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¿Rock sí, clásica no?

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¿Alguien en el Departamento del Tesoro de Estados Unidos tendría la amabilidad de explicar bajo qué lógica es permisible el concierto de Juanes en una plaza pública en Cuba (que no era una plaza cualquiera), pero no el de la Orquesta Filarmónica de New York en un teatro?

¿Pudieran decirnos por qué razón ese concierto entra en conflicto con los intereses de Washington, pero no sucedió igual cuando la misma orquesta fue autorizada a tocar en Corea del Norte, país todavía en guerra con Estados Unidos? Nunca se ha dado fin oficial al enfrentamiento bélico entre ambos`países, y Corea, además de poseer un programa de armas nucleares, acostumbra a sorprendernos lanzando misiles que siempre se sabe de dónde salen pero ni quienes los lanzan pueden pronosticar dónde van a caer.

Recuerdo la anécdota de aquel (i)responsable de cultura de un pueblo cubano que cuando se dio cuenta de que la música que tocarían los artistas que visitarían su población no era muy popular, movilizó a las masas con carteles que exhortaban, “El domingo a bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional”. ¿Hay alguien en la OFAC que crea que ya el pueblo cubano bailó y gozó con Juanes y no hay que facilitar que lo haga todos los meses? ¿Es demasiada pachanga? Explanation someone, please!



El cuento del abuelito y los zapadores

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Los miró a los ojos y preguntó: “¿Cómo podemos ayudar a Obama?” Luego imploró que le enviasen bibliografía sobre el Reverendo Martin Luther King, de quien se declaró un ferviente admirador. Su limitada pero importante audiencia –tres miembros de una delegación de seis representantes del Caucus Negro del Congreso estadounidense-- salió convencida de que era posible avanzar en un diálogo con aquel noble anciano, obligado a asumir actitudes dictatoriales por la política imperial de Estados Unidos.

A unos cuantos cientos de kilómetros del lugar en que se desarrollaba aquella entrevista, languidece en su celda el Dr. Biscet, un negro cubano admirador de Luther King que quiso reclamar cambios como Barack Obama, en un sistema muy diferente al estadounidense. A muchos kilómetros más de distancia, en Caracas, el aliado íntimo de Fidel Castro, Hugo Chávez, adelantaba las fechas de una cumbre del ALBA en la que, según su propia declaración, va a preparar “la artillería” para caerle a “cañonazos” a la delegación de Estados Unidos con el caso de Cuba.

La brigada de artilleros y zapadores en Caracas no ha recibido hasta ahora ninguna instrucción del abuelito habanero para “ayudar a Obama”. Más bien todo indica lo contrario. Están minando el terreno antes de que ponga un pie en Trinidad y Tobago. Como las fechas de la Cumbre de las Américas coinciden en esta ocasión con las de la “primera derrota del imperialismo” en Playa Girón, Fidel Castro y sus seguidores están laborando intensamente para tenderle una emboscada política a Obama e infligirle su “primera derrota”. Después de la visita de los legisladores, los carceleros tampoco le han pasado copias de discursos de Martin Luther King a Biscet.

Nada de lo anterior impedirá que al regresar a Washington los legisladores del Black Caucus compartan sus emociones, esperanzas y certezas con los colegas del Congreso. La ignorancia del pasado siempre facilita que la historia se repita. De buenas intenciones están empedrados los senderos al infierno.

Quizás les hubiese venido bien que, antes de viajar a Cuba, Kissinger les explicara cómo el presidente Ford había ya comenzado a desmantelar el embargo, empezando por las sucursales de empresas estadounidenses en terceros países, cuando supo del envío de una tropa regular de las FAR a Angola. O Brzezinski les hubiera ilustrado cómo Castro preparaba el envío de otra fuerza militar a Etiopía, mientras intercambiaba razonables mensajes con el presidente Carter, quien le había comunicado su disposición a retomar el proceso de normalización de relaciones iniciado por Ford. Quizás hubiese sido provechoso que Madeleine Albright los hubiese instruido de cómo Castro planificó el ataque a dos avionetas de Hermanos al Rescate cuando Clinton le había asegurado a La Habana que no permitiría la aprobación de la ley Helms Burton y quería establecer un diálogo para avanzar en la solución del conflicto bilateral.

