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Gestos, ¿hacia quién?

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Los representantes del gobierno cubano ya han comenzado a repetir la consigna del Reflexionador en Jefe: Cuba no tiene que hacer ningún gesto hacia Estados Unidos. Todas las concesiones, a su entender, han de ser unilaterales y deben satisfacer a plenitud las demandas de La Habana.

Curioso por partida doble. Por un lado le exigen a Obama que en tres meses cambie la política de medio siglo pero después de tres años de medidas irrelevantes en la isla, ellos responden que los cambios en Cuba tienen que venir “poco a poco”. Por otro lado, eso altera lo dicho por Raúl Castro en su viaje a Brasil cuando declaró que “esta vez” avanzar en las relaciones bilaterales supondría un proceso de “gesto por gesto”. ¿Otro malentendido?

Al parecer, el búnker habanero, pese a declarar lo contrario, no acepta todavía ningún diálogo genuino. Hablar no es dialogar. Oír, no es escuchar. Y lo que exige La Habana es la capitulación unilateral e inmediata del enemigo. Quizás esa sea la táctica para asegurar el inmovilismo. Pero podrían equivocarse.

El potencial de relaciones bilaterales no se reduce a las enmarcadas en el intercambio entre ambos gobiernos. Ese fue el error de George W. Bush. Están las que se desarrollan entre los cubanos en la isla y los radicados en Estados Unidos, y las que pudieran expandirse de nuevo entre instituciones de la sociedad civil norteamericana y grupos, individuos e instituciones –reconocidas legalmente o no por el Estado- asentadas en Cuba.

Si las relaciones bilaterales entre gobiernos se tornan lentas o paralizan se puede avanzar a diferente y mayor velocidad en el conjunto de relaciones pueblo a pueblo y cubano a cubano.

Estados Unidos puede continuar haciendo gestos unilaterales hacia los habitantes de la isla y sus parientes en el exterior sin tener que hacer concesiones unilaterales al gobierno cubano. Los esfuerzos por mejorar la relación bilateral pueden ser menos centrados en los gobiernos -mientras se haga imposible avanzar en ese campo- y concentrarse más en facilitar la relación pueblo a pueblo y entre cubanos en la isla y la diáspora.

Obama ya tuvo un gesto unilateral hacia los cubanos y cubano-americanos al levantar las restricciones estadounidenses que obstaculizaban el flujo normal de sus relaciones mutuas. Fidel Castro se negó a hacer otro gesto equivalente hacia sus súbditos. Reafirmó así la actual política que hace de las remesas y llamadas a Cuba las más caras del hemisferio occidental y a esa isla una rareza planetaria donde los nacidos en ella requieren permisos para salir o entrar al país.

Millones de cubanos recién obtuvieron una mejoría gracias a la decisión de Obama y tomaron nota de que el altanero caudillo rehusaba complementar el gesto estadounidense hacia ellos con otro similar. Ganancia para Obama; pérdida para el caudillo.

Cada paso no correspondido que dé Estados Unidos en favor de los cubanos –aunque no pueda materializarse a plenitud por ser bloqueado por el gobierno de la isla- contribuirá a revelar ante la población, la diáspora y los gobiernos de otros países quién desea beneficiar al pueblo de esa isla y quién pretende aferrarse al status quo a expensas de su sufrimiento.

Washington tiene un amplio campo para mejorar su credibilidad y aprecio entre los cubanos, sin tener por ello que hacer concesiones unilaterales hacia el gobierno de los hermanos Castro. El presidente Obama puede continuar aportando fórmulas diversas dirigidas a ayudar al ciudadano de a pie y dejar que sea el gobierno cubano el encargado de encontrarle un problema a cada solución. Que sean Fidel y su hermano quienes “bloqueen” los gestos unilaterales hacia los cubanos que pueda hacer Obama. Si desean correr la suerte de Chacumbele, ese es su problema. Dejémoslos.

De insistir el gobierno cubano en congelar las relaciones gubernamentales exigiendo la capitulación de su oponente es muy posible que Washington se lo conceda. El asunto no es de naturaleza prioritaria ni estratégica para Estados Unidos. Más allá de la retórica que ocasionalmente se despliegue en algún foro multilateral, los gobiernos que condenan el embargo, salvo dos o tres excepciones, no van a supeditar el progreso de sus relaciones bilaterales con Washington a que lo levanten. Ese es el a, b, c, del llamado realismo político. El mismo que los inhibe de sumar su voz a las denuncias por violaciones de derechos humanos en la isla.

