¿Bases militares “malas”?
Juan Antonio Blanco | 06/08/2009 0:18
Tags: bases militares, Colombia, Cuba, Venezuela, Estados Unidos
El antiamericanismo es para algunos sectores condición inexcusable para poder clasificar como políticamente correctos. Para esa izquierda binaria sólo merita condenarse aquellas violaciones de derechos humanos realizadas por gobiernos amigos de Estados Unidos. Eso lo sabíamos. Lo novedoso es que ahora nos dicen que hay bases militares “buenas” y otras “malas”.
Cuando hace menos de un año Hugo Chávez y Raúl Castro invitaron a las fuerzas navales y aéreas de Rusia a que viniesen con sus misiles y submarinos nucleares a carenar en sus puertos y aterrizar en sus bases aéreas no recuerdo que la voz indignada de ningún mandatario de la región se alzara para denunciar aquellas acciones. Tampoco cuando dejaron correr los rumores de que podrían asignarles aeropuertos y otras facilidades para que de manera continua se produjesen visitas similares. Aquello no fue motivo de inquietud entre los que hoy corren a exigir explicaciones a Colombia por la concesión de bases militares a Estados Unidos para monitorear, con armamento convencional, los movimientos del narcotráfico regional vinculado al terrorismo.
Si pretenden posar de progresistas deberían demandar que América Latina y el Caribe sean definitivamente declaradas zonas libres de armas de exterminio masivo, terrorismo, narcotráfico y de todas las bases o presencia militar extranjera. Debieran cooperar política y militarmente en la erradicación definitiva de aquellos grupos que enarbolando la bandera de la justicia social han hecho del narcotráfico, el secuestro de personas y los atentados terroristas contra ciudadanos inocentes su verdadera profesión. Y debieran permitir que inspectores internacionales reportasen de forma sistemática e independiente si todos cumplen o no lo estipulado.
¡Basta ya de demagogia barata, señores!
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 06/08/2009 1:23
Los tanques de Raúl
Juan Antonio Blanco | 27/11/2009 0:16
Desde el 1 de agosto del 2006 los servicios de inteligencia y propaganda cubanos lanzaron el marketing del “nuevo” Raúl Castro. La imagen de un hombre pragmático, familiar, creyente en las instituciones y la dirección colectiva, reformista, abierto a negociar el fin de la confrontación con Estados Unidos y decidido a dar un vuelco a la eficiencia del régimen fue propagada dentro y fuera del país. Nos recordaban cada día una frase del jefe militar en medio de la crisis de 1994: “No me obliguen a sacar los tanques a la calle”. Pues bien, el General se ha quitado ese antifaz. Este fin de semana va a ensayar el modo de masacrar al pueblo con sus tanques y el conjunto de las fuerzas militares y represivas.
Según reporta el periódico mexicano de izquierda La Jornada, el Segundo Jefe del Estado Mayor de las FAR, General de División Leonardo Andollo, acaba de anunciar en la televisión cubana los ejercicios militares de mayor envergadura de este medio siglo: Bastión 2009. Con una peculiaridad. Los cuatro "Bastiones" anteriores (1980, 1983, 1986, 2004) respondían a la hipótesis de que la isla enfrentaba una invasión estadounidense. En esta ocasión la maniobra da respuesta a la tesis de una sublevación interna antigubernamental que luego de producirse es apoyada desde fuera por la fuerza aérea de EEUU. En otras palabras: este es un ensayo de aplastamiento y contención de una protesta popular por medio de las FAR. Y lo anuncian con toda claridad porque quieren que el pueblo metabolice la idea de que protestar sólo conducirá a una masacre como sucedió a Hungría en 1956.
En el escenario descrito por el General Andollo se prevé “el aumento de la actividad subversiva del enemigo, encaminada a provocar desorden social e ingobernabilidad, aprovechando para ello la situación que se ha creado (…) como consecuencia de la crisis financiera y económica de carácter mundial (…) los efectos del bloqueo y las serias afectaciones” por el paso de los huracanes de hace un año. Andollo no entró en detalles, pero sus palabras dieron las claves sobre la situación que el gobierno está previendo tener que enfrentar.