Pudieron incluso preguntarle a alguien tan espiritualmente próximo a La Habana como el Comisario de Desarrollo y Ayuda Humanitaria de la Unión Europea, Louis Michel, cómo se sintió en la primavera del 2003 cuando, después de sostener excelentes conversaciones con los funcionarios cubanos e inaugurar la Oficina de Cooperación de la UE en Cuba, al regresar a Bruselas se enteró por los periódicos que Castro había lanzado la redada de detenciones de mayor envergadura contra la oposición desde 1961.

Fidel Castro siempre fue un estadista laborioso. Por un lado recibía extranjeros a quienes comunicaba su voluntad de paz, y por otro movilizaba a sus zapadores para sabotear toda posibilidad de entendimiento con el “enemigo”. A veces realizaba ambas tareas en el mismo día.

Los inmensos recursos gastados en denunciar el embargo y la hostilidad de Estados Unidos son, en realidad, una inversión muy rentable en relaciones públicas. Para un régimen represivo e incapaz de proveer las necesidades básicas de la población, tan necesario es culpar a otros de los resultados de su mala gestión como asegurarse de que pueda continuar derivando legitimidad de su bien cultivada imagen de víctima inocente.

Conocer esas experiencias les habría servido de referencia útil a los honorables legisladores, para darse cuenta de que tras la tierna mirada del abuelito estaba -una vez más- el lobo.

Dialogar con La Habana no es desacertado, pero supone mucho más que honestidad y buenas intenciones.

 

 



Otra vez el embargo

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Como ha ocurrido cada vez que un nuevo inquilino se muda a la Casa Blanca, los activistas y políticos que defienden o se oponen al embargo reaniman ahora los debates en torno a este tema. Cada parte pretende monopolizar el patriotismo. Muchos dan muestra de un maniqueo apasionamiento que a menudo los conduce a incurrir en excesos verbales. Unos consideran que Dios está de su lado; otros suponen que la Historia está del suyo. Algunos creen contar con el apoyo de ambos.

Paso a puntualizar algunas opiniones personales a sabiendas de que no lograrán satisfacer a plenitud las demandas de ninguno de los polemistas.

La transformación positiva de la realidad cubana no vendrá como resultado automático de las acciones de ningún actor externo, incluyendo a Estados Unidos. La idea de que el levantamiento del embargo y el restablecimiento de relaciones traerán como inequívoco resultado el respeto a los derechos políticos y civiles es ingenua. Pero igualmente desacertada es la afirmación de que ese giro le permitirá al gobierno cubano acceder a nuevos recursos que hagan más eficaz su control sobre la población. Si hay un sector priorizado en Cuba es el relacionado con la seguridad interna. No necesitan del levantamiento del embargo en ese terreno. Basta con los aportados por Hugo Chávez.

El levantamiento del embargo tampoco traerá el florecimiento de la economía cubana sino, en todo caso, el de su deuda externa, la cual seguirá creciendo de manera directamente proporcional a la ineficiencia de su régimen de dirección. La inyección de recursos tampoco le aportará al gobierno un margen mayor de legitimidad interna, porque serán despilfarrados como sucedió antes con los aportados por la URSS, o ahora por Venezuela, sin que la población eleve su estándar de vida ni tenga vías para reclamar una mejor administración. El verdadero embargo universal es el límite crediticio y la escasa inversión extranjera que padece la isla como resultado de ser el segundo deudor del Club de Paris y los erráticos giros en su política económica.