Es el gobierno cubano el que tiene que decidir si desea o no hacer uso de la actual ventana de posibilidades para avanzar hacia una mejor relación con su vecino o prefiere sabotearla de nuevo. De optar por lo primero entonces ha de dejar la tribuna y las consignas por el sosegado ambiente de una mesa privada de diálogo. Es ahí y no en la Plaza ni en el Granma donde “todo, todo”, debe discutirse.

Dada la edad de Obama y la de los Castro es razonable suponer que si el actual presidente estadounidense resulta reelecto en el 2012 tendrá ya que lidiar con otros dirigentes cubanos que, quizás para entonces, estén preparados a tomarse las cosas en serio. Mientras tanto, Obama puede y debe continuar, con audacia y perseverancia, haciendo gestos hacia quien los merece y aprecia: el pueblo de Cuba.



Gorki, Gustav y otras tormentas

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Si los meteorólogos olvidaron el orden del alfabeto, el gobierno cubano se empeñó en recordarles que la “o” precede a la “u”. Gorki deberá registrarse antes que Gustav, como una importante tormenta tropical que afectó a Cuba en el 2008. Los vientos huracanados del Gorki tuvieron su origen cuando las “leyes de peligrosidad”, que sancionan delitos no cometidos, se conjugaron con la arrogante torpeza de las autoridades. Lo que alguien creyó una gota adicional de arbitrariedad terminó colmando la paciencia de muchos apacibles espectadores.

Seguramente hay algunos que todavía no han salido de su perplejidad. Como se diría en ingles: They just don’t get it. Han venido tolerando canciones de Hip Hop cubano – con letras nada amables hacia policías y autoridades- por su gran popularidad entre la población, pero creyeron que Gorki era un blanco fácil. “A quién puede importarle que metan en la cárcel a un pelúo que se encuera en el escenario aunque insulte a Fidel Castro”. La respuesta es: “A todos los que creemos que nadie puede ser reprimido por lo que piense o diga aunque no nos gusten su vestimenta o preferencias musicales”. Y somos muchísimos en todo el planeta. Recuerdo que después de varias peleas que tuvieron lugar en los alrededores del Patio de María entre tribus de rockeros y freakies, todos se unieron en más de una ocasión para enfrentar a la policía cuando quiso reprimirlos. Con Gorki ha pasado algo similar. Se sumaron a la defensa de sus derechos quienes usualmente critican a Porno para Ricardo o rechazan la música Punk.

Por su parte, la opinión publica internacional sigue “descubriendo” a Cuba. Hace poco se enteró de que los cubanos no podían entrar a hoteles ni tener celulares y que, si tenían suerte, podrían aspirar a tostadoras y calentadores eléctricos en un par de años. Ahora se enteran de la vigencia de las leyes de peligrosidad en la isla, invento fascista asimilado en nombre de la moral comunista. Con las ideas enviadas por ustedes en la pasada quincena, creo que pronto (quizás en uno o dos meses) podamos contribuir entre todos a poner en marcha nuevas iniciativas que también permitan que se conozcan mejor las draconianas leyes migratorias cubanas a las que luego se sumaron los obstáculos que la Administración de George W. Bush impuso en el 2004 a las relaciones familiares de los cubanos residentes en aquel país.

Informar y sensibilizar son pasos iniciales e imprescindibles para poder cambiar algo. Eso a menudo supone un esfuerzo focalizado en un tema concreto. He notado que algunos creen que el futuro de Cuba depende de un súbito Big Bang. Veo las cosas de otro modo. Pedir la libertad de Gorki no supone identificarse con las organizaciones de la oposición cubana, pero demuestra un compromiso con la defensa de las libertades individuales. El propio Gorki no es miembro de ninguna organización; como no lo son tampoco Yoani Sánchez, ni los miembros del grupo Porno para Ricardo que ofrecieron su activa solidaridad. Estamos familiarizados con la dinámica de los partidos políticos y conocemos menos la de los movimientos ciudadanos monotemáticos, en los que una persona puede apoyar varias causas o integrarse a una sola si es la que considera meritoria. Desde mi perspectiva, cien iniciativas y movimientos ciudadanos en torno a múltiples asuntos tienen más capacidad para transformar la realidad que la constitución imposible de un Partido Único del Cambio.