Curiosa formulación. “Aprovechando la situación que se ha creado”, dice Andollo donde debiera decir “la situación que hemos creado con nuestra desidia. inmovilismo e incapacidad”. El Estado “paternalista” abandona a su hambriento pichón sin haberle permitido volar y ahora lo amenaza con los tanques por protestar. Así termina el contrato social del régimen cubano.
Desde el 30 de julio del 2006 hasta hoy el General Raúl Castro –retórica aparte- se ha mostrado renuente a reformar el país abriéndolo al mundo y a la modernidad. Ha lanzado un portazo a las declaraciones conciliadoras de Obama con estas maniobras. Retira subsidios y aplasta la economía informal sin haber suplido sus ofertas con otras provenientes de las estructuras económicas oficiales. Insiste en rechazar ayudas internacionales a los damnificados por huracanes basándose en fobias ideológicas. No ha accedido a ninguna de las demandas básicas planteadas por la población a la que antes convocó a expresarlas sin miedo. No ha emprendido ninguna reforma estructural de calado y sistémica que permita prever una mejoría al mediano o largo plazo de la crítica situación económica y financiera que atraviesa el país. ¿Y ahora dicen que pueden producirse protestas inducidas “por el aumento de la actividad subversiva del enemigo”? Patético.
La elite de poder se muestra inquieta. ¿Qué saben? ¿Qué temen? ¿Por qué los visita Chávez coincidiendo con el arribo del dictador iraní a Caracas? Fidel Castro actúa con la misma lógica de los faraones egipcios. Considera a la isla y los cubanos su propiedad personal y quiere asegurarse que sean enterrados junto a él. Está empujando a la nación entera -con la tolerancia o complicidad de su hermano- a un estúpido e innecesario Apocalipsis.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 27/11/2009 1:14
Entre Palin y Penn
Juan Antonio Blanco | 01/12/2008 2:33
No estamos solos los cubanos cuando pretendemos saber la solución de cada entuerto. Si lo dudan , tomen nota del modo en que tanto conservadores como liberales en Estados Unidos siempre creen tener la última palabra sobre cómo arreglar nuestros problemas. Unos suponen que basta con apretar más las clavijas del embargo para que todo cambie en Cuba. Otros creen que apenas hay que levantarlo unilateralmente para que todos se den la mano en la isla y a través del Estrecho de la Florida. Ambos olvidan que el conflicto tiene raíces cubanas aunque se haya internacionalizado desde el inicio. Es por ello que suponen que los problemas de Cuba se pueden resolver en Washington.
Con la elección de Barack Obama – ¡albricias! – se presenta una nueva oportunidad para abordar la cuestión de Cuba desde una perspectiva más creativa. Es sólo una oportunidad. Aprovecharla supone forjar una política que se aleje de la noción de que estamos ante una película de Hollywood con buenos y malos. Nuestro problema es más complejo, y dista mucho de ser como lo entienden, con peores o mejores intenciones, conservadores como Sarah Palin o liberales al estilo de Sean Penn. La oportunidad que ahora se abre puede cerrarse mañana si no aprendemos primero las lecciones de este medio siglo. Una de ellas es que el sostenimiento del embargo tiene simpatizantes no sólo en el Capitolio de Washington, sino en el Consejo de Estado en La Habana.
Cada vez que en los últimos cincuenta años ha existido una posibilidad de diálogo bilateral o indicio de voluntad política para buscar salida al conflicto entre Cuba y los Estados Unidos, algún hecho vino a abortarlos antes de que fructificasen. La lista es larga y las responsabilidades pueden ser distribuidas entre ambos bandos. Pero es particularmente aleccionador el más reciente episodio ocurrido en 1996 –año electoral en Estados Unidos- cuando la Administración Clinton hizo saber a La Habana que, ante la posibilidad (entonces remota) de que la Ley Helms Burton fuese aprobada, la Casa Blanca la vetaría. Bill Clinton deseaba explorar la posibilidad de normalizar las relaciones bilaterales en su segundo mandato y así lo dio a entender. Vale la pena examinar el fracaso de esa buena intención liberal ya que la frustración de las políticas impulsadas por administraciones conservadoras es más que evidente.