Al que debe pedírsele el levantamiento del embargo no es al poder ejecutivo, sino al legislativo, o en todo caso al Tribunal Supremo. Gracias al derribo de las dos avionetas de Hermanos al Rescate dispuesto por Fidel Castro en 1996 –siempre es bueno recordarlo- todos los componentes del embargo e incluso el congelamiento de cualquier revisión sustancial a las relaciones con Cuba fueron codificados en la Ley Helms Burton. Sólo el Congreso puede deshacer lo que antes hizo, o el Tribunal Supremo dictaminar inconstitucional esa ley por violar preceptos de la carta magna.

El embargo presenta serios déficits:

a) No constituye una estrategia integral, sino apenas representa un instrumento remanente de una política del siglo pasado, cuando el mundo era bipolar y las relaciones económicas internacionales no se habían globalizado. Es por ello que no puede ser eficaz en un hábitat internacional completamente transformado.

b) Viola atribuciones que la Constitución confiere al poder ejecutivo en lo referido a la conducción de la política exterior, y transgrede el derecho al libre movimiento de los ciudadanos estadounidenses.

c) Lejos de fortalecer la autonomía de los cubanos respecto al Estado refuerza su aislamiento informativo y dependencia económica.

El conflicto principal al que asistimos no es el bilateral entre La Habana y Washington, sino el interno, entre un régimen de gobernabilidad totalitario y la población a la que el primero es incapaz de satisfacer sus necesidades materiales y espirituales. El conflicto se expresa, como diría Marx, entre un sistema de relaciones sociales obsoleto y las fuerzas productivas de la nación que reclaman liberarse de aquellas para desarrollarse. El conflicto bilateral es apenas el resultado de la internacionalización del conflicto interno, el cual ha involucrado a diversos actores exteriores a lo largo del tiempo (URSS, EEUU, Venezuela, etc.) y debe ser abordado situándolo en su verdadera dimensión. Pero el único y mejor modo de hacerlo no es aferrándose al embargo, que ya ha devenido en instrumento tan obsoleto e ineficaz como el propio régimen de gobernabilidad cubano.

Los políticos y activistas harían un mejor servicio a Dios, la Historia y sobre todo al pueblo cubano, si no confundiesen objetivos con medios para alcanzarlos. Cuando insistir en los medios empleados se transforma en el objetivo mismo de todo esfuerzo se pierde la brújula política. Si el objetivo es restaurar la soberanía del pueblo cubano sobre el estado, entonces todas las políticas que construyan muros adicionales a la autonomía del ciudadano -económica, informativa, de movimiento- alejan ese objetivo.

No menos importante son los argumentos éticos. La noción de que este embargo equivale al que se impuso al régimen de apartheid es falsa porque aquellas sanciones no eran unilaterales sino multilaterales. La posición de Estados Unidos no sólo no ha sido avalada por la comunidad internacional sino que ha sido condenada, de manera anual y masiva. La percepción de que se pretende obligar a la población a rebelarse por medio del hambre es tan falsa como políticamente eficaz en manos del gobierno cubano. Washington es el quinto –quizás ya sea el cuarto- socio comercial de Cuba y su principal suministrador de alimentos (el 80% de las importaciones en ese rubro).

El problema en la discusión sobre el embargo no es que no existan razones para su revisión, sino que Estados Unidos encara demasiadas crisis simultáneas y graves como para que el Congreso se sienta inclinado a dedicar tiempo a debatir el tema y la Casa Blanca crea que el asunto amerite una polémica periférica a lo que hoy son sus intereses estratégicos. Por su parte, el gobierno cubano no le ha aportado al Presidente Obama un sólo argumento sólido para que decida asumir ese reto. Hay que entender la actual cautela de la Casa Blanca. El récord de La Habana es pésimo en ese sentido. Cada vez que un presidente dio pasos hacia una distensión apostando a que el gobierno de la isla estaba listo para iniciar un proceso de transformaciones que lo alejasen del sistema totalitario le dieron un contundente portazo. La actual Administración y el Congreso no van arriesgar capital político por muchas cartas que se le envíen si el gobierno cubano no demuestra de manera fehaciente –no con artículos apologéticos de los usuales fellow travellers- que ha iniciado los prometidos “cambios de estructura y conceptos”. Liberar a los presos políticos podría ser un paso simbólico en esa dirección. Liberar al pueblo del bloqueo nacional a las libertades de movimiento, información, expresión e iniciativa económica –todas reclamadas en asambleas publicas de una punta a la otra de la isla- seria una decisiva contribución al levantamiento del embargo externo.