La vida confirma que es cierto: “Sí se puede”. Y aunque no siempre sea posible alcanzar el objetivo inmediato que nos tracemos, nunca llegaremos a saber si lo era de no intentarlo siquiera. Aun cuando se fracasa, es posible que nos situemos más cerca de nuestro propósito que al inicio.

Como dice un conocido psicólogo cubano: “Vale la pena”.

AGRADECIMIENTOS Y SOLICITUD

Ya de regreso en Ottawa comienzo por reconocer –y agradecer- a todos ustedes el haber mantenido activo este espacio en mi ausencia.

Algunos me ayudaron a recepcionar y subir los comentarios cuando me resultaba imposible acceder a Internet. Muchos de ustedes enviaron numerosos correos electrónicos con sugerencias que leí cada vez que me fue posible y más de cien dieron vida al blog intercambiando ideas en él. En los próximos días contactaré a varios de ustedes para concretar su posible cooperación sobre el tema que discutimos.

Mientras tanto tengo algo que solicitar de ustedes.La necesidad de que los cubanos nos demos la mano -desde donde quiera que estemos- para ayudar a los damnificados por Fay y Gustav representa una urgencia a la que debemos responder de manera inmediata. Para ello se impone echar a un lado toda consideración que no sea estrictamente humanitaria. Los invito a pensar en esto para discutirlo próximamente.

Gracias a todos.



¿Bases militares “malas”?

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El antiamericanismo es para algunos sectores condición inexcusable para poder clasificar como políticamente correctos. Para esa izquierda binaria sólo merita condenarse aquellas violaciones de derechos humanos realizadas por gobiernos amigos de Estados Unidos. Eso lo sabíamos. Lo novedoso es que ahora nos dicen que hay bases militares “buenas” y otras “malas”.

Cuando hace menos de un año Hugo Chávez y Raúl Castro invitaron a las fuerzas navales y aéreas de Rusia a que viniesen con sus misiles y submarinos nucleares a carenar en sus puertos y aterrizar en sus bases aéreas no recuerdo que la voz indignada de ningún mandatario de la región se alzara para denunciar aquellas acciones. Tampoco cuando dejaron correr los rumores de que podrían asignarles aeropuertos y otras facilidades para que de manera continua se produjesen visitas similares. Aquello no fue motivo de inquietud entre los que hoy corren a exigir explicaciones a Colombia por la concesión de bases militares a Estados Unidos para monitorear, con armamento convencional, los movimientos del narcotráfico regional vinculado al terrorismo.

Si pretenden posar de progresistas deberían demandar que América Latina y el Caribe sean definitivamente declaradas zonas libres de armas de exterminio masivo, terrorismo, narcotráfico y de todas las bases o presencia militar extranjera. Debieran cooperar política y militarmente en la erradicación definitiva de aquellos grupos que enarbolando la bandera de la justicia social han hecho del narcotráfico, el secuestro de personas y los atentados terroristas contra ciudadanos inocentes su verdadera profesión. Y debieran permitir que inspectores internacionales reportasen de forma sistemática e independiente si todos cumplen o no lo estipulado.

¡Basta ya de demagogia barata, señores!



La amistad y la política

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Hace un par de semanas perdí en La Habana a una entrañable amistad: Julio Fernández Bulté. A lo largo de su vida fue un referente de decencia, coherencia y lealtad a valores humanistas básicos,

Bulté nunca hizo ni dijo nada en lo que no creyera sinceramente. Sin embargo, cuando encontraba evidencias de que sus apreciaciones sobre algún tema podían ser erradas, no vacilaba en corregirlas sin calcular conveniencias ni apariencias. Era posible sostener con él apasionadas discusiones sobre temas políticos, pero en ellas nunca dejaba de mostrar respeto a su interlocutor.

Julio Fernández Bulté tuvo la valentía de reafirmar de manera pública en Cuba nuestra amistad cuando ya era conocido que yo había optado por el exilio. En estos años he tenido la alegría de saludar a viejos amigos que aun residen en la isla y no vacilaron en darme su abrazo al verme. También he presenciado, con tristeza y compasión, la actitud de otros que han sentido la necesidad de evitarme ante el temor de ser vistos saludando a un “traidor”. No pude ver más a Bulté. La vida no volvió a cruzar nuestros caminos en ninguna parte. Pero estoy seguro que su abrazo no hubiese faltado en cualquier reencuentro.