Temeroso de perder el voto cubano- americano en la Florida, el presidente de Estados Unidos no actuó con suficiente antelación y firmeza para impedir los vuelos de Hermanos al Rescate que por aquel tiempo habían dado un giro novedoso en sus operaciones de salvamento a los balseros. Sus nuevas iniciativas –internarse en territorio cubano y lanzar octavillas- pretendían representar formas de protesta no violentas, pero resultaban claramente violatorias no sólo de la legislación cubana, sino también internacional.
En Cuba, los enemigos de la distensión estaban al tanto del dilema del presidente. Sabían que la Casa Blanca, por consideraciones electorales, no podría lanzar ninguna acción restrictiva de peso a aquellos vuelos hasta el mes de noviembre y también conocían en detalle -y por adelantado- los planes de esa organización por vía de un espía infiltrado en ella. Estaban seguros de que esas acciones no presentaban ningún peligro real a la seguridad de la isla, pero decidieron aprovecharlas para fabricar una situación que impidiese toda mejoría en las relaciones bilaterales.
Derribar las avionetas ponía al presidente Clinton contra la pared. El registro de las comunicaciones indicaba que no se habían hecho disparos de advertencia ni maniobras aéreas para desviarlas de su ruta. Era un hecho de una magnitud imposible de pasar por alto, mucho más en plena campaña electoral. De las decisiones que le fueron presentadas –suscribir la Helms Burton o bombardear la base aérea de San Antonio- el presidente de Estados Unidos escogió la que creyó más benévola.
La clave en torno al episodio de las avionetas no radica en el lugar en que fueron derribadas, sino en el momento escogido por La Habana para hacerlo. ¿Por qué decidieron volarlas en pedazos en febrero de 1996 si sabían que venían desarmadas y cuando la posibilidad de vetar la Helms Burton y abrir un proceso de distensión era real? ¿Por que no esperaron a las elecciones en noviembre si tenían el monitoreo exacto de las actividades de Hermanos al Rescate? ¿Por qué planificaron meticulosamente su derribo y no maniobras alternativas para modificar la ruta u obligarlas a aterrizar?
Los que hablan del derecho soberano de Cuba a disparar contra las avionetas deberían recordar que Gorbachev -pese a tener igual derecho- no dio la orden de derribar una nave similar piloteada por un joven alemán. Aquella incluso aterrizó en la Plaza Roja después de penetrar profundamente el territorio de la URSS y sobrevolar objetivos militares clasificados. Perder la posibilidad de avanzar hacia la distensión con Occidente representaba para Gorbachev un riesgo más grave a la seguridad de la URSS y el bienestar de su población que la información que pudiese haber recopilado aquella avioneta. Pero la lógica de Gorbachev no es la de Fidel Castro.
Clinton calculó que podía posponer por unos pocos meses el tomar medidas eficaces para impedir los vuelos porque supuso que La Habana los toleraría. Creyó que la lógica de Castro sería priorizar la derrota de la Helms Burton y proceder a un proceso de normalización de relaciones. La Casa Blanca basó su política en un supuesto falso. Pese a las penurias que sufría la población en el llamado Periodo Especial, Fidel Castro no tenía interés alguno en que le levantasen el embargo ni en normalizar las relaciones. Como tampoco hoy le interesa recibir ayuda humanitaria de ese país cuando los cubanos han sufrido la devastación de tres huracanes. Suponer que Castro comparte de algún modo los axiomas de la lógica liberal es el primer paso en el camino errado. Su agenda no la dicta tampoco el marxismo o valores socialistas, sino el más estrecho egoísmo.
Al ser aprobada la Helms Burton por cortesía de la iniciativa del Comandante en Jefe cubano, el poder ejecutivo estadounidense, en clara violación de los preceptos constitucionales, perdió la potestad de decidir la política exterior hacia Cuba y traspasó al Congreso esa responsabilidad. Desde entonces levantar cualquiera de las restricciones codificadas en esa ley sólo puede hacerse repudiando la ley en su conjunto por decisión del Congreso. El congresista Díaz Balart debería reconocer, en justicia, que sin la ayuda decisiva de Fidel Castro nunca se habría aprobado esa legislación.