A modo de conclusión quiero puntualizar que en mi criterio el embargo no es una política sino un instrumento obsoleto que impide la elaboración de una genuina y actualizada política hacia Cuba. Los intrumentos políticos no equivalen a principios morales aunque pueden estar en conflicto con ellos. El peor servicio que pueda hacerse a los objetivos de cualquier estrategia política es sacralizar sus instrumentos impidiendo su revisión periódica.

Creo igualmente que aquellos activistas anti-embargo que aun no lo hayan hecho -ya muchos lo hacen- debieran incorporar a su agenda las legítimas demandas que deben presentársele al gobierno de Cuba en temas como los referidos a viajes y remesas. Los cubanos en la isla deben ser también liberados de las restricciones a la libertad de movimiento que suponen los abominables permisos de entrada y salida del país así como de la arbitraria y excesiva carga impositiva a las remesas familiares. Asumir esas reclamaciones no es un problema de “equilibrios”, sino de decencia y un modo de enviar un mensaje de dignidad a aquellos que desde La Habana creen que pueden darle el trato de soldados a quienes pueden movilizar a su antojo y a los que nunca es necesario dar explicaciones.

A mi juicio si La Habana desea el levantamiento del embargo –hasta ahora hizo lo indecible por impedirlo- debe dar pasos que permitan argumentar en el Congreso la pertinencia de darle atención a un tema que ni remotamente figura entre las prioridades de la nación americana hoy día. Y si no alberga todavía intenciones serias en este asunto, lo decente sería que lo reconociese honradamente. Es el mínimo de respeto que le debe el gobierno cubano a los activistas contra el embargo.



Con o sin embargo

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El actual debate sobre las relaciones Cuba – Estados Unidos me recuerda los llamados “Días de la Defensa” en la isla. En ellos se discutía un ataque cada vez más improbable y medidas inútiles para contrarrestarlos. Apagar las luces al escuchar las alarmas era un ejercicio adecuado para los londinenses en la II Guerra Mundial, pero no para los habaneros que debían enfrentar misiles Tomahawk con GPS. Aquel surrealismo evocaba los anuncios en la TV de EEUU que orientaban a los alumnos de las escuelas primarias a acostarse bajo el pupitre en caso de ataque atómico. El modo de asumir la amenaza nuclear era político; lo mismo sucedía con los Tomahawk. La respuesta a un potencial conflicto bélico con Estados Unidos no era cavar refugios e instalar sirenas. En Irak y Afganistán Washington ya ha venido a reconocer que la solución definitiva de esos conflictos no puede ser militar sino política. En los noventa sucedió otro tanto con las prolongadas guerras de Centroamérica en las que ninguna de las partes podía ser derrotada ni tampoco alcanzar una victoria sobre la otra.

Hoy se extiende el consenso sobre la necesidad de que Estados Unidos formule una política hacia Cuba. Desde hace tiempo considero debatible si más allá del embargo existe realmente una política exterior hacia Cuba por parte de Washington.

Cuando alguien siquiera aboga por una reflexión sobre este tema, los defensores a ultranza del status quo afirman indignados que se intenta “quitarle los colmillos al embargo”. Al parecer no se han enterado de que lleva dentadura postiza desde hace décadas. Washington es hoy el cuarto socio comercial de La Habana y el resto del mundo comercia con la isla. Lo que hoy limita la expansión de las inversiones y el comercio con Cuba no es la la ley Helms Burton sino su pésimo record crediticio y el inepto sistema económico que impera en la isla. El “bloqueo” sólo subsiste en el discurso oficial de Cuba y en el imaginario de una izquierda y derecha infantiles.

