es que estos inefables “felicitólogos” se niegan a considerar el impacto que tienen sobre la felicidad humana la presencia o ausencia de factores tales como las libertades individuales, estado de derecho, institucionalidad democrática y otros similares que al parecer consideran poco precisos e ideologizados.

Según los gobernantes cubanos, en la isla los que no clasifican como seres “felices” son las inevitables excepciones –desequilibrados que insisten en su necesidad de libertad de opción- que sólo sirven para confirmar la regla. Todos los diplomáticos y delegaciones extranjeras que han recorrido el territorio nacional en estos cincuenta años han podido corroborarlo. Sus visitas, acaba de decirnos el General de Ejército Raúl Castro, han sido diligentemente preparadas de antemano para facilitarles llegar a esa sabia conclusión.

Sin embargo, la terca realidad nos interroga sobre la extraña conducta de miles de compatriotas que huyen anualmente hacia cualquier otro punto del planeta a la primera oportunidad.

Cuando se inició la tímida y mediatizada apertura a la iniciativa privada a partir de 1994, el número de las llamadas “salidas ilegales” descendió sustantivamente sin que Estados Unidos hubiese suprimido su Ley de Ajuste Cubano. La gente creía que podría volver a buscar su felicidad junto a familiares y amigos, en lugar que tener que alejarse de ellos intentando alcanzarla. Al cerrarse el espacio y morir la ilusión, el éxodo tomó nuevos bríos.

Muchos esperaban ahora recuperar la esperanza, pero la recién concluida Asamblea Nacional del Poder Popular solo les anuncia tiempos aún más duros. Nada se dijo que indicase que el estado desalojaría los predios económicos que invadió de manera masiva desde la década de los sesenta del pasado siglo. Nada se aprobó que hiciera posible creer que pronto podría buscarse la felicidad en el territorio nacional sin que el estado definiese el contenido de ese concepto.

En el socialismo de estado cubano hay cada vez más personas que restan importancia a saber leer y escribir, si solo se puede ejercer esa virtud dentro de lo considerado políticamente correcto por el gobierno. O les parece inaceptable que su longevidad sea consumida en una sociedad en la que carecen de todo poder y derechos, salvo el de ser convocados a hacer realidad los sueños de sus gobernantes o aplaudirlos en la plaza pública.

Raúl Castro cree que la gobernabilidad depende de los frijoles y lleva razón. Pero es evidente que insiste en producir alimentos y hacer construcciones a partir de las fuerzas del estado. Desconcentrar decisiones y recursos no equivale a descentralizarlos en favor del ciudadano. Sin liberar la iniciativa privada, individual y cooperativa, no habrá suficientes brazos para producir ni construir.

Pero el asunto es aún más complicado. El problema de fondo es que el leit motiv del ser humano no son tampoco “los frijoles” aunque ellos sean esenciales.

Las personas no somos animalitos que bien cobijados (que no es el caso de muchos cubanos hoy día), bien alimentados (que tampoco lo es) y bien atendida su salud (que cada vez lo es menos) son felices en un paraíso abierto a ingenuos visitantes que lo recorren por rutas cuidadosamente escogidas por sus administradores.

El ser humano necesita ejercer el derecho de definir por sí mismo qué es lo que lo hace feliz. No es papel del estado determinar cuál debe ser el ideal de felicidad de las personas. Su función es “empoderar” a los ciudadanos para que puedan intentar alcanzarla en un marco de iguales oportunidades. Ningún estado hace feliz a nadie, aunque pueden hacerle la vida infeliz a muchos.

El día que realmente se “socialice” –democratizándolo- el inmenso poder que hoy tiene centralizado una cúpula dirigente, los cubanos podrán dar respuesta eficaz a sus necesidades materiales haciendo uso de sus libertades ciudadanas. Y buscaran la felicidad en su propio país. Para entonces, la valla se habrá retirado de la calzada de Rancho Boyeros, porque ninguna sociedad es total y definitivamente feliz y la búsqueda de la felicidad es siempre un proceso inconcluso.



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Autor: Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
Contacto: [email protected]

 

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