En La Habana, Washington y Miami hay sectores que siempre han mostrado un marcado interés en descarrilar cualquier distensión. Unos, por un patriotismo mal entendido. Otros, porque en cualquiera de las dos orillas han encontrado un provechoso modo de vida en la prolongación del conflicto, del mismo modo que lo hacen las FARC en Colombia.
Ahora que en algunos centros influyentes de Estados Unidos vuelve a hablarse de reexaminar la relación bilateral con Cuba es pertinente instarlos a que primero se formulen, oportunamente, algunas preguntas sobre la naturaleza de este conflicto e identifiquen quienes son sus actores principales y cuáles son sus intereses. Otras interrogantes no menos productivas podrían ser: ¿A quién podría interesarle que fracasara de nuevo cualquier diálogo o negociación? ¿Qué nuevas –o viejas- piedras y cáscaras de plátano podrían lanzarse al camino de la distensión? ¿Qué medidas pueden tomarse para evitar que los provocadores tengan éxito nuevamente? Para darle una respuesta acertada a esas interrogantes hay que primero alejarse de los simplismos maniqueos sobre Cuba que marcan los supuestos tanto de los conservadores como de los liberales estadounidenses.
Cambiar el contexto externo de este conflicto normalizando la relación bilateral con Estados Unidos incidirá de modo importante sobre el curso que aquel tome en la isla, por lo que siempre reviste especial importancia. Pero ese cambio no asegura per se la dirección que tomen los acontecimientos en Cuba ni aporta la solución definitiva a los problemas de todo tipo que el país enfrenta. El núcleo central del problema fue y sigue siendo cubano por lo que los actores nacionales –diáspora incluida- serán los realmente determinantes en la salida, mejor o peor, que aquel tenga.
El problema de Cuba tuvo su origen en esa isla, no en Estados Unidos. Las políticas de Washington complicaron aun más las cosas, pero no generaron este conflicto. Nuevas politicas de Estados Unidos pueden facilitar la búsqueda de soluciones, pero no las aportarán. Va siendo hora de que asumamos nuestra responsabilidad por el porvenir y abandonemos la creencia de que otros -sean rusos, venezolanos, chinos o estadounidenses; sean conservadores o liberales- serán quienes den respuesta a nuestras vicisitudes.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 01/12/2008 23:28
El cuento del abuelito y los zapadores
Juan Antonio Blanco | 08/04/2009 20:39
Los miró a los ojos y preguntó: “¿Cómo podemos ayudar a Obama?” Luego imploró que le enviasen bibliografía sobre el Reverendo Martin Luther King, de quien se declaró un ferviente admirador. Su limitada pero importante audiencia –tres miembros de una delegación de seis representantes del Caucus Negro del Congreso estadounidense-- salió convencida de que era posible avanzar en un diálogo con aquel noble anciano, obligado a asumir actitudes dictatoriales por la política imperial de Estados Unidos.
A unos cuantos cientos de kilómetros del lugar en que se desarrollaba aquella entrevista, languidece en su celda el Dr. Biscet, un negro cubano admirador de Luther King que quiso reclamar cambios como Barack Obama, en un sistema muy diferente al estadounidense. A muchos kilómetros más de distancia, en Caracas, el aliado íntimo de Fidel Castro, Hugo Chávez, adelantaba las fechas de una cumbre del ALBA en la que, según su propia declaración, va a preparar “la artillería” para caerle a “cañonazos” a la delegación de Estados Unidos con el caso de Cuba.
La brigada de artilleros y zapadores en Caracas no ha recibido hasta ahora ninguna instrucción del abuelito habanero para “ayudar a Obama”. Más bien todo indica lo contrario. Están minando el terreno antes de que ponga un pie en Trinidad y Tobago. Como las fechas de la Cumbre de las Américas coinciden en esta ocasión con las de la “primera derrota del imperialismo” en Playa Girón, Fidel Castro y sus seguidores están laborando intensamente para tenderle una emboscada política a Obama e infligirle su “primera derrota”. Después de la visita de los legisladores, los carceleros tampoco le han pasado copias de discursos de Martin Luther King a Biscet.
Nada de lo anterior impedirá que al regresar a Washington los legisladores del Black Caucus compartan sus emociones, esperanzas y certezas con los colegas del Congreso. La ignorancia del pasado siempre facilita que la historia se repita. De buenas intenciones están empedrados los senderos al infierno.
Quizás les hubiese venido bien que, antes de viajar a Cuba, Kissinger les explicara cómo el presidente Ford había ya comenzado a desmantelar el embargo, empezando por las sucursales de empresas estadounidenses en terceros países, cuando supo del envío de una tropa regular de las FAR a Angola. O Brzezinski les hubiera ilustrado cómo Castro preparaba el envío de otra fuerza militar a Etiopía, mientras intercambiaba razonables mensajes con el presidente Carter, quien le había comunicado su disposición a retomar el proceso de normalización de relaciones iniciado por Ford. Quizás hubiese sido provechoso que Madeleine Albright los hubiese instruido de cómo Castro planificó el ataque a dos avionetas de Hermanos al Rescate cuando Clinton le había asegurado a La Habana que no permitiría la aprobación de la ley Helms Burton y quería establecer un diálogo para avanzar en la solución del conflicto bilateral.
Pudieron incluso preguntarle a alguien tan espiritualmente próximo a La Habana como el Comisario de Desarrollo y Ayuda Humanitaria de la Unión Europea, Louis Michel, cómo se sintió en la primavera del 2003 cuando, después de sostener excelentes conversaciones con los funcionarios cubanos e inaugurar la Oficina de Cooperación de la UE en Cuba, al regresar a Bruselas se enteró por los periódicos que Castro había lanzado la redada de detenciones de mayor envergadura contra la oposición desde 1961.
Fidel Castro siempre fue un estadista laborioso. Por un lado recibía extranjeros a quienes comunicaba su voluntad de paz, y por otro movilizaba a sus zapadores para sabotear toda posibilidad de entendimiento con el “enemigo”. A veces realizaba ambas tareas en el mismo día.
Los inmensos recursos gastados en denunciar el embargo y la hostilidad de Estados Unidos son, en realidad, una inversión muy rentable en relaciones públicas. Para un régimen represivo e incapaz de proveer las necesidades básicas de la población, tan necesario es culpar a otros de los resultados de su mala gestión como asegurarse de que pueda continuar derivando legitimidad de su bien cultivada imagen de víctima inocente.
Conocer esas experiencias les habría servido de referencia útil a los honorables legisladores, para darse cuenta de que tras la tierna mirada del abuelito estaba -una vez más- el lobo.
Dialogar con La Habana no es desacertado, pero supone mucho más que honestidad y buenas intenciones.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 08/04/2009 20:42
Con o sin embargo
Juan Antonio Blanco | 02/03/2009 3:24
El actual debate sobre las relaciones Cuba – Estados Unidos me recuerda los llamados “Días de la Defensa” en la isla. En ellos se discutía un ataque cada vez más improbable y medidas inútiles para contrarrestarlos. Apagar las luces al escuchar las alarmas era un ejercicio adecuado para los londinenses en la II Guerra Mundial, pero no para los habaneros que debían enfrentar misiles Tomahawk con GPS. Aquel surrealismo evocaba los anuncios en la TV de EEUU que orientaban a los alumnos de las escuelas primarias a acostarse bajo el pupitre en caso de ataque atómico. El modo de asumir la amenaza nuclear era político; lo mismo sucedía con los Tomahawk. La respuesta a un potencial conflicto bélico con Estados Unidos no era cavar refugios e instalar sirenas. En Irak y Afganistán Washington ya ha venido a reconocer que la solución definitiva de esos conflictos no puede ser militar sino política. En los noventa sucedió otro tanto con las prolongadas guerras de Centroamérica en las que ninguna de las partes podía ser derrotada ni tampoco alcanzar una victoria sobre la otra.
Hoy se extiende el consenso sobre la necesidad de que Estados Unidos formule una política hacia Cuba. Desde hace tiempo considero debatible si más allá del embargo existe realmente una política exterior hacia Cuba por parte de Washington.