Los defensores del status quo debieran tener presente que el embargo puede constituir una herramienta, pero no alcanza a ser una política. Kennedy no concibió el embargo como una estrategia de cambio por si misma, sino como instrumento complementario de un programa (OperationMongoose) que incluía componentes diplomáticos, militares y paramilitares. Los que creen que el embargo es una política estratégica –que nunca ha sido- y la única manera de procurar el cambio en Cuba –que no ha obtenido- suponen, erradamente, que congelar el status quo es la única opción posible.

Por otro lado están quienes creen -también de forma errada- que La Habana aguarda el levantamiento unilateral de toda sanción para conceder cambios y libertades sustantivas al pueblo cubano. O que se verá forzada a ello si Washington modifica su postura. Lo primero es falso y lo segundo, si bien es posible, no puede considerarse el desenlace inequívoco y automático derivado de un cambio en la posición estadounidense. Varios altos funcionarios cubanos ya han declarado que, desde su perspectiva, es Estados Unidos a quien le corresponde rectificar. La elite de poder cubana continúa aferrada a la tesis de que la coexistencia pacífica es una quimera. Por ello ven en Obama un reto circunstancial, no una oportunidad para trascender el conflicto bilateral.

El contexto externo puede fomentar mejores o peores circunstancias para la evolución de la situación en Cuba, pero el rumbo que adopte se decide dentro. Con o sin embargo, el pueblo cubano no accederá a sus derechos como resultado de la política exterior de Washington u otros países. Sólo de su disposición a resistir y reclamarlos depende que los alcance. El protagonismo del cambio corresponde a los cubanos.

Lo anterior no supone que las acciones de los actores externos sean intrascendentes. Pero si lo que se pretende es contribuir a democratizar la actual realidad totalitaria entonces el criterio para medir la eficacia de cualquier política hacia Cuba debe ser su capacidad para facilitar el empoderamiento del ciudadano de a pie frente al estado. El criterio de fracaso sería cuando se constate que la política en curso produce el resultado inverso: fortalece al estado y de esa manera refuerza su capacidad para controlar a los ciudadanos.

Por varias décadas las decisiones estadounidenses respecto a la isla han contribuido a hacer a los cubanos mas dependientes del gobierno cuando empoderar ciudadanos supone precisamente lo contrario: fortalecer su autonomía frente al estado.

Desde esa perspectiva –además de consideraciones éticas inexcusables- todos debieran dar la bienvenida al levantamiento de las actuales restricciones a cubano- americanos para viajar a la isla y enviar remesas. Washington debería incluso auspiciar actividades de diversos sectores de la sociedad civil estadounidense en la isla así como la oferta de donaciones y líneas de microcrédito al sector cuentapropista y al pequeño agricultor dedicado a la producción de alimentos.

Empoderar ciudadanos supone igualmente facilitar su acceso a fuentes de información alternativas. En ese campo es legítimo discutir la cuestionable eficacia de los proyectos realizados hasta el presente, pero no el objetivo de contribuir de diversas maneras a que los cubanos puedan ejercer el derecho de acceder a distintas perspectivas y puntos de vista. Vivimos en una era de televisión por satélites, información digitalizada e Internet, no de estaciones radiales de onda corta como en tiempos de la II Guerra Mundial. No incurramos en la irrelevancia de los Días de la Defensa.

El reto principal que se presenta a los cubanos no es el de cabildear gobiernos extranjeros reclamando de ellos las soluciones a nuestros dilemas, sino el de pensar de manera creativa, concertar voluntades y apartar sólo a aquellos que, entre nosotros, levantan obstáculos al porvenir. Créanme: sí se puede.



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Autor: Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
Contacto: [email protected]

 

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