Cuando pienso en los desafíos tremendos que nos presenta la reconciliación nacional en un futuro no lejano en Cuba, encuentro en personas como Bulté aliento y razones suficientes para el optimismo. Son también un permanente recordatorio de que la amistad no puede supeditarse a las discrepancias que se tengan sobre un tema, y menos a lo que se le imponga como políticamente correcto por terceros.

Gracias a amigos como Bulté soy mejor persona.



Recordar que todos somos cubanos

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Toda crisis es una oportunidad. La del Gustav nos propicia la posibilidad de recordar que todos somos cubanos, como acaba de pedirnos el disidente y preso de la primavera Negra del 2003, Oscar Espinosa Chepe. ¿Sabremos aprovecharla?

¿La sabremos aprovechar los que desde el destierro sentimos la obligación de actuar de manera urgente y solidaria con familiares, amigos y cualquier cubano hoy afectado por esta tragedia? ¿La sabrá aprovechar el gobierno cubano para abrir sus muros y permitir que la solidaridad de cualquier persona sensible llegue a la isla de manera rápida y eficaz? ¿La aprovechará el gobierno de Estados Unidos para demostrar que su conflicto con el de Cuba no es más importante que el dolor de su pueblo?

“Aprovechar” la oportunidad que brinda esta crisis no equivale a manipularla para sacar dividendos de ella. No es mandar cajitas con logos y consignas de organizaciones políticas ni competir por el control de la distribución de donaciones con fines clientelistas, sean gubernamentales o de la oposición. Tampoco es lucrar a expensas de la desgracia ajena. Para que esta crisis permita recordarnos a todos que somos una sola nación tenemos que renunciar a cualquier práctica oportunista o mezquina y trabajar juntos – sí, juntos- en extender la urgente ayuda que necesitan los afectados.

Trabajar de consuno supone reglas de juego que permitan crear la base de confianza mínima que requiere el que enemigos tradicionales sean capaces de cooperar sobre un aspecto puntual de manera coyuntural y específica. Me permito sugerir algunas en ese sentido.

1) El gobierno cubano debe declarar de manera oficial que el país ha sufrido un desastre que reclama el concurso de la ayuda internacional y aceptar toda la cooperación bilateral que le sea brindada por organismos multilaterales y otros gobiernos, independientemente de sus actuales afinidades o enemistades con aquellos. Adicionalmente debe decidir cuál o cuáles instituciones humanitarias no gubernamentales (Cruz Roja / Caritas/ otras) reconoce y autoriza para que de manera directa –aunque en coordinación con las correspondientes agencias nacionales, municipales y locales-, distribuyan ayuda humanitaria y cooperen en las tareas de reconstrucción. En los próximos meses el gobierno debe suspender todo arancel sobre donaciones colectivas o individuales (traídas por pasajeros) y debería considerar la reducción, al menos temporal, de las tarifas telefónicas y la tasa de cambio de divisas. El gobierno debiera considerar invitar a las organizaciones no gubernamentales y organismos internacionales que participen de esa cooperación a la creación de una Comisión Conjunta de Colaboración y Transparencia para la Recuperación que contribuya a una mejor coordinación entre las diferentes agencias y ofrezca a los donantes, cubanos y extranjeros, una razonable garantía del uso adecuado de los recursos.

2) El gobierno de Estados Unidos debe suspender en los próximos meses las restricciones que regulan el envío de paquetes, remesas y viajes a Cuba y facilitar las licencias correspondientes a las organizaciones no gubernamentales que las necesiten para trabajar en la viabilización de la ayuda y las tareas de reconstrucción. También debe mostrarse excepcionalmente generoso en la oferta de ayuda y cooperación bilateral para los damnificados e incluso ofrecer su disposición a colaborar con las tareas de reconstrucción.

3) Las agencias que organizan viajes a Cuba o tramitan el envío de paquetes y remesas desde cualquier país debieran considerar de inmediato ofertar precios especiales en los próximos meses para facilitar que toda la ayuda y los contactos familiares fluyan de manera fácil.

El único rédito político que debe esperarse de esta cooperación es el que permite la creación de una base puntual de reencuentro y un cambio en las perspectivas sobre el demonizado “enemigo”.

Si todos somos capaces de dar un paso al frente y trabajar con reglas trasparentes en este humanitario esfuerzo es posible que dentro de unos años podamos agradecer al Gustav la oportunidad que nos ofreció para reunificar la nación.



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La sociedad cubana ante el cambio

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Autor: Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
Contacto: jablanco96@gmail.com

 

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