Cuando alguien siquiera aboga por una reflexión sobre este tema, los defensores a ultranza del status quo afirman indignados que se intenta “quitarle los colmillos al embargo”. Al parecer no se han enterado de que lleva dentadura postiza desde hace décadas. Washington es hoy el cuarto socio comercial de La Habana y el resto del mundo comercia con la isla. Lo que hoy limita la expansión de las inversiones y el comercio con Cuba no es la la ley Helms Burton sino su pésimo record crediticio y el inepto sistema económico que impera en la isla. El “bloqueo” sólo subsiste en el discurso oficial de Cuba y en el imaginario de una izquierda y derecha infantiles.
Los defensores del status quo debieran tener presente que el embargo puede constituir una herramienta, pero no alcanza a ser una política. Kennedy no concibió el embargo como una estrategia de cambio por si misma, sino como instrumento complementario de un programa (OperationMongoose) que incluía componentes diplomáticos, militares y paramilitares. Los que creen que el embargo es una política estratégica –que nunca ha sido- y la única manera de procurar el cambio en Cuba –que no ha obtenido- suponen, erradamente, que congelar el status quo es la única opción posible.
Por otro lado están quienes creen -también de forma errada- que La Habana aguarda el levantamiento unilateral de toda sanción para conceder cambios y libertades sustantivas al pueblo cubano. O que se verá forzada a ello si Washington modifica su postura. Lo primero es falso y lo segundo, si bien es posible, no puede considerarse el desenlace inequívoco y automático derivado de un cambio en la posición estadounidense. Varios altos funcionarios cubanos ya han declarado que, desde su perspectiva, es Estados Unidos a quien le corresponde rectificar. La elite de poder cubana continúa aferrada a la tesis de que la coexistencia pacífica es una quimera. Por ello ven en Obama un reto circunstancial, no una oportunidad para trascender el conflicto bilateral.
El contexto externo puede fomentar mejores o peores circunstancias para la evolución de la situación en Cuba, pero el rumbo que adopte se decide dentro. Con o sin embargo, el pueblo cubano no accederá a sus derechos como resultado de la política exterior de Washington u otros países. Sólo de su disposición a resistir y reclamarlos depende que los alcance. El protagonismo del cambio corresponde a los cubanos.
Lo anterior no supone que las acciones de los actores externos sean intrascendentes. Pero si lo que se pretende es contribuir a democratizar la actual realidad totalitaria entonces el criterio para medir la eficacia de cualquier política hacia Cuba debe ser su capacidad para facilitar el empoderamiento del ciudadano de a pie frente al estado. El criterio de fracaso sería cuando se constate que la política en curso produce el resultado inverso: fortalece al estado y de esa manera refuerza su capacidad para controlar a los ciudadanos.
Por varias décadas las decisiones estadounidenses respecto a la isla han contribuido a hacer a los cubanos mas dependientes del gobierno cuando empoderar ciudadanos supone precisamente lo contrario: fortalecer su autonomía frente al estado.
Desde esa perspectiva –además de consideraciones éticas inexcusables- todos debieran dar la bienvenida al levantamiento de las actuales restricciones a cubano- americanos para viajar a la isla y enviar remesas. Washington debería incluso auspiciar actividades de diversos sectores de la sociedad civil estadounidense en la isla así como la oferta de donaciones y líneas de microcrédito al sector cuentapropista y al pequeño agricultor dedicado a la producción de alimentos.
Empoderar ciudadanos supone igualmente facilitar su acceso a fuentes de información alternativas. En ese campo es legítimo discutir la cuestionable eficacia de los proyectos realizados hasta el presente, pero no el objetivo de contribuir de diversas maneras a que los cubanos puedan ejercer el derecho de acceder a distintas perspectivas y puntos de vista. Vivimos en una era de televisión por satélites, información digitalizada e Internet, no de estaciones radiales de onda corta como en tiempos de la II Guerra Mundial. No incurramos en la irrelevancia de los Días de la Defensa.
El reto principal que se presenta a los cubanos no es el de cabildear gobiernos extranjeros reclamando de ellos las soluciones a nuestros dilemas, sino el de pensar de manera creativa, concertar voluntades y apartar sólo a aquellos que, entre nosotros, levantan obstáculos al porvenir. Créanme: sí se puede.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 02/03/2009 22